miércoles, 19 de agosto de 2026

Pantallas y salud mental: cómo construir una relación más consciente con la tecnología



¿Cuántas veces hemos desbloqueado el celular sin saber realmente para qué lo hicimos?

A mí me pasa.

Lo tomo para mirar la hora y termino respondiendo un mensaje. Después aparece una notificación, entro a una red social, veo un video, luego otro, alguien comparte una noticia, recuerdo algo que debía buscar y, cuando vuelvo a mirar el reloj, han pasado veinte o treinta minutos.

Lo más curioso es que muchas veces ni siquiera recuerdo qué vi.

Solo queda una sensación extraña. Como si la cabeza hubiera recorrido cien lugares sin haber estado realmente en ninguno.

Vivimos una época en la que estar conectados dejó de ser una actividad y se convirtió prácticamente en el escenario donde ocurre buena parte de nuestra vida. Estudiamos frente a una pantalla, trabajamos frente a otra, hablamos con nuestras familias por WhatsApp, nos enteramos de lo que ocurre en el mundo mediante redes sociales, escuchamos música desde el teléfono, vemos películas en plataformas digitales y hasta algunas de nuestras conversaciones más íntimas suceden mediante mensajes.

Por eso me parece demasiado fácil decir simplemente que “las pantallas son malas”.

No lo creo.

La tecnología me ha permitido aprender cosas que probablemente nunca habría conocido de otra manera. Me permite escribir estas palabras y compartirlas con personas que quizá están a cientos o miles de kilómetros. Nos permite mantener contacto con familiares, estudiar, trabajar, emprender, conocer perspectivas diferentes y encontrar comunidades cuando sentimos que en nuestro entorno inmediato nadie entiende exactamente lo que estamos viviendo.

El problema quizás no sea tener una pantalla frente a nosotros.

El problema comienza cuando ya no sabemos cuándo dejarla.

Una publicación de Portafolio sobre pantallas y salud mental plantea precisamente algo que me parece mucho más realista que declarar una guerra contra la tecnología: el reto no está necesariamente en desconectarnos por completo, sino en aprender a convivir de una manera más equilibrada con ella.

https://www.portafolio.co/contenido-patrocinado/pantallas-y-salud-mental-como-construir-una-relacion-mas-consciente-con-la-tecnologia-499122

Y esa idea me quedó dando vueltas porque, pensándolo bien, apagar todos nuestros dispositivos y desaparecer de internet tampoco parece una solución demasiado compatible con la vida que tenemos.

Yo no quiero vivir huyéndole a la tecnología.

Quiero aprender a usarla sin que ella termine usando cada minuto disponible de mi atención.

Ahí siento que está la verdadera conversación.

Porque hemos normalizado situaciones bastante extrañas.

Nos despertamos y muchas veces el celular es lo primero que vemos.

Todavía no hemos hablado con nadie en nuestra casa, no hemos abierto una ventana, no hemos tomado agua, no hemos pensado siquiera cómo nos sentimos, pero ya sabemos qué publicó alguien anoche, qué ocurrió mientras dormíamos y cuántos mensajes tenemos pendientes.

Antes de preguntarnos “¿cómo amanecí?”, muchas veces nuestra mente ya está respondiendo a “¿qué me perdí?”.

Y no sé si somos suficientemente conscientes de lo que eso significa.

Nuestra atención comienza el día ocupada por el mundo antes de que tengamos unos minutos para encontrarnos con nosotros mismos.

Después seguimos.

Desayunamos viendo videos.

Caminamos mirando mensajes.

Esperamos un ascensor y sacamos el teléfono.

Nos sentamos cinco minutos y buscamos algo que mirar.

Aparece un instante de aburrimiento y lo eliminamos inmediatamente.

Incluso ir al baño se convirtió para muchos en otro momento para consumir contenido.

Lo digo sin juzgar porque también lo hago.

Tal vez por eso este tema me toca.

Hay momentos en los que uno descubre que no controla tanto el hábito como pensaba. Basta intentar dejar el celular en otra habitación mientras estudia, come o conversa para sentir esa pequeña inquietud de querer revisar si llegó algo.

Y casi nunca llegó nada urgente.

Pero queremos comprobarlo.

Creo que una de las cosas más difíciles de nuestra generación es que llevamos el mundo entero dentro del bolsillo.

Y el mundo nunca se calla.

Siempre hay alguien publicando.

Siempre ocurre una noticia.

Siempre aparece un mensaje.

Siempre existe otro video.

Siempre hay una discusión.

Siempre encontramos una opinión nueva.

Siempre podemos desplazarnos un poco más.

