¿Cuántas veces hemos juzgado a alguien por lo que hace sin preguntarnos ni por un segundo por qué lo está haciendo?
A veces basta una imagen para darnos una lección que va mucho más allá de lo que estamos viendo. Dos perros caminando por la misma calle. Dos correas completamente tensas. Dos animales tirando con fuerza hacia adelante. Desde lejos, parecería exactamente el mismo problema.
“Esos perros no saben pasear”.
“Hay que enseñarles a no tirar”.
“Les falta disciplina”.
Y ya.
Diagnóstico hecho en cinco segundos.
Pero resulta que uno de esos perros podría estar tirando porque está emocionado. Porque acaba de oler algo nuevo, porque reconoce el parque de la esquina, porque quiere investigar el árbol que está unos metros más adelante o simplemente porque salir a caminar es uno de los momentos más felices de su día.
El otro, en cambio, puede estar tirando con la misma fuerza porque está asustado.
Quizás escuchó una moto.
Quizás vio otro perro.
Quizás hay demasiadas personas.
Quizás ese lugar le genera inseguridad y lo único que quiere es alejarse cuanto antes.
La correa se ve igual.
La fuerza puede sentirse igual.
El comportamiento, desde afuera, parece exactamente el mismo.
Pero por dentro están ocurriendo dos mundos completamente distintos.
Y no sé por qué, pero cuando pensé en esto terminé pensando mucho más en nosotros que en los perros.
Porque nosotros también hacemos eso.
Vemos comportamientos y creemos que estamos viendo personas completas.
Vemos a alguien callado y pensamos que es antipático.
Vemos a alguien hablando demasiado y pensamos que quiere llamar la atención.
Vemos a alguien distante y creemos que no le importamos.
Vemos a alguien trabajando sin parar y lo llamamos ambicioso.
Vemos a alguien que no quiere salir de su casa y lo llamamos perezoso.
Vemos el tirón de la correa.
Pero no vemos lo que está pasando al otro lado.
Y tal vez ese sea uno de los problemas más grandes que tenemos actualmente: estamos demasiado entrenados para reaccionar y muy poco acostumbrados a observar.
Vivimos rápido.
Opinamos rápido.
Respondemos rápido.
Hasta nos enojamos rápido.
Las redes sociales probablemente han llevado esto a otro nivel. Vemos quince segundos de un video y creemos conocer una historia completa. Leemos una captura de pantalla y pensamos que sabemos quién tiene la razón. Vemos una fotografía y construimos una versión entera de la vida de otra persona.
A veces incluso hacemos lo mismo con nuestra propia familia.
Y ahí es donde más duele.
Porque uno pensaría que conocer a alguien durante años significa comprenderlo, pero no siempre es así.
Hay personas que viven bajo el mismo techo y aun así no saben reconocer cuándo el otro está cansado, preocupado, asustado o simplemente necesita un poco de espacio.
Con los años he entendido que escuchar no siempre tiene que ver con los oídos.
Hay gente que te está diciendo muchas cosas sin pronunciar una sola palabra.
Lo dice cuando cambia la manera de responder.
Cuando ya no se ríe igual.
Cuando empieza a aislarse.
Cuando está más impaciente de lo normal.
Cuando repite que “todo está bien” pero algo en su manera de decirlo hace evidente que no lo está.
Los animales, de alguna manera, nos recuerdan algo que nosotros hemos ido olvidando: el cuerpo también habla.
Un perro no necesita decirte “estoy incómodo”.
Lo demuestra.
No necesita decirte “estoy feliz”.
Lo demuestra.
No necesita explicarte que algo le genera inseguridad.
Su postura, su respiración, su mirada y su manera de moverse empiezan a contar la historia mucho antes de que ocurra algo evidente.
El problema es que hace falta aprender a mirar.
Y mirar de verdad requiere paciencia.
Quizás por eso me gusta tanto esta escena de los dos perros tirando de la correa.
Porque desmonta esa idea tan cómoda de que una misma conducta siempre merece una misma respuesta.
No.
Depende.
Y esa palabra, aunque a veces nos incomode, es importantísima.
Depende de lo que esté sintiendo.
Depende de lo que haya ocurrido antes.
Depende del entorno.
