¿Qué tan desconfiado puede ser un niño frente a otro niño?
La pregunta parece sencilla, pero me dejó pensando durante varios días. A los adultos nos enseñaron a desconfiar del carro que se detiene demasiado cerca, de la persona extraña que ofrece un regalo o de quien hace preguntas incómodas en la calle. Crecimos escuchando frases como “no reciba nada de desconocidos” o “no se vaya con nadie”. Sin embargo, casi nunca nos advirtieron que el peligro también podría tener nuestra edad, hablar como nosotros, conocer nuestras canciones, compartir nuestros problemas y presentarse como alguien que simplemente quiere ayudarnos.
Eso es lo más inquietante de los llamados “niños arrastradores”: no son necesariamente el rostro principal del delito, pero pueden convertirse en el puente que las redes criminales utilizan para acercarse a otros menores. Son niños y adolescentes que, por engaño, presión, miedo, necesidad o manipulación, terminan atrayendo a otros hacia situaciones de explotación. La investigación que dio origen a esta reflexión contó casos de menores migrantes venezolanos utilizados para convencer a otros niños de viajar hacia la frontera colombiana mediante promesas falsas. No quiero repetir esa historia como una crónica policial ni convertir el dolor ajeno en espectáculo. Prefiero detenerme en lo que revela sobre nosotros: una sociedad en la que la infancia puede ser herida hasta el punto de ser usada para herir a otra infancia.
Cuando escuché por primera vez la palabra “arrastrador”, sentí rechazo. Suena como si toda la responsabilidad estuviera en el menor que convence, como si fuera simplemente un pequeño delincuente que decidió arruinar la vida de alguien. Pero la realidad puede ser mucho más difícil. Algunos de estos niños también han sido captados, amenazados o explotados. Otros quizá obedecen porque tienen hambre, porque están solos, porque sienten que no existe una salida o porque alguien les hizo creer que pertenecer a una red era mejor que seguir siendo invisibles.
Y ahí aparece una contradicción que me cuesta aceptar: una víctima puede ser obligada a participar en la victimización de alguien más.
Esto no significa justificar el daño. Significa entenderlo para no quedarnos con una respuesta cómoda. Es fácil señalar a un menor y llamarlo culpable. Es mucho más incómodo preguntarnos quién lo convirtió en herramienta, qué adultos se enriquecieron detrás de él, qué instituciones no llegaron a tiempo y cuántas señales ignoramos antes de que aprendiera a sobrevivir de esa manera.
A veces pensamos que la trata de personas empieza con un secuestro violento. Imaginamos una camioneta oscura, una frontera clandestina o una amenaza directa. Pero muchas veces comienza con algo menos visible: una conversación, una promesa, una supuesta oportunidad laboral, una amistad repentina, un favor que después se convierte en deuda o una invitación a salir de un lugar donde la vida parece no ofrecer nada.
La trata se alimenta de las necesidades humanas. No solamente roba cuerpos; primero estudia vacíos.
Descubre quién necesita dinero, quién quiere escapar de su casa, quién se siente solo, quién sueña con ayudar a su familia, quién quiere un celular, quién busca reconocimiento, quién necesita que alguien le diga “usted sí vale”. Después convierte ese deseo legítimo en una trampa. Por eso no basta con repetirles a los jóvenes que no hablen con extraños. A veces el captador no parece extraño. Puede ser un amigo virtual, una pareja, un conocido del barrio o incluso otro menor que ya fue atrapado por la red.
En el mundo digital, además, la confianza se fabrica con una facilidad impresionante. Un perfil puede parecer auténtico porque tiene fotos, comentarios, seguidores y amigos en común. Una persona puede estudiar durante semanas lo que publicamos, descubrir qué nos duele y aparecer con la frase exacta que queríamos escuchar. Los algoritmos conocen nuestros gustos; los delincuentes también aprenden a observarlos.
No digo esto para presentar internet como un enemigo. Sería hipócrita hacerlo. Mi generación ha aprendido, trabajado, creado amistades y encontrado oportunidades reales gracias a la tecnología. Yo mismo veo en ella una herramienta poderosa para conectar y construir. Pero también he entendido que cada tecnología amplifica lo humano: puede ampliar la solidaridad, pero también la manipulación; puede acercar familias, pero también facilitar que alguien entre silenciosamente en la vida de una persona vulnerable.
