Durante años se ha repetido una idea con tanta seguridad que terminó convirtiéndose en una especie de verdad colectiva: los millennials no duran en los trabajos. Se dice que se aburren rápido, que no soportan la presión, que quieren ascender sin esperar y que renuncian ante la primera dificultad. La frase aparece en conversaciones familiares, reuniones empresariales y publicaciones donde se compara a “los jóvenes de ahora” con generaciones que, supuestamente, permanecían toda la vida en una misma compañía.
Pero cada vez que escucho esa comparación me queda una sensación extraña. No porque crea que los millennials siempre tienen la razón, sino porque siento que estamos intentando explicar una realidad nueva con las reglas de un mundo que ya cambió.
La publicación de La República que inspiró esta reflexión presentaba algunos estudios según los cuales los millennials no eran tan inestables laboralmente como se acostumbraba afirmar. Una de las claves estaba en comparar a las generaciones cuando tenían edades similares, y no enfrentar la trayectoria de una persona de treinta años con la de alguien que ya ha pasado varias décadas dentro del mercado laboral.
Parece lógico, pero muchas veces se nos olvida.
Una persona de cincuenta años ha tenido más tiempo para consolidar su profesión, encontrar una empresa compatible con sus necesidades y asumir compromisos económicos o familiares que pueden hacer más difícil cualquier cambio. En cambio, alguien que apenas está comenzando su carrera probablemente sigue descubriendo qué quiere, qué sabe hacer y qué tipo de vida desea construir.
Compararlos sin considerar esas diferencias es como medir dos recorridos cuando uno de los viajeros comenzó veinte años antes.
Tal vez el problema nunca fue únicamente cuánto tiempo permanece alguien en una empresa. Tal vez el verdadero problema está en la facilidad con la que convertimos una diferencia generacional en un defecto moral.
Cuando una persona joven cambia de empleo, con frecuencia se dice que es impaciente. Cuando alguien con mayor experiencia toma la misma decisión, se habla de estrategia, crecimiento o búsqueda de oportunidades. Cuando un millennial quiere mejores condiciones, algunos lo llaman desleal. Cuando una compañía reemplaza trabajadores para disminuir costos, se presenta como una reorganización necesaria.
La lealtad parece exigirse con mucha fuerza hacia un solo lado.
Yo sí creo en el compromiso. Hay aprendizajes que únicamente aparecen cuando uno decide permanecer, atravesar momentos difíciles y aceptar que ningún proceso será emocionante todos los días. No podemos abandonar cada proyecto cuando desaparece la motivación. Ninguna profesión se construye solo con inspiración, ningún equipo está libre de conflictos y ningún trabajo nos hará sentir realizados durante todas las horas de cada semana.
También necesitamos disciplina.
Necesitamos aprender a escuchar, aceptar correcciones, cumplir responsabilidades y entender que crecer exige paciencia. Algunas veces podemos confundir una incomodidad temporal con una señal de que debemos marcharnos. Otras veces queremos resultados inmediatos sin haber construido todavía la experiencia necesaria.
Ser joven no nos vuelve automáticamente conscientes. También podemos equivocarnos.
Sin embargo, permanecer durante muchos años tampoco debería convertirse en una prueba automática de madurez.
Una persona puede llevar quince años en una organización porque ama su trabajo, se siente respetada y todavía encuentra oportunidades para desarrollarse. Pero también puede quedarse porque tiene miedo de comenzar de nuevo, porque depende completamente de ese ingreso o porque siente que ya es demasiado tarde para cambiar.
Desde afuera, ambas historias pueden parecer estabilidad. Por dentro, son completamente diferentes.
Lo mismo sucede con una renuncia.
Irse puede ser una reacción impulsiva, pero también puede ser el resultado de meses de reflexión. Puede ser una huida o un acto de dignidad. Puede demostrar falta de paciencia, pero también la valentía de reconocer que un lugar ya no permite avanzar.
El número de empleos que aparece en una hoja de vida nunca cuenta toda la historia de una persona.
En Colombia, además, hablar de estabilidad laboral sin hablar de las condiciones reales sería injusto. Muchos jóvenes terminan sus estudios y descubren que para obtener su primer empleo les exigen una experiencia que todavía no han tenido la oportunidad de adquirir. Otros aceptan trabajos que no se relacionan con su carrera, salarios que apenas cubren los gastos o contratos que les piden comportarse como empleados sin brindarles la misma seguridad.
