¿Qué pasa cuando te repiten toda la vida que eres “el futuro”, pero llega el momento de vivir ese futuro y no encuentras dónde entrar?
Esa pregunta me quedó dando vueltas después de leer lo que está pasando con los jóvenes en India. Y aunque estoy a miles de kilómetros, desde Colombia, hay algo en esa historia que no me resulta ajeno. Porque ser joven hoy tiene una contradicción extraña: nunca habíamos tenido tantas herramientas para aprender, comunicarnos, crear y conocer el mundo, pero al mismo tiempo nunca había sentido tan presente esa ansiedad de preguntarnos si todo lo que hacemos realmente nos va a llevar a algún lado.
En India esa contradicción está explotando en las calles.
Durante semanas, miles de jóvenes se movilizaron por las irregularidades en los exámenes, especialmente por la filtración del NEET, una de las pruebas más importantes para quienes quieren estudiar medicina. La presión terminó provocando algo poco común dentro del gobierno de Narendra Modi: el ministro de Educación, Dharmendra Pradhan, presentó su renuncia el 25 de julio de 2026.
Uno podría mirar el hecho simplemente como una noticia política. Ministro renuncia. Jóvenes protestan. Gobierno responde. Fin.
Pero siento que ahí nos perderíamos lo más importante.
Porque una protesta casi nunca comienza realmente el día en que la gente sale a la calle.
Comienza mucho antes.
Comienza cuando un estudiante estudia durante años y siente que una filtración puede borrar su esfuerzo en cuestión de horas.
Comienza cuando una familia hace sacrificios económicos para pagar educación pensando que detrás del diploma existirá una oportunidad.
Comienza cuando alguien termina una carrera, imprime hojas de vida, llena formularios, manda correos, espera respuestas y descubre que tener un título no necesariamente significa tener trabajo.
El informe State of Working India 2026, de Azim Premji University, encontró que el desempleo entre graduados de 15 a 25 años ronda el 40 %. Para quienes tienen entre 25 y 29 años sigue siendo cercano al 20 %. El mismo estudio muestra que solo una pequeña proporción de los graduados consigue rápidamente un empleo asalariado estable.
Cuando uno lee “40 %” parece una cifra.
Pero detrás de cada porcentaje hay una historia.
Hay alguien mirando el celular esperando una llamada.
Hay alguien preguntándose si estudió la carrera equivocada.
Hay una mamá tratando de animar a su hijo mientras por dentro también está preocupada.
Hay jóvenes viendo en redes sociales a otros que aparentemente ya compraron apartamento, viajaron por el mundo, crearon una empresa o consiguieron el trabajo perfecto, mientras ellos siguen intentando descubrir por dónde empezar.
Y aquí aparece algo que me preocupa mucho: hemos convertido la juventud en una especie de promesa económica.
Los gobiernos hablan del “bono demográfico”. Los economistas explican que tener una población joven puede convertirse en una enorme ventaja porque existen muchas personas en edad de estudiar, trabajar, emprender, producir y sostener el crecimiento del país. India todavía está dentro de esa ventana demográfica favorable y se espera que continúe así durante buena parte de la próxima década.
Eso suena extraordinario.
Pero un joven no es un bono.
No es una estadística esperando convertirse en productividad.
Es una persona.
Y ahí creo que está uno de los errores que muchos países cometen cuando hablan de nosotros.
Nos dicen que somos “el futuro”, pero pocas veces preguntan cómo estamos viviendo el presente.
Porque para que una población joven sea realmente una ventaja, no basta con que existan millones de jóvenes. Tiene que existir educación que funcione, instituciones en las que se pueda confiar, oportunidades laborales, posibilidades para emprender, acceso a tecnología, salud mental, seguridad y, quizás lo más difícil de construir, esperanza.
Sin eso, la juventud deja de sentirse como una oportunidad y empieza a sentirse como una sala de espera.
India tiene una de las poblaciones jóvenes más grandes del planeta y una enorme proporción de personas en edad laboral. Esa estructura puede convertirse en una fuerza económica extraordinaria, pero solamente si el país logra conectar educación, capacidades y empleo.
Y ahí aparece otra contradicción.
India es uno de los centros tecnológicos más importantes del mundo. Durante años nos acostumbramos a escuchar historias sobre ingenieros indios, empresas de software, centros de servicios y profesionales que terminaron dirigiendo algunas de las compañías más importantes del planeta.
Sin embargo, incluso ese camino comienza a cambiar.
