Hay silencios que dicen mucho, incluso cuando vienen de alguien que no puede hablarnos. Uno de esos silencios ocurre cuando tomamos la correa, pronunciamos ese esperado “¿vamos a salir?” y nuestro perro, en lugar de correr hacia la puerta moviendo la cola, se queda quieto, se esconde, retrocede o simplemente nos mira como diciendo: “hoy no quiero”.
Y ahí aparece una pregunta que parece sencilla, pero realmente no lo es: ¿por qué un perro que antes disfrutaba sus paseos de repente no quiere salir?
Nuestra primera reacción puede ser pensar que está perezoso, que se volvió caprichoso o incluso que está tratando de salirse con la suya. A veces hacemos lo mismo con las personas. Cuando alguien cambia su comportamiento, suponemos rápidamente que tiene mala actitud antes de preguntarnos qué estará sintiendo.
Tal vez los perros también nos están enseñando algo sobre eso.
El paseo es uno de los momentos más importantes de la rutina de muchos perros. No se trata solamente de salir para hacer sus necesidades. Afuera existen olores, sonidos, personas, otros animales, árboles, vehículos y cientos de estímulos que para nosotros pueden pasar desapercibidos, pero que para ellos representan prácticamente un universo entero.
Por eso, cuando un perro deja de querer salir, creo que vale la pena hacer algo que a veces nos cuesta muchísimo: observar antes de obligar.
Porque quedarse quieto frente a la puerta puede ser una forma de comunicación.
Uno de los motivos puede ser el miedo.
Una motocicleta que pasó demasiado cerca, un perro que lo atacó o intimidó, unos fuegos artificiales inesperados, una tormenta, una obra en la calle, un vehículo ruidoso o incluso una persona que tuvo una interacción negativa con él pueden transformar un lugar anteriormente tranquilo en un espacio que el animal empieza a asociar con peligro.
Los perros pueden manifestar miedo quedándose inmóviles, intentando retroceder, temblando o directamente negándose a avanzar. Los especialistas en comportamiento veterinario advierten precisamente que un perro que se paraliza por temor no necesariamente está siendo “terco” y que forzarlo a continuar puede aumentar su miedo.
Esto me hace pensar en algo bastante humano.
Nosotros también tenemos lugares a los que alguna vez nos costó regresar.
Un hospital después de una mala noticia. Una calle donde ocurrió algo doloroso. Una casa llena de recuerdos. Incluso una canción puede devolvernos inmediatamente a un momento que creíamos superado.
Sabemos racionalmente que estamos en el presente, pero nuestro cuerpo recuerda.
Quizá no sea tan diferente para un perro.
La diferencia es que nosotros podemos decir: “ese lugar me genera ansiedad”. Ellos tienen que expresarlo con su comportamiento.
Pero el miedo no es la única explicación.
Cuando el cambio aparece de forma repentina también tenemos que considerar algo mucho más físico: el dolor.
Una molestia en una pata, problemas articulares, una lesión, dolor en la espalda, incomodidad causada por el arnés o alguna condición relacionada con la edad pueden hacer que caminar deje de ser agradable.
Y aquí está una de las partes más difíciles del cuidado de los animales: ellos no pueden señalarnos exactamente dónde les duele.
No pueden decir “me duele la rodilla desde ayer”.
Simplemente caminan menos.
Se levantan más despacio.
Evitan las escaleras.
Dejan de jugar como antes.
O ya no quieren salir.
Los cambios de comportamiento pueden ser una señal importante de dolor, especialmente cuando un perro que antes disfrutaba determinadas actividades empieza a evitarlas.
Por eso, si la negativa a caminar apareció repentinamente, se mantiene durante varios días o viene acompañada de cojera, dificultad para levantarse, pérdida de apetito, quejidos, cansancio inusual o cambios fuertes de comportamiento, lo responsable es consultar al veterinario.
No todo se soluciona con entrenamiento.
Y creo que reconocer eso también es una forma de querer bien.
A veces amar significa entender que nosotros no tenemos todas las respuestas.
También existen perros que simplemente están atravesando una etapa diferente de su vida.
Un cachorro puede sentirse abrumado por el mundo exterior porque prácticamente todo es nuevo. Una alcantarilla, un bus frenando, una bicicleta o cinco personas caminando juntas pueden representar una cantidad enorme de información que todavía no sabe procesar.
Por otro lado, un perro mayor quizás ya no tenga la energía de caminar durante cuarenta minutos como antes.
Nosotros solemos aferrarnos bastante a las rutinas.
“Siempre hemos hecho este recorrido”.