¿Cómo se construye una relación laboral estable cuando desde el principio todo parece provisional?
También está el costo de vida. Una persona puede sentirse agradecida por su empleo y, al mismo tiempo, reconocer que el salario ya no alcanza. Puede apreciar a sus compañeros, pero no encontrar oportunidades de crecimiento. Puede disfrutar lo que hace y aun así necesitar mejores ingresos para ayudar a su familia, pagar una vivienda o construir un proyecto personal.
No todos los cambios nacen de una ambición exagerada. Algunos nacen de la necesidad.
A veces se critica a los millennials por cambiar de empleo, pero se admira a las empresas cuando modifican su estrategia, abandonan modelos antiguos y se adaptan al mercado. En los negocios, cambiar se considera innovación. En la vida laboral de una persona joven, muchas veces se considera inestabilidad.
Esa contradicción debería hacernos pensar.
La tecnología también transformó nuestra manera de comprender el trabajo. Antes, la carrera profesional se imaginaba como una escalera: entrar a una empresa, ascender poco a poco y permanecer allí hasta la jubilación. Hoy se parece más a una red de caminos.
Una persona puede trabajar en una compañía, aprender una habilidad digital, crear un proyecto independiente, estudiar otra carrera o colaborar con personas ubicadas en diferentes lugares del mundo. Las profesiones cambian, aparecen nuevas herramientas y algunas habilidades que parecían seguras dejan de ser suficientes.
Eso abre oportunidades, pero también genera ansiedad.
Tener muchas opciones no siempre nos hace sentir libres. En ocasiones nos hace creer que estamos tomando la decisión equivocada. Abrimos las redes sociales y vemos a alguien que recibió un ascenso, otra persona que trabaja desde otro país, alguien que comenzó un emprendimiento y otro que aparentemente ya descubrió su propósito.
Entonces comenzamos a dudar de nuestro propio proceso.
Como joven, reconozco esa contradicción. Queremos estabilidad, pero no queremos sentirnos atrapados. Deseamos crecer, aunque no siempre sabemos hacia dónde. Buscamos un trabajo con sentido, pero entendemos que las cuentas no se pagan únicamente con pasión. Queremos tiempo para la familia, los amigos, la espiritualidad y nosotros mismos, mientras el mundo nos exige producir cada vez más.
Nos dicen que no tengamos afán, pero todos los días parece que alguien intenta convencernos de que vamos tarde.
Por eso, antes de cambiar de empleo, también debemos aprender a hacernos preguntas honestas.
¿Quiero irme porque este lugar realmente impide mi crecimiento o porque estoy atravesando una etapa difícil? ¿Estoy protegiendo mi dignidad o evitando una conversación necesaria? ¿Tengo un plan o estoy reaccionando al cansancio? ¿Mi decisión nace de una convicción personal o de compararme con la vida de los demás?
No existe una respuesta universal.
En algunos momentos, lo más valiente será permanecer, dialogar y terminar lo que comenzamos. En otros, será necesario cerrar una etapa, agradecer lo aprendido y avanzar.
La madurez no consiste en quedarse siempre ni en cambiar constantemente. Consiste en decidir con conciencia y aceptar la responsabilidad de cada decisión.
Las empresas también tienen una responsabilidad importante. Retener talento no significa instalar una mesa de juegos, organizar una celebración ocasional o llenar las paredes con frases motivacionales. Significa ofrecer razones reales para que las personas quieran quedarse.
Significa pagar de manera justa, respetar el tiempo, escuchar ideas, reconocer el esfuerzo y ofrecer posibilidades de aprendizaje. Significa entender que detrás de cada indicador hay una persona con familia, sueños, preocupaciones y límites.
La cultura de una compañía no se demuestra durante el discurso de bienvenida. Se demuestra cuando alguien comete un error, necesita apoyo, propone un cambio o expresa que está agotado.
Los estudios recientes sobre el trabajo de las nuevas generaciones también muestran que los millennials y la generación Z no buscan únicamente un salario. El dinero sigue siendo indispensable, por supuesto, pero se combina con otras necesidades: propósito, bienestar, aprendizaje y equilibrio.
Eso no significa que todos esperen trabajar en una organización que transforme el mundo. A veces el propósito es más sencillo. Puede ser sentir que el trabajo sirve, que el esfuerzo es reconocido y que existe coherencia entre lo que una empresa dice y lo que realmente hace.
También puede ser llegar a casa sin sentir que el trabajo consumió toda la energía necesaria para vivir.