Depende de su historia.
Depende del miedo.
Depende de la confianza.
Depende incluso de quién esté sujetando la otra punta de la correa.
Al perro que está lleno de entusiasmo probablemente haya que ayudarlo a gestionar esa energía, enseñarle a caminar con más calma y permitirle explorar sin convertir el paseo en una batalla constante.
Al perro que está tirando porque tiene miedo no necesariamente hay que exigirle más.
Tal vez necesita distancia.
Seguridad.
Tiempo.
Un ritmo diferente.
Y allí aparece algo que me parece fundamental: corregir sin comprender puede empeorar aquello que queríamos solucionar.
Eso sirve para un perro.
Pero también sirve para un hijo.
Para un amigo.
Para una pareja.
Para un compañero de trabajo.
Incluso para nosotros mismos.
¿Cuántas veces nos hemos tratado con dureza porque pensamos que estamos siendo “flojos”, cuando en realidad estamos agotados?
¿Cuántas veces nos hemos exigido reaccionar como si nada cuando por dentro estamos tratando de procesar algo que todavía no entendemos?
A veces somos nuestro peor entrenador.
Sentimos miedo y nos castigamos por no avanzar.
Estamos agotados y nos reclamamos por no producir.
Nos sentimos confundidos y nos obligamos a tener respuestas inmediatas.
Es como mirar nuestra propia correa tensada y decir:
“Deja de tirar”.
Sin preguntarnos primero qué nos está haciendo tirar.
Yo creo que crecer también significa aprender esa diferencia.
Cuando uno es más joven tiene la tentación de dividir el mundo entre cosas buenas y malas, personas buenas y malas, decisiones correctas e incorrectas.
Con el tiempo empiezan a aparecer los grises.
Y los grises son incómodos.
Porque nos obligan a pensar.
Nos obligan a aceptar que dos personas pueden hacer exactamente lo mismo por razones completamente distintas.
Una persona puede trabajar mucho porque ama lo que hace.
Otra puede trabajar mucho porque tiene terror de quedarse sin dinero.
Alguien puede buscar constantemente compañía porque disfruta estar con otros.
Otra persona puede hacerlo porque siente un vacío enorme cuando está sola.
Alguien puede revisar el celular cada cinco minutos porque espera una noticia.
Otro puede hacerlo porque desarrolló una dependencia de esa pequeña dosis constante de estímulo.
El gesto es parecido.
La raíz no.
Y si solamente corregimos el gesto, probablemente nunca lleguemos a la raíz.
Creo que ahí está también una parte muy bonita de convivir con animales.
Ellos nos obligan a salir un poco de nuestra lógica humana.
No podemos sentarnos frente a un perro y pedirle que escriba un ensayo explicando sus emociones.
Tenemos que observarlo.
Tenemos que aprender sus señales.
Tenemos que entender sus tiempos.
Tenemos que aceptar que la confianza no se exige.
Se construye.
Eso también lo he pensado muchas veces en relación con la espiritualidad.
Tenemos una costumbre extraña de pedir respuestas inmediatas.
Queremos saber por qué sucedió algo.
Por qué alguien se fue.
Por qué una puerta se cerró.
Por qué aquello que tanto queríamos no salió como esperábamos.
Uno quisiera que ese ser supremo en el cual cree y confía apareciera con una hoja explicando punto por punto cuál era el sentido de cada cosa.
Pero rara vez funciona así.
Muchas veces solamente tenemos señales.
Silencios.
Personas.
Experiencias.
Pequeñas situaciones cotidianas.
Y nos toca aprender a observar.
Hay cosas que solamente se comprenden después.
Así como el cuerpo de un perro puede estar diciendo algo que no entendemos al principio, la vida también parece comunicarse a veces en un lenguaje que vamos aprendiendo mientras caminamos.
Por eso cada vez me convenzo más de que vivir bien tiene mucho que ver con aprender a prestar atención.
Atención real.
No esa atención de mirar mientras revisamos una notificación.
Hablo de detenernos mentalmente frente a una situación y preguntarnos:
¿Qué está pasando aquí realmente?
¿Qué no estoy viendo?
¿Qué puede estar sintiendo el otro?
¿Qué parte de la historia desconozco?