No existe un verdadero final.

Un libro termina.

Una película termina.

Una conversación termina.

Pero podemos deslizar una pantalla durante horas y el contenido continúa apareciendo.

Eso cambia nuestra relación con la atención.

También cambia nuestra relación con nosotros mismos.

Porque las pantallas no solamente entretienen. También nos muestran constantemente la vida de otras personas.

Un amigo consiguió trabajo.

Alguien viajó.

Otro compró carro.

Una pareja se comprometió.

Una persona que tiene nuestra edad lanzó una empresa.

Otro está mostrando su transformación física.

Alguien publica fotografías desde Europa.

Otro habla de inversiones.

Otro asegura levantarse a las cuatro de la mañana, entrenar, meditar, estudiar tres idiomas, dirigir una empresa y todavía tener tiempo para preparar un desayuno perfecto.

Y uno está en la cama pensando:

“Yo hoy apenas pude organizar mi cuarto”.

Sabemos que las redes muestran fragmentos.

Lo sabemos intelectualmente.

Pero emocionalmente no siempre somos capaces de recordar que estamos comparando nuestra vida completa, con todas sus dudas y dificultades, contra los segundos que otra persona decidió enseñarnos.

Nunca vemos todo.

No vemos las discusiones antes de la fotografía.

No vemos las inseguridades detrás de algunos logros.

No vemos las deudas.

No vemos las noches difíciles.

No vemos las veces que alguien también sintió miedo.

Vemos resultados.

Y nuestra mente llena los espacios restantes imaginando vidas perfectas que probablemente no existen.

Eso pesa.

Hace unos días escribía precisamente sobre otra sensación muy ligada a esta época: sentirnos cansados incluso cuando aparentemente no hemos hecho demasiado físicamente. La hiperconectividad, la multitarea y esa necesidad de estar permanentemente pendientes de algo pueden hacer que nuestra mente nunca sienta que verdaderamente terminó el día.

https://juanmamoreno03.blogspot.com/2026/08/estamos-cansados-o-estamos-viviendo-de.html

Me parece que ambas conversaciones están profundamente conectadas.

Porque descansar no siempre significa acostarse con el celular durante tres horas.

Eso puede entretenernos.

Puede distraernos.

Puede incluso ayudarnos a desconectarnos momentáneamente de algunos problemas.

Pero no necesariamente significa que nuestra mente esté descansando.

A veces llegamos cansados de mirar una pantalla durante todo el día y nuestra forma de “descansar” consiste en mirar una pantalla diferente.

Cerramos el computador del trabajo y abrimos TikTok.

Terminamos una clase virtual y encendemos Netflix.

Guardamos el computador y tomamos el celular.

Pasamos de una pantalla a otra esperando que el cambio de contenido sea suficiente para sentir descanso.

Y algunas noches llegamos a la cama físicamente agotados, pero con la cabeza todavía acelerada.

Entonces aparece otra contradicción.

Queremos dormir, pero seguimos deslizando.

Decimos “cinco minutos más”.

Después otros cinco.

Después otro video.

Hasta que miramos la hora y pensamos en todo lo que vamos a sufrir cuando suene la alarma.

Al día siguiente nos despertamos cansados.

Y repetimos.

No creo que la respuesta sea convertir esto en otra fuente de culpa.

Ya tenemos suficientes motivos para sentir que estamos haciendo las cosas mal.

No necesitamos añadir: “también utilizo demasiado el celular, entonces soy un desastre”.

La culpa rara vez construye una relación saludable.

La conciencia sí puede hacerlo.

Para mí, comenzar a relacionarnos mejor con la tecnología implica primero observar nuestros hábitos sin inventarnos excusas.

Preguntarnos cosas incómodas.

¿Estoy entrando a esta aplicación porque quiero hacerlo o porque mi mano ya aprendió el movimiento?

¿Estoy viendo este contenido porque me aporta algo o porque necesito evitar cinco minutos de silencio?

¿Estoy respondiendo este mensaje porque es urgente o porque siento que debo estar disponible para todos permanentemente?

¿Realmente estoy descansando?

¿Esta cuenta que sigo me inspira o cada vez que la veo termino sintiéndome insuficiente?

¿El teléfono me está acercando a las personas que quiero o está interrumpiendo el tiempo que tengo con ellas?

No siempre me gustan las respuestas.

Pero quizá ese sea precisamente el punto.

Tenemos herramientas que permiten saber cuánto tiempo utilizamos determinadas aplicaciones. A veces mirar esos números sorprende.

Una hora diaria parece poco.

Pero una hora diaria son siete horas por semana.

Son más de treinta horas aproximadamente en un mes.