La inteligencia artificial está transformando precisamente algunos de los trabajos tecnológicos y administrativos que durante años representaron una puerta de entrada para millones de jóvenes. En 2026, el sector tecnológico indio atraviesa ajustes de contratación y automatización mientras empresas buscan adaptarse a sistemas de IA que pueden asumir parte del trabajo rutinario.
Y leyendo eso pensé en algo incómodo.
Durante años les dijimos a los jóvenes: “Estudien”.
Después: “Aprendan inglés”.
Luego: “Aprendan tecnología”.
Ahora: “Aprendan inteligencia artificial”.
Y seguramente mañana aparecerá otra cosa.
No digo que aprender sea inútil. Todo lo contrario. Para mí aprender sigue siendo una de las formas más poderosas de libertad.
Pero tampoco podemos convertir cada problema estructural en una responsabilidad individual.
No podemos decirle a una generación completa que, si no encuentra oportunidades, simplemente necesita otro curso, otra certificación, otra habilidad, otro idioma, otro diplomado.
A veces el problema no es que el joven no se preparó.
A veces el sistema tampoco se preparó para recibirlo.
Eso conecta muchísimo con una reflexión que hice hace algunos meses en mi propio blog cuando hablaba sobre educación y mentalidad digital. Decía que enseñar herramientas ya no es suficiente y que una institución debería ayudarnos también a desarrollar criterio, conciencia y capacidad para entender el mundo que estamos construyendo. Esa reflexión la compartí aquí:
https://juanmamoreno03.blogspot.com/2026/02/la-sergio-una-universidad-con.html
Hoy, mirando India, esa idea me parece todavía más importante.
Una universidad no debería ser únicamente una fábrica de diplomas.
Debería ser un puente.
Un puente entre lo que una persona aprende y lo que puede hacer con ese conocimiento.
Entre el talento y la oportunidad.
Entre el sueño y la realidad.
Cuando ese puente se rompe, aparece la frustración.
Y cuando millones sienten la misma frustración al mismo tiempo, aparece algo más poderoso: la conciencia colectiva.
Eso fue lo que me llamó la atención del llamado Cockroach Janta Party, el movimiento surgido inicialmente como sátira después de que un comentario que comparaba a jóvenes desempleados con “cucarachas” encendiera todavía más el malestar. Lo que empezó pequeño terminó transformándose en una movilización mucho mayor alrededor de educación, exámenes, empleo y rendición de cuentas.
Hay algo profundamente humano en apropiarse de una palabra que quiso humillarte y convertirla en símbolo.
Es como decir: “Si así nos ven, entonces mírennos”.
Y quizás eso explica por qué estas protestas no deberían interpretarse solamente como jóvenes enfadados.
También son jóvenes que quieren participar.
Que quieren ser escuchados.
Que quieren creer en su país.
Porque la indiferencia sería mucho más preocupante.
Cuando una generación protesta todavía existe una esperanza escondida dentro de la rabia. Todavía existe la idea de que algo puede cambiar.
Lo verdaderamente peligroso sería una generación que ya no reclamara nada porque dejó de creer que reclamar sirve.
Eso lo pienso también desde Colombia.
Nuestros problemas son distintos, nuestras instituciones son distintas y nuestra historia es diferente. No tendría sentido copiar el caso indio y decir que somos iguales.
Pero sí conozco esa sensación juvenil de incertidumbre.
La conversación entre amigos donde alguien pregunta qué va a hacer después de graduarse.
El que piensa en irse del país.
El que quiere emprender pero no sabe por dónde comenzar.
El que estudió algo y terminó trabajando en otra cosa.
El que mira LinkedIn y siente que todo el mundo avanza menos él.
El que hace chistes sobre su situación porque admitir que tiene miedo resulta más difícil.
Yo también he sentido momentos en los que parece que uno debería tener todo resuelto.
Y no lo tengo.
Creo que casi nadie de nuestra edad lo tiene.
Pero hay una diferencia enorme entre no tener la vida resuelta porque estamos aprendiendo y no poder avanzar porque las puertas simplemente no existen.
Por eso el debate sobre los jóvenes de India no debería limitarse a preguntarse si Narendra Modi logró apagar una protesta.
La verdadera pregunta es mucho más difícil:
¿puede India transformar la energía de cientos de millones de jóvenes en oportunidades reales?
Y todavía más importante:
¿puede hacerlo antes de que la esperanza se transforme en resentimiento?