En 2025, Naciones Unidas volvió a alertar sobre el uso de redes sociales para atraer menores hacia grupos armados y actividades ilegales. Ya no se trata únicamente de mensajes amenazantes. También se emplean imágenes de poder, dinero, armas, motos, ropa costosa o una vida aparentemente emocionante. Se vende una fantasía antes de mostrar la violencia que la sostiene.
Esa estética me preocupa porque compite con una realidad en la que muchos jóvenes sienten que avanzar de manera honesta es demasiado lento. Cuando una familia vive con necesidades urgentes, decirle a un adolescente que estudie durante años para quizá encontrar una oportunidad puede sonar menos convincente que alguien que le promete dinero inmediato, pertenencia y respeto. La red criminal no siempre aparece como una organización oscura. A veces se presenta como la única puerta abierta.
Por eso la prevención no puede reducirse a una charla de una hora en el colegio. No sirve decir “cuídese” y después devolver al joven a la misma soledad, al mismo abandono y a la misma falta de posibilidades. La protección también se construye con educación de calidad, presencia familiar, salud mental, empleo digno para los adultos del hogar, espacios culturales, deporte, comunidades solidarias y personas que escuchen sin juzgar.
Un niño que se siente visto no es invulnerable, pero tiene más posibilidades de pedir ayuda.
Y escuchar es más difícil de lo que parece. Muchas veces los adultos responden con regaños antes de comprender. Si un adolescente cuenta que conoció a alguien por internet, la primera reacción puede ser quitarle el celular, castigarlo o decirle que fue ingenuo. Entonces aprende a callar. El captador, en cambio, puede mostrarse paciente, comprensivo y atento. Así se produce una injusticia silenciosa: quien quiere proteger se vuelve inaccesible, mientras quien quiere hacer daño se presenta como refugio.
En mi familia he aprendido que acompañar no significa vigilar cada segundo. Significa construir una confianza en la que uno pueda admitir un error sin sentir que perderá el amor de los suyos. Un joven debe saber que, si cayó en una mentira, puede volver a casa; que si compartió información personal, puede pedir ayuda; que si alguien lo está presionando, no tendrá que enfrentarlo solo.
La vergüenza es una gran aliada de los criminales.
Cuando una víctima cree que “se lo buscó”, que nadie le creerá o que su familia la rechazará, la red gana poder. Por eso debemos cambiar la pregunta. En lugar de decir “¿por qué aceptó?”, tal vez deberíamos preguntar “¿qué hicieron para engañarlo?”; en lugar de “¿por qué no escapó?”, preguntar “¿qué amenazas le impedían salir?”; en lugar de “¿cómo fue tan confiado?”, preguntarnos por qué un adulto decidió aprovecharse de esa confianza.
El ICBF informó que durante el primer semestre de 2025 atendió 69 casos de niñas, niños y adolescentes víctimas de trata de personas. Cada cifra representa una vida, una familia y una historia que no debería reducirse a una estadística. También es importante recordar que muchos casos pueden permanecer ocultos porque las víctimas no se reconocen como tales, sienten miedo o no encuentran una ruta segura para denunciar.
Cuando leo cifras así, me pregunto cuántas veces hemos pasado al lado de una señal sin reconocerla. Un cambio repentino de comportamiento. Regalos que nadie sabe de dónde salieron. Viajes inesperados. Un adulto controlador. Una relación virtual mantenida en secreto. Ausencias frecuentes. Dinero inexplicable. Miedo al revisar el teléfono. Ninguna señal aislada demuestra por sí sola que exista trata, pero varias juntas deberían movernos a conversar y buscar orientación profesional, no a acusar ni a exponer públicamente al menor.
También debemos cuidar la forma en que contamos estas historias. Publicar el nombre, la fotografía o detalles que permitan identificar a una víctima puede causarle otro daño. En redes sociales solemos compartir contenido impulsados por la indignación, pero no toda difusión protege. A veces convierte el dolor en entretenimiento, alimenta rumores o facilita que una red sepa quién habló.
Proteger también es guardar silencio cuando la intimidad de un niño está en juego y hablar con firmeza ante las autoridades correctas.
En Colombia, la Línea 141 del ICBF funciona las 24 horas para protección, emergencia y orientación. Ante un peligro inmediato también se puede acudir a la línea 123. No se necesita tener resuelto todo el caso para pedir orientación; basta con una preocupación seria.
Sin embargo, denunciar no debería ser el único momento en que la sociedad aparece. Llegar después del daño es necesario, pero llegar antes es mejor. Necesitamos comunidades donde los niños tengan adultos confiables cerca: docentes formados, vecinos atentos, entrenadores responsables, líderes comunitarios, familiares que sepan conversar y autoridades que no minimicen las alertas.