“Siempre caminamos a esta hora”.
“Siempre llegamos hasta el parque”.
Pero la vida cambia.
Y nuestros animales también.
Hace algún tiempo escribía en mi propio blog sobre algo parecido al hablar de mascotas que empiezan a envejecer: llega un momento en el que cuidarlas también significa aprender a respetar un ritmo diferente. Ese tipo de reflexiones sobre nuestra relación con los animales puede encontrarse en https://juanmamoreno03.blogspot.com/.
Quizá un paseo exitoso no tenga que medirse siempre en kilómetros.
Tal vez algunos días diez minutos tranquilos, permitiéndole oler un árbol durante un buen rato, valgan más que recorrer varias cuadras tirando permanentemente de la correa.
Eso también cambia la manera como entendemos el paseo.
Nosotros solemos verlo como una ruta.
Salir del punto A, caminar hasta el punto B y regresar.
Para el perro, en cambio, detenerse a oler puede formar parte fundamental de la experiencia. Cada esquina contiene información. Ahí estuvieron otros perros. Pasó alguien. Hay un olor nuevo. Algo cambió desde ayer.
Nosotros miramos el teléfono.
Ellos leen el barrio con la nariz.
Y quizá por eso recuperar las ganas de salir también puede comenzar haciendo que el paseo vuelva a sentirse interesante y seguro.
Si el perro se resiste desde la puerta, una alternativa es empezar con objetivos muy pequeños.
Primero acercarse a la puerta.
Después salir unos segundos.
Más adelante caminar unos metros.
Premiar la tranquilidad.
Regresar antes de que aparezca demasiado estrés.
Otro día avanzar un poco más.
No convertir cada salida en una batalla.
Las estrategias de desensibilización trabajan precisamente con exposiciones graduales al estímulo que genera ansiedad, combinándolas con experiencias positivas y respetando la capacidad del animal para tolerar la situación.
Me gusta esa idea porque, curiosamente, también funciona en muchas cosas de nuestra propia vida.
Queremos solucionar todo inmediatamente.
Si estamos pasando por una mala época queremos despertar bien mañana.
Si tenemos miedo queremos eliminarlo.
Si algo no funciona queremos arreglarlo en un solo intento.
Pero muchos procesos no suceden así.
A veces avanzar significa únicamente acercarse un poco más a la puerta.
Y eso sigue siendo avanzar.
También podemos experimentar cambiando algunos elementos de la rutina.
Salir a una hora más tranquila si el problema son los vehículos o la cantidad de personas. Elegir otra ruta si hubo una experiencia negativa en determinado lugar. Llevar premios que realmente le gusten. Permitir más momentos para olfatear. Hacer paseos más cortos durante unos días. Buscar espacios donde exista menos ruido.
Si determinados perros o personas son desencadenantes de miedo, incluso puede ser conveniente elegir horarios con menor tránsito mientras se trabaja progresivamente el problema.
Hay algo muy importante que también tendríamos que revisar: nosotros mismos.
Sé que puede sonar extraño.
El perro es el que no quiere caminar, ¿qué tenemos que ver nosotros?
Muchísimo.
Imaginemos que cada salida se convirtió en una escena repetitiva.
Nos desesperamos porque no avanza.
Tiramos de la correa.
Él se detiene.
Nos frustramos.
Volvemos a tirar.
Le hablamos con tono molesto.
El perro se pone todavía más nervioso.
Después de varios días así, la correa deja de anunciar una aventura.
Empieza a anunciar tensión.
Sin querer, podemos terminar reforzando exactamente la sensación que queremos eliminar.
Esto no significa culparnos. Significa observar la relación completa.
Una mascota no vive aislada de nosotros. Comparte nuestras rutinas, nuestros espacios, nuestros momentos buenos y también aquellos días en los que llegamos agotados y sin mucha paciencia.
Por eso recuperar el paseo puede requerir recuperar primero la confianza alrededor del paseo.
Volver a celebrar pequeñas cosas.
Ponerse el arnés sin conflicto.
Llegar a la puerta.
Salir tranquilamente.
Oler.
Caminar.
Regresar.
Sin convertir cada metro recorrido en una prueba que el perro tiene que aprobar.
Y tampoco debemos olvidar algo bastante sencillo: revisar el equipo que estamos utilizando.
Un arnés demasiado apretado, una correa incómoda o algún elemento que roce la piel puede convertir una actividad aparentemente normal en algo desagradable. A veces buscamos explicaciones enormes cuando el problema puede estar literalmente puesto sobre el cuerpo del animal.