Porque ningún país debería tener miedo de sus jóvenes.
Debería tener miedo de desperdiciarlos.
También hay una dimensión que muchas veces olvidamos cuando hablamos de empleo: las oportunidades no se distribuyen igual. Las desigualdades de género siguen afectando las decisiones educativas, laborales y familiares de las mujeres jóvenes en India, y organismos de Naciones Unidas siguen señalando que las presiones económicas y las desigualdades sociales condicionan fuertemente las decisiones de vida de la juventud.
Entonces no basta con crear empleo.
También importa preguntarnos quién puede acceder a él.
Quién tiene contactos.
Quién vive cerca de las oportunidades.
Quién puede pagar una buena educación.
Quién tiene un computador.
Quién habla inglés.
Quién puede darse el lujo de hacer prácticas sin salario.
Quién tiene que empezar a trabajar inmediatamente para ayudar en la casa.
La palabra “mérito” suena muy bonita hasta que descubrimos que no todos comienzan la carrera desde la misma línea.
Y quizás ese es uno de los mayores desafíos de nuestra generación en cualquier país: aprender a reconocer que el esfuerzo personal importa muchísimo sin utilizarlo como excusa para ignorar las desigualdades colectivas.
Yo creo en trabajar.
Creo en estudiar.
Creo en aprender nuevas habilidades.
Creo en la tecnología.
Creo incluso que la inteligencia artificial puede abrir caminos increíbles que todavía no alcanzamos a imaginar.
Pero también creo que una sociedad sana tiene que hacer algo más que decirles a sus jóvenes que se esfuercen.
Tiene que construir lugares donde ese esfuerzo pueda convertirse en algo.
En dignidad.
En independencia.
En propósito.
En la posibilidad de ayudar a la familia.
En una casa.
En un proyecto.
En tranquilidad.
En futuro.
El mundo está viviendo una transformación laboral gigantesca. La Organización Internacional del Trabajo advirtió esta semana que el desempleo juvenil mundial volvió a subir ligeramente en 2025 y que la automatización mediante inteligencia artificial puede aumentar la presión sobre determinados trabajos ocupados por jóvenes.
Así que India quizás sea un espejo adelantado de una conversación que tarde o temprano tendremos en muchos otros países.
¿Qué hacemos con una generación cada vez más educada cuando la economía no produce suficientes oportunidades?
¿Qué pasa cuando estudiar deja de garantizar movilidad?
¿Qué ocurre cuando la tecnología aumenta la productividad, pero no necesariamente distribuye esa prosperidad?
No tengo respuestas perfectas.
Desconfío un poco de quien las tenga.
Pero sí tengo una intuición: el futuro de un país no se mide solamente por su PIB, sus edificios, sus empresas tecnológicas o sus discursos de grandeza.
También se mide por la respuesta que da un joven cuando alguien le pregunta:
“¿Cómo imaginas tu vida dentro de cinco años?”
Si la respuesta está llena de proyectos, probablemente ese país está haciendo algo bien.
Si está llena únicamente de miedo, algo necesita cambiar.
Las protestas de los jóvenes indios consiguieron una renuncia ministerial, pero esa victoria será pequeña si todo vuelve a funcionar exactamente igual. De hecho, las movilizaciones no desaparecieron: el 10 de agosto de 2026 hubo nuevas protestas juveniles en Jharkhand por presuntas irregularidades en exámenes de contratación pública, señal de que el malestar va mucho más allá de una sola prueba o de un solo ministro.
Por eso creo que la historia apenas comienza.
India todavía tiene una oportunidad extraordinaria.
Tiene talento.
Tiene juventud.
Tiene capacidad tecnológica.
Tiene millones de personas que quieren estudiar, trabajar, crear empresas y construir una vida mejor.
Pero ninguna ventaja demográfica viene con garantía.
Un dividendo también se puede perder.
Y un joven lleno de potencial también puede cansarse de esperar.
Tal vez el gran desafío no sea convencer a los jóvenes de que crean en el futuro.
Tal vez sea construir un presente que les dé razones para hacerlo.
Si algo de esta historia te hizo pensar en tu propia vida, en tus estudios, en el trabajo que buscas o en el país que quieres construir, cuéntamelo. A veces las conversaciones importantes comienzan simplemente descubriendo que nuestras preocupaciones no son tan individuales como parecían.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Una generación no se convierte en futuro porque se lo repitamos; se convierte en futuro cuando le damos espacio para construirlo.