Cambiar de rumbo tampoco significa fracasar. Los planes que hacemos a los diecisiete o veinte años no siempre coinciden con la persona que llegamos a ser. Cambian nuestras prioridades, aparecen nuevas responsabilidades y descubrimos capacidades que antes desconocíamos.
Insistir en un plan únicamente para demostrar constancia puede alejarnos de nuestra verdadera vocación.
Hay procesos que desde afuera parecen retrocesos, pero por dentro están reorganizando nuestra vida. Un empleo que termina, una profesión que cambia o un proyecto que no funciona puede enseñarnos mucho más de lo que imaginábamos.
En https://juanmamoreno03.blogspot.com he comprendido que escribir es también una manera de detenerse y observar los procesos con más calma. Algunas experiencias solo empiezan a tener sentido cuando dejamos de correr y tratamos de ponerlas en palabras.
El trabajo ocupa una parte importante de nuestra identidad, pero no debería convertirse en toda nuestra identidad.
Somos más que el cargo que aparece debajo de nuestro nombre. Somos más que la empresa donde trabajamos, el salario que recibimos y la cantidad de años que permanecemos en una organización.
Sin embargo, no siempre resulta fácil recordar esto.
Cuando perdemos un empleo o decidimos renunciar, podemos sentir que nuestro valor también se reduce. Nos preguntamos qué pensarán los demás, si tomamos la decisión correcta o si volveremos a encontrar una oportunidad. El miedo aumenta cuando tenemos obligaciones económicas y personas que dependen de nosotros.
En esos momentos también aparece la espiritualidad.
No como una promesa de que todo saldrá exactamente como deseamos, sino como una manera de recordar que ninguna situación laboral define por completo nuestra existencia. Creer y confiar en ese ser supremo en el cual cada persona deposita su esperanza puede darnos serenidad para tomar decisiones sin permitir que el miedo sea nuestro único consejero.
En https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com, esa confianza se relaciona con la posibilidad de caminar con sentido, incluso cuando todavía no podemos ver con claridad todo el camino.
La fe no siempre elimina la incertidumbre. Algunas veces simplemente nos enseña a atravesarla.
Tal vez los millennials no son una generación incapaz de comprometerse. Tal vez son una generación que comenzó a preguntar si el compromiso debía ser recíproco.
Una generación que vio a muchas personas entregar décadas a una compañía y descubrió que esa misma organización podía despedirlas en cualquier momento. Una generación que comprendió que trabajar es necesario y digno, pero que el agotamiento permanente no debería presentarse como una medalla.
Esto no quiere decir que los millennials tengan todas las respuestas.
También podemos confundir libertad con falta de disciplina. Podemos querer crecer sin atravesar los procesos necesarios. Podemos exigir reconocimiento inmediato y olvidar que la confianza se construye con tiempo, constancia y buenos resultados.
Cuestionar el mundo laboral no nos libera de revisar nuestras propias actitudes.
La generación Z recibirá críticas similares. Se dirá que quiere demasiada flexibilidad, que cuestiona las jerarquías o que no respeta las formas tradicionales. Probablemente cometerá sus propios errores, como todas las generaciones, pero también traerá preguntas necesarias sobre la inteligencia artificial, la salud mental, la inclusión y el futuro del empleo.
Cada generación suele mirar a la siguiente con preocupación.
Quizá porque los cambios de los más jóvenes también obligan a los mayores a revisar decisiones que durante mucho tiempo parecieron normales.
Al final, la estabilidad laboral no debería medirse únicamente por la cantidad de años que una persona ocupa la misma silla. También debería medirse por su capacidad de aprender, aportar, construir un proyecto de vida, cuidar sus vínculos y conservar la tranquilidad de no estar abandonándose a sí misma.
Permanecer puede ser una decisión valiente.
Irse también.
Lo importante es no convertir ninguna de las dos opciones en una respuesta automática. Quedarse por miedo no es verdadera estabilidad. Irse por impulso no siempre es libertad.
La madurez aparece cuando aprendemos a reconocer qué merece nuestra paciencia, qué necesita nuestro esfuerzo y qué ha llegado el momento de soltar.
Quizá los millennials nunca fueron tan inestables como se dijo.
Quizá simplemente dejaron de creer que durar muchos años en un mismo lugar era la única forma válida de construir una vida.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces la verdadera estabilidad no consiste en permanecer en el mismo lugar, sino en seguir siendo fieles a quienes estamos aprendiendo a ser.
