jueves, 6 de agosto de 2026

¿Estamos cansados… o estamos viviendo de una forma que nos está consumiendo?



Hay mañanas en las que uno abre los ojos y siente que nunca terminó de dormir. El cuerpo se levantó, sí, pero la mente sigue acostada en algún lugar. Suena la alarma, miramos el celular “solo un momento” y, antn el piso, ya vimos mensajes pendientes, noticias preocupantes, vidas aparentemente perfectas, oportunidades que otros aprovecharon y recordatorios de todo lo que todavía no hemos logrado.

Y entonces comienza el día.

Uno se baña con afán, desayuna mirando una pantalla, estudia pensando en el trabajo, trabaja pensando en el futuro y descansa sintiendo culpa porque podría estar haciendo algo “más productivo”. Al final de la noche, cuando por fin llega el momento de detenerse, no sabemos cómo hacerlo. El cuerpo pide silencio, pero la cabeza sigue repasando conversaciones, pendientes, comparaciones, errores y posibilidades.

Quizás por eso tantos jóvenes decimos que vivimos cansados.

No necesariamente porque hagamos más esfuerzo físico que las generaciones anteriores. Tampoco porque seamos débiles, perezosos o incapaces de enfrentar la vida, como a veces se afirma con demasiada facilidad. Puede ser que nuestro agotamiento tenga otra forma: menos visible, más mental, más emocional y mucho más silenciosa.

Una entrevista publicada por La FM con la psiquiatra Vicky Pérez Restrepo me dejó pensando precisamente en eso. La especialista explica que el cansancio puede estar relacionado con causas médicas, pero también con hábitos como la hiperconectividad, la multitarea, la comparación constante y la presión de asociar el éxito personal con la productividad. También señala algo que parece sencillo, pero que hemos olvidado: pasar todo el fin de semana acostados o mirando una pantalla no siempre significa que estemos descansando.

Me parece curioso que tengamos tantas herramientas creadas para facilitar la vida y, al mismo tiempo, sintamos que nunca tenemos tiempo. Podemos comunicarnos en segundos, estudiar desde cualquier lugar, automatizar tareas y acceder a cantidades enormes de información. Sin embargo, nuestra mente rara vez recibe la señal de que la jornada terminó.

Antes uno podía salir del colegio, de la universidad o del trabajo y sentir cierta distancia. Hoy llevamos el salón, la oficina, las noticias y las opiniones de todo el mundo dentro del bolsillo.

El teléfono vibra y sentimos que debemos responder. Aparece un correo y pensamos que ignorarlo es irresponsable. Vemos a alguien de nuestra edad anunciando un emprendimiento, un viaje, un título, una casa, una relación aparentemente perfecta o un cambio físico sorprendente, y comenzamos a preguntarnos por qué nosotros no avanzamos al mismo ritmo.

Lo extraño es que podemos estar quietos y, aun así, sentirnos corriendo.

La comparación no necesita que salgamos de la habitación. La presión no necesita que alguien nos grite. A veces basta con deslizar el dedo durante veinte minutos para terminar convencidos de que todos están viviendo mejor, creciendo más rápido y aprovechando mejor el tiempo.

Sabemos, racionalmente, que las redes sociales muestran fragmentos. Sabemos que una fotografía no contiene las discusiones, los miedos, las deudas, las dudas ni las noches difíciles de una persona. Pero emocionalmente no siempre recordamos eso. Comparamos nuestra vida completa, con todas sus confusiones, con el momento cuidadosamente escogido de alguien más.

Y esa comparación desgasta.

También nos hemos acostumbrado a hacer varias cosas al mismo tiempo. Escuchamos una clase mientras respondemos mensajes. Vemos una película mientras revisamos publicaciones. Comemos mientras leemos noticias. Hablamos con alguien mientras pensamos en otra conversación. Parece eficiencia, pero muchas veces es una atención rota en pedazos.

Terminamos el día habiendo hecho muchas cosas, aunque con la sensación de no haber estado verdaderamente presentes en ninguna.