A veces hablamos de “cuidar a nuestros niños” como si solamente fueran nuestros hijos, hermanos o sobrinos. Pero una sociedad se mide por la forma en que cuida también al niño desconocido, al migrante, al que vende algo en una calle, al que dejó el colegio, al que parece rebelde, al que vive en una zona que casi nunca aparece en las noticias.
La historia de los niños arrastradores también está atravesada por la migración. Las personas que abandonan su país por violencia, hambre, persecución o falta de oportunidades suelen quedar expuestas a rutas inseguras, empleos informales y promesas engañosas. ACNUR advierte que quienes se desplazan por vías irregulares pueden quedar especialmente vulnerables a la trata y a otras violaciones de derechos humanos.
Pero sería injusto convertir al migrante en sinónimo de víctima o delincuente. La vulnerabilidad no está en la nacionalidad; está en las condiciones de abandono, desprotección y desigualdad. Cuando una persona carece de documentos, redes de apoyo o ingresos estables, alguien puede usar esa fragilidad en su contra. Y cuando la sociedad responde con xenofobia, la empuja todavía más hacia la clandestinidad que aprovechan los explotadores.
Creo que una de las formas más profundas de enfrentar la trata es recuperar el sentido de comunidad. Vivimos conectados con cientos de personas, pero a veces no conocemos el nombre del vecino. Tenemos grupos, plataformas y notificaciones, pero nos cuesta preguntar sinceramente: “¿Está bien?”. La protección de la infancia no depende únicamente de sistemas tecnológicos sofisticados. También necesita ojos humanos, conversaciones lentas y vínculos reales.
Desde la espiritualidad, este tema me confronta de una manera particular. Hablar de fe mientras un niño es tratado como mercancía debería incomodarnos. No basta con pedir protección en una oración si después somos indiferentes frente al sufrimiento que podemos prevenir. Creer en un ser supremo, sea cual sea la manera en que cada persona lo nombre, también debería traducirse en defender la dignidad del más vulnerable.
La fe sin cuidado puede quedarse en palabras bonitas.
Tal vez no podamos desmantelar una red criminal desde nuestra casa, pero sí podemos transformar la forma en que acompañamos a los niños que tenemos cerca. Podemos enseñarles que ninguna oportunidad legítima exige secreto absoluto, amenazas, fotografías íntimas, documentos personales o alejarse sin informar a alguien de confianza. Podemos revisar juntos la privacidad de sus cuentas sin convertir la conversación en interrogatorio. Podemos conocer a sus amigos, incluso a los virtuales. Podemos explicarles que pedir ayuda no es traicionar a nadie.
También podemos enseñar algo que a veces olvidamos: ser amable no significa obedecer. Confiar no significa entregar toda la información. Ayudar a un amigo no significa seguirlo a cualquier lugar. Un menor tiene derecho a detenerse, preguntar, verificar, llamar a su familia y retirarse de una situación que le produce miedo, incluso cuando quien lo invita sea otro menor.
Y cuando pensemos en los niños que fueron usados para arrastrar a otros, recordemos que algunos también necesitan ser rescatados. La justicia debe perseguir con toda su fuerza a los adultos y organizaciones que diseñan estas redes, se enriquecen y controlan a las víctimas. Pero frente a un menor instrumentalizado necesitamos una respuesta que combine responsabilidad, protección, verdad y restauración. Castigarlo sin comprender la estructura que lo domina puede dejar intactos a los verdaderos responsables.
No quiero terminar esta reflexión sembrando solamente miedo. El miedo paraliza; la conciencia puede movernos. Hay familias que escuchan, docentes que detectan señales, investigadores que exponen estas redes, funcionarios que acompañan a las víctimas y comunidades que se organizan. También existen jóvenes capaces de cuidarse entre sí, rechazar promesas peligrosas y alertar cuando algo no está bien.
Quizá la respuesta a la pregunta inicial sea esta: un niño no debería tener que desconfiar de todos los demás niños. Lo que debemos construir es un mundo donde ninguna red criminal pueda convertir la amistad, la necesidad o la inocencia en un anzuelo.
Que nuestros niños aprendan a cuidarse, sí, pero que nosotros aprendamos primero a no dejarlos solos.
👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.
— Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces proteger una infancia empieza con algo tan sencillo y tan difícil como escuchar antes de que el silencio se convierta en una jaula.