Y ahí cambia la perspectiva.

No se trata de convertir cada minuto liberado en productividad. Esa obsesión también nos está agotando.

No quiero dejar Instagram durante cuarenta minutos para inmediatamente preguntarme cómo puedo utilizar esos cuarenta minutos para producir más dinero, aprender otra habilidad o adelantar trabajo.

Tal vez durante esos cuarenta minutos simplemente puedo vivir.

Hablar con mi mamá.

Escuchar a mi papá.

Sentarme con mis abuelos si tengo la fortuna de tenerlos cerca.

Salir a caminar.

Mirar el cielo.

Escuchar una canción completa sin hacer simultáneamente otras cuatro cosas.

Orar.

Pensar.

Cocinar.

Aburrirme.

Sí, aburrirme.

Porque quizá hemos subestimado demasiado el aburrimiento.

Cuando era niño podía existir un rato sin tener algo estimulándome constantemente. Uno inventaba juegos, hablaba, pensaba tonterías, observaba cosas.

Ahora pareciera que cada segundo vacío necesita llenarse.

Esperamos tres minutos y abrimos una aplicación.

Hay una fila y sacamos el teléfono.

Estamos solos y buscamos ruido.

Quizá nos estamos volviendo expertos en evitar el silencio.

Y ahí entra una dimensión que para mí también es espiritual.

No importa exactamente cómo nombre cada persona a ese ser superior en quien cree y confía. Hay preguntas internas que necesitan silencio para aparecer.

Cuando todo el tiempo estamos recibiendo información, opiniones, tendencias y recomendaciones, puede volverse muy difícil escuchar nuestra propia voz.

¿Qué quiero realmente?

¿Qué me preocupa?

¿Qué estoy evitando?

¿Qué agradezco?

¿A quién necesito perdonar?

¿Qué conversación llevo meses aplazando?

¿Estoy viviendo como quiero o simplemente reaccionando a lo que aparece?

Esas respuestas difícilmente llegan entre una notificación y otra.

No creo que necesitemos desaparecer de internet para encontrarlas.

Necesitamos espacios.

Pequeñas fronteras.

Quizá comer algunas veces sin teléfono.

No llevarlo siempre hasta la cama.

Desactivar notificaciones que no necesitamos.

Dejar de seguir cuentas que constantemente nos hacen daño.

Evitar revisar mensajes apenas abrimos los ojos.

Caminar algún día sin audífonos.

Tener conversaciones en las que el celular permanezca boca abajo.

No porque exista una fórmula perfecta, sino porque necesitamos recuperar algo que las plataformas compiten permanentemente por obtener: nuestra atención.

Y nuestra atención es vida.

Eso me parece importante.

Donde ponemos nuestra atención estamos poniendo pedazos de nuestra existencia.

Si pasamos dos horas mirando la vida de desconocidos, esas dos horas fueron parte de nuestra vida.

No regresan.

Eso tampoco significa que debamos vivir midiendo obsesivamente cada segundo.

Yo puedo pasar una hora viendo videos y reírme muchísimo.

Puedo jugar.

Puedo ver una película.

Puedo conversar con amigos durante horas por internet.

También eso es vida.

La diferencia está, creo, en elegirlo conscientemente.

Hay una enorme diferencia entre decir “voy a ver esta serie porque quiero descansar” y despertarnos mentalmente una hora después preguntándonos por qué seguimos mirando contenido que ni siquiera disfrutamos.

Una cosa es usar.

Otra es funcionar en automático.

Quizás la relación saludable con la tecnología no se construye contando obsesivamente horas de pantalla, sino recuperando nuestra capacidad de decidir.

Decidir cuándo entrar.

Decidir cuándo salir.

Decidir qué merece nuestra atención.

Decidir qué conversaciones pueden esperar.

Decidir que no necesitamos conocer cada noticia inmediatamente.

Decidir que podemos estar fuera de línea sin desaparecer del mundo.

Y también comprender que las redes sociales y la tecnología tienen aspectos profundamente positivos.

He conocido ideas maravillosas por internet.

He aprendido.

He encontrado historias que me hicieron pensar.

He podido comunicarme con personas que jamás habría conocido geográficamente.

He visto movimientos de solidaridad organizarse mediante redes.

Familias separadas por países pueden verse mediante videollamadas.

Personas que se sentían solas encuentran comunidades.

Alguien que no puede desplazarse puede estudiar.

Un pequeño emprendedor puede mostrar su trabajo sin tener los recursos de una gran empresa.

Sería absurdo ignorar todo eso.

Por eso me gusta más hablar de conciencia que de prohibición.