A mí me preocupa que hayamos convertido el cansancio en una especie de medalla. Decir que dormimos poco puede sonar como una prueba de compromiso. Estar siempre ocupados se interpreta como señal de importancia. Tener la agenda llena parece confirmar que estamos avanzando.

En cambio, descansar todavía provoca explicaciones.

“Me acosté un rato porque ya había terminado.”

“No salí porque esta semana fue muy pesada.”

“No hice nada, pero mañana sí me pongo al día.”

Como si descansar necesitara una defensa. Como si el cuerpo tuviera que presentar pruebas para recibir permiso de detenerse.

La psiquiatra entrevistada en La FM plantea la importancia del descanso activo: realizar actividades placenteras, moverse y compartir con otras personas. No se trata únicamente de dormir más o permanecer inmóviles, sino de recuperar energía mediante experiencias que saquen a la mente del circuito repetitivo de exigencia y preocupación.

Eso me hizo pensar en las formas sencillas de descanso que hemos ido abandonando.

Una conversación sin mirar el reloj. Una caminata sin convertirla en contenido. Escuchar música sin hacer otra cosa. Cocinar con la familia. Reírse sin revisar quién escribió. Sentarse en silencio. Orar. Respirar con calma. Mirar por una ventana sin sentir que estamos desperdiciando el tiempo.

Quizás descansar no sea apagar el cuerpo, sino regresar a uno mismo.

No digo esto desde una posición de perfección. También he sentido esa culpa extraña cuando intento detenerme. También he pensado que debería estar aprendiendo algo, produciendo algo, resolviendo algo o preparando lo siguiente. En ocasiones, incluso una actividad que disfruto termina convertida en obligación: si leo, debo terminar cierta cantidad de páginas; si camino, debo cumplir una meta; si escribo, el resultado debe publicarse; si aprendo, tiene que servirme profesionalmente.

Nos cuesta hacer algo simplemente porque nos hace bien.

Tal vez el verdadero agotamiento comienza cuando toda experiencia necesita demostrar utilidad.

Hay otro asunto que no podemos ignorar: los jóvenes estamos creciendo en medio de una incertidumbre permanente. Se nos dice que debemos prepararnos para empleos que podrían cambiar rápidamente, dominar nuevas herramientas, construir una marca personal, ahorrar, emprender, cuidar nuestra salud mental, mantener relaciones sanas, informarnos, opinar correctamente y encontrar un propósito.

Todo eso mientras intentamos descubrir quiénes somos.

Tenemos acceso a más caminos, pero esa abundancia también puede paralizar. Cada decisión parece cerrar otras cien posibilidades. Elegimos una carrera y nos preguntamos si otra habría sido mejor. Conseguimos un trabajo y sentimos que deberíamos estar emprendiendo. Emprendemos y extrañamos la estabilidad. Descansamos y pensamos que estamos quedándonos atrás. Avanzamos y sospechamos que escogimos la dirección equivocada.

Somos una generación con muchas ventanas abiertas, tanto en las pantallas como en la cabeza.

Pero también sería injusto explicar todo cansancio como consecuencia del celular o de una mala organización. La fatiga persistente puede relacionarse con condiciones médicas, dificultades del sueño o problemas de salud mental. La entrevista menciona posibilidades como anemia, alteraciones de la tiroides, apnea del sueño, deficiencias vitamínicas, enfermedades autoinmunes y COVID persistente, entre otras. Por eso, cuando el cansancio se mantiene, afecta la vida cotidiana o aparece acompañado de otros cambios importantes, no debería minimizarse ni tratarse únicamente con frases motivacionales. La recomendación de la especialista es buscar primero una valoración médica y considerar acompañamiento de salud mental cuando corresponda.

No todo se soluciona pensando positivo.

A veces hace falta una conversación honesta. A veces hace falta un examen médico. A veces necesitamos reorganizar nuestras rutinas. A veces toca aceptar que llevamos demasiado tiempo tratando de cumplir expectativas que ni siquiera elegimos.

También debemos aprender a diferenciar entre estar cansados de una semana difícil y sentir que hemos perdido el interés por casi todo. Entre necesitar dormir y necesitar ayuda. Entre aburrirnos con una tarea y vivir permanentemente desconectados de nosotros mismos.