Y también:
¿Qué estoy sintiendo yo?
Es curioso porque esas preguntas parecen sencillas, pero pueden cambiar por completo una relación.
Incluso pueden evitar muchos conflictos.
Una persona que sabe observar no necesariamente se vuelve alguien que justifica todo.
Comprender no significa permitir cualquier comportamiento.
Un perro puede estar asustado y aun así necesitar límites para mantenerse seguro.
Una persona puede estar pasando por un momento difícil y eso no significa que tenga derecho a lastimar a los demás.
La empatía no consiste en desaparecer nosotros para comprender al otro.
Consiste en responder con conocimiento en lugar de hacerlo desde la reacción inmediata.
Y creo que ahí está la diferencia más profunda.
No entre quien lleva bien o mal una correa.
Sino entre quien solamente controla y quien intenta comprender.
Controlar es más fácil.
Comprender requiere paciencia.
Controlar mira el comportamiento.
Comprender busca la causa.
Controlar quiere que algo deje de pasar.
Comprender quiere saber por qué está pasando.
Tal vez por eso un verdadero buen paseo con un perro no consiste únicamente en caminar veinte minutos, esperar que haga sus necesidades y regresar a la casa.
Un paseo puede ser una conversación silenciosa.
El perro observa.
La persona observa.
Ambos se comunican.
Hay confianza.
Hay límites.
Hay curiosidad.
Hay momentos para avanzar y otros para detenerse.
Hay veces en que toca cambiar de dirección.
Y mientras pensaba en eso me pareció que, de alguna manera, también es una buena definición de la vida.
Vamos caminando.
A veces tiramos de la correa porque estamos emocionados por llegar a algo.
Otras veces tiramos porque queremos escapar de algo.
Desde afuera quizá nadie nota la diferencia.
Pero nosotros sí deberíamos intentar reconocerla.
Porque no es lo mismo correr hacia un sueño que correr huyendo de un miedo.
No es lo mismo querer avanzar que sentir que no puedes quedarte quieto.
No es lo mismo entusiasmo que ansiedad.
Aunque a veces se parezcan muchísimo.
También por eso deberíamos aprender a mirar a quienes tenemos cerca con un poco más de profundidad.
Tal vez esa persona que está reaccionando extraño no necesita inmediatamente una crítica.
Quizás primero necesita una pregunta.
Tal vez ese amigo que se ha alejado no dejó de querernos.
Quizás está atravesando algo que todavía no sabe cómo contar.
Tal vez nuestros padres tienen silencios cuyo origen nunca hemos preguntado.
Y probablemente nosotros mismos tengamos comportamientos que llevamos años intentando corregir sin detenernos a comprender de dónde nacen.
En mi blog he vuelto varias veces sobre esa necesidad de aprender de lo cotidiano, de los animales, de la familia y de esas cosas aparentemente pequeñas que terminan mostrándonos algo enorme sobre nosotros mismos: https://juanmamoreno03.blogspot.com/
Al final, los dos perros siguen tirando de la correa.
Para quien pasa rápido por la calle son simplemente dos perros mal educados.
Para quien sabe observar, uno está diciendo:
“Quiero descubrir el mundo”.
Y el otro quizá está diciendo:
“Por favor, ayúdame a salir de aquí”.
La diferencia no está solamente en lo que hacen.
Está en lo que sienten mientras lo hacen.
Y quizá una parte importante de convertirnos en mejores personas consista precisamente en aprender eso: dejar de interpretar a todo el mundo únicamente por sus movimientos y empezar a preguntarnos qué historia existe detrás de ellos.
Porque escuchar no siempre significa oír palabras.
A veces escuchar significa mirar una cola, unos ojos, unas manos inquietas, un mensaje más corto de lo normal, un silencio inesperado o esa sensación difícil de explicar que nos dice que algo ha cambiado.
Ojalá aprendamos a mirar un poco más antes de juzgar.
A preguntar un poco más antes de asumir.
A acompañar un poco más antes de corregir.
Tal vez así nuestros paseos, nuestras relaciones y hasta nuestra propia vida se vuelvan un poco menos tensos.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces aquello que parece una simple correa tensa es, en realidad, alguien intentando decirnos algo que todavía no hemos aprendido a escuchar.