También puede ocurrir que nuestro perro tenga energía, pero no disfrute siempre del mismo tipo de paseo.
Ahí entra otra palabra que me parece importante: curiosidad.
Cambiar de camino de vez en cuando.
Dejarlo explorar.
Incorporar pequeños juegos.
Buscar objetos.
Permitirle seguir algunos olores de forma segura.
Hacer que nosotros también estemos presentes.
Porque reconozcámoslo: existen paseos en los que físicamente estamos con nuestro perro, pero mentalmente estamos respondiendo mensajes, mirando redes sociales o pensando en veinte problemas diferentes.
Ellos van a nuestro lado.
Nosotros estamos en otro lugar.
Y esto va mucho más allá de los perros.
Creo que estamos viviendo una época extraña en ese sentido.
Nunca habíamos estado tan conectados tecnológicamente y, al mismo tiempo, tenemos que esforzarnos muchísimo para estar realmente presentes.
Un perro puede recordarnos eso durante una caminata.
No necesita saber cuántos correos tenemos pendientes.
No sabe qué publicación se volvió viral.
No entiende qué reunión tenemos mañana.
Solo sabe que en ese instante estamos caminando juntos.
Tal vez por eso las mascotas terminan teniendo un impacto tan profundo en muchas familias. Nos obligan, de alguna manera, a regresar al presente.
A levantarnos.
A abrir la puerta.
A mirar el cielo.
A caminar unas cuadras.
A respirar.
A acompañar.
Hay una reflexión que aparece también en otros textos que he escrito sobre animales: aprender a comprenderlos desarrolla paciencia y empatía. Cuando prestamos atención a los cambios pequeños en su comportamiento, dejamos de relacionarnos con ellos únicamente desde lo que queremos que hagan y empezamos a preguntarnos qué pueden estar necesitando.
Quizá ahí está la diferencia entre tener una mascota y realmente convivir con ella.
Convivir implica conocer.
Saber qué la emociona.
Qué la asusta.
Cuándo algo no está bien.
Qué significa esa mirada.
Por qué hoy camina diferente.
Cuándo necesita juego y cuándo necesita descanso.
Y sí, habrá días en los que nuestro perro simplemente parezca tener menos ganas.
No todo comportamiento diferente significa inmediatamente que exista un gran problema.
Pero conocemos a nuestros animales.
Cuando algo cambia de verdad, normalmente lo sentimos.
La clave está en no ignorarlo ni dramatizarlo automáticamente.
Observar.
Descartar dolor.
Identificar posibles miedos.
Adaptar la rutina.
Avanzar progresivamente.
Buscar ayuda profesional cuando sea necesario.
Y tener paciencia.
Sobre todo paciencia.
Porque posiblemente nuestro perro estuvo muchas veces a nuestro lado sin entender qué nos pasaba.
En días buenos.
En días malos.
Cuando llegamos felices.
Cuando regresamos derrotados.
Cuando no queríamos hablar con nadie.
Él probablemente tampoco comprendía la razón.
Pero se quedó cerca.
Quizás ahora nos corresponda hacer exactamente lo mismo.
Si un día no quiere cruzar la puerta, en vez de pensar inmediatamente “¿qué le pasa a este perro?”, podemos cambiar la pregunta:
“¿Qué estará intentando decirme?”
Puede parecer una diferencia pequeña.
Pero creo que ahí empieza una forma distinta de cuidar.
Porque recuperar la rutina no significa arrastrarlo hasta que vuelva a caminar como antes.
Significa construir nuevamente la seguridad necesaria para que quiera hacerlo.
Y cuando finalmente vuelva a salir tranquilo, quizá nosotros también habremos aprendido algo durante el proceso.
Que no todos avanzamos al mismo ritmo.
Que el miedo necesita paciencia.
Que los cambios de comportamiento merecen atención.
Que pedir ayuda profesional cuando algo no está bien también es una forma de responsabilidad.
Y que algunas veces amar no consiste en llevar a alguien hacia donde queremos que vaya.
Consiste en acompañarlo hasta que vuelva a sentirse seguro para dar el siguiente paso.
Al final, quizá ese paseo que parecía un problema termine convirtiéndose en una pequeña lección sobre confianza, paciencia y compañía. Porque nuestros perros no solamente necesitan que les enseñemos a caminar a nuestro lado; algunas veces somos nosotros quienes tenemos que aprender a caminar al ritmo de ellos.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces el amor no se demuestra haciendo que alguien avance, sino quedándonos a su lado hasta que vuelva a tener confianza para hacerlo.