No para diagnosticarnos mirando publicaciones, sino para prestar atención.

El cuerpo suele hablar antes de que nosotros aceptemos lo que sucede. Habla mediante la irritabilidad, la falta de concentración, el sueño desordenado, los dolores, el desánimo y esa sensación de funcionar en piloto automático. Nosotros, en cambio, solemos responder con más café, más pantalla, más exigencia o la promesa de descansar “cuando todo se calme”.

El problema es que todo rara vez se calma por sí solo.

Siempre habrá otro pendiente, otra meta y otra preocupación. Por eso el descanso no puede ser un premio reservado para cuando terminemos toda la lista. Tiene que formar parte de la vida, no aparecer únicamente después del colapso.

Quizás necesitamos dejar de preguntarnos cómo producir más durante cada hora y comenzar a preguntarnos qué clase de vida estamos construyendo con esas horas.

¿De qué sirve cumplir todos los objetivos si no podemos disfrutar ninguno?

¿De qué sirve estar conectados con cientos de personas si hace tiempo no hablamos sinceramente con alguien?

¿De qué sirve aprender a utilizar todas las nuevas tecnologías si olvidamos escuchar las señales más básicas de nuestro propio cuerpo?

La tecnología no es el enemigo. Las redes tampoco son responsables de todo. Han permitido crear comunidades, encontrar oportunidades, aprender y acompañarnos. El problema aparece cuando dejamos de usarlas y comenzamos a vivir bajo sus ritmos: la rapidez, la respuesta inmediata, la exposición permanente y la necesidad de mostrar resultados.

No fuimos creados para estar disponibles todo el tiempo.

Nuestra mente necesita pausas. Nuestros vínculos necesitan presencia. Nuestra dimensión espiritual necesita silencio. Y nuestro cuerpo necesita algo más que sobrevivir con la batería en rojo mientras repetimos que después descansaremos.

Tal vez los jóvenes nos quejamos más del cansancio porque también tenemos un lenguaje más abierto para nombrarlo. Generaciones anteriores pudieron vivir agotamientos profundos sin expresarlos, porque hablar de emociones, terapia o límites era menos aceptado. No todo pasado fue más resistente; en ocasiones, simplemente fue más silencioso.

Reconocer el agotamiento no nos hace frágiles.

Puede ser el primer paso para cambiar una rutina, pedir ayuda, revisar nuestra salud o aceptar que no tenemos que demostrar nuestro valor mediante el desgaste.

Claro que existen responsabilidades que no desaparecen porque estemos cansados. Hay familias que dependen de un ingreso, estudiantes con jornadas largas, personas que cuidan a otros y jóvenes que deben trabajar mientras estudian. Hablar de descanso sin reconocer esas realidades puede convertirse en un consejo vacío.

Pero incluso dentro de vidas exigentes, vale la pena defender pequeños espacios de humanidad.

Cinco minutos de silencio real. Una comida sin pantalla. Una conversación sincera. Una caminata corta. Una hora de sueño protegida. El valor de decir “hoy no puedo”. La decisión de consultar a un profesional cuando algo no está bien.

No siempre podremos cambiar toda nuestra vida de inmediato, pero sí podemos dejar de tratar el agotamiento como si fuera nuestra personalidad.

No somos “los que siempre están cansados”. Somos personas que probablemente llevan demasiado tiempo recibiendo estímulos, resolviendo preocupaciones, comparándose, trabajando y tratando de construir un futuro en un mundo que cambia rápidamente.

Y necesitamos recordar algo que parece obvio: descansar no es renunciar al futuro. Es recuperar la energía necesaria para llegar a él sin perdernos por el camino.

Quizás hoy no necesitemos otra fórmula para ser más productivos. Quizás necesitemos apagar un poco el ruido, escuchar el cuerpo y preguntarnos con honestidad qué nos está quitando la energía.

No para abandonar nuestras metas, sino para dejar de abandonarnos a nosotros mismos mientras intentamos alcanzarlas.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces recuperar la vida no comienza haciendo más, sino dándonos permiso de respirar sin sentir culpa.