La tecnología es una herramienta increíble.

Pero incluso las herramientas más útiles necesitan límites.

Un martillo sirve para construir una casa, pero nadie camina todo el día con un martillo en la mano por si acaso aparece un clavo.

Nosotros sí caminamos prácticamente todo el día sosteniendo una puerta abierta hacia millones de estímulos.

Quizá llegó el momento de aprender que también podemos cerrarla de vez en cuando.

Y hay algo todavía más importante.

Cuando sintamos que nuestra relación con la tecnología está afectando seriamente nuestro sueño, nuestras relaciones, nuestro estudio, nuestro trabajo, nuestro estado emocional o nuestra capacidad para desarrollar la vida cotidiana, pedir ayuda profesional no debería producir vergüenza.

No todo se arregla instalando una aplicación que limite otras aplicaciones.

A veces detrás de una pantalla también estamos buscando escapar de ansiedad, soledad, tristeza, inseguridad o problemas que necesitan algo más profundo que fuerza de voluntad.

Cada persona tiene una historia diferente.

Por eso tampoco funcionan las mismas reglas para todos.

Puede que alguien necesite reducir redes sociales.

Otro necesita dejar el celular fuera de la habitación durante la noche.

Otro simplemente debe recuperar algunas comidas en familia.

Otro necesita hablar con alguien.

Otro necesita dejar de compararse.

Y otro quizá tiene que reconocer que se siente solo y que utiliza internet para evitar enfrentarse a esa soledad.

Construir una relación consciente con la tecnología no significa conseguir una vida perfectamente equilibrada.

Eso tampoco existe.

Habrá días en los que pasaré demasiado tiempo mirando el celular.

Habrá otros en los que lo necesitaré durante horas para trabajar.

Habrá momentos en los que una serie me acompañará cuando no tenga ganas de pensar demasiado.

Habrá noches en las que volveré a decir “un video más” aunque sepa que debería dormir.

Somos humanos.

La meta no tiene que ser convertirnos en monjes digitales.

Tal vez basta con dejar de vivir completamente en automático.

Mirar nuestras manos alguna vez cuando abren una aplicación y preguntarnos:

“¿Qué estoy buscando aquí?”

A veces será entretenimiento.

Perfecto.

A veces será información.

Perfecto.

A veces será conversación.

Perfecto.

Pero otras veces descubriremos que no buscamos absolutamente nada.

Solo estamos huyendo del vacío de unos segundos.

Y quizás podamos quedarnos ahí.

Sin deslizar.

Sin reaccionar.

Sin responder inmediatamente.

Respirar.

Mirar alrededor.

Recordar que existe una vida fuera del rectángulo luminoso que sostenemos entre las manos.

Una vida imperfecta, lenta, desordenada y muchas veces aburrida.

Pero nuestra.

Tal vez no necesitamos menos tecnología.

Tal vez necesitamos más presencia.

Más conversaciones en las que realmente escuchemos.

Más noches en las que el último rostro que veamos sea el de alguien que queremos y no el de un desconocido en un video.

Más mañanas en las que podamos preguntarnos cómo estamos antes de preguntarnos qué ocurrió mientras dormíamos.

Más momentos que no necesitemos fotografiar para demostrar que sucedieron.

Más silencios.

Más familia.

Más oración, para quienes encuentran allí refugio.

Más conciencia.

Y también más libertad para reconocer que podemos dejar un mensaje sin responder durante algunos minutos y el mundo probablemente seguirá funcionando.

Yo quiero seguir utilizando la tecnología.

Quiero seguir escribiendo en internet.

Quiero seguir aprendiendo con ella.

Quiero seguir viendo videos, escuchando música, hablando con personas y descubriendo cosas nuevas.

Pero también quiero poder dejar el teléfono sobre una mesa y no sentir que estoy abandonando una parte de mí.

Quiero que la tecnología siga siendo una herramienta dentro de mi vida.

No quiero que mi vida termine convertida en un intervalo entre notificaciones.

Quizá esa sea una de las tareas silenciosas de nuestra generación: aprender a vivir conectados sin desconectarnos de nosotros mismos.

No será perfecto.

Habrá recaídas en el scroll infinito.

Habrá domingos perdidos entre videos.

Habrá noches en las que otra vez nos acostaremos más tarde de lo planeado.

Pero cada vez que recuperamos conscientemente unos minutos de atención también recuperamos un pequeño pedazo de nuestra vida.

Y eso ya vale la pena.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Quizás la verdadera desconexión no sea apagar el celular, sino olvidar por un momento que existe mientras volvemos a mirar la vida que tenemos enfrente.