domingo, 23 de agosto de 2026

¿Qué hacer si su perro no quiere salir a pasear? Causas y soluciones para recuperar la rutina



Hay silencios que dicen mucho, incluso cuando vienen de alguien que no puede hablarnos. Uno de esos silencios ocurre cuando tomamos la correa, pronunciamos ese esperado “¿vamos a salir?” y nuestro perro, en lugar de correr hacia la puerta moviendo la cola, se queda quieto, se esconde, retrocede o simplemente nos mira como diciendo: “hoy no quiero”.

Y ahí aparece una pregunta que parece sencilla, pero realmente no lo es: ¿por qué un perro que antes disfrutaba sus paseos de repente no quiere salir?

Nuestra primera reacción puede ser pensar que está perezoso, que se volvió caprichoso o incluso que está tratando de salirse con la suya. A veces hacemos lo mismo con las personas. Cuando alguien cambia su comportamiento, suponemos rápidamente que tiene mala actitud antes de preguntarnos qué estará sintiendo.

Tal vez los perros también nos están enseñando algo sobre eso.

El paseo es uno de los momentos más importantes de la rutina de muchos perros. No se trata solamente de salir para hacer sus necesidades. Afuera existen olores, sonidos, personas, otros animales, árboles, vehículos y cientos de estímulos que para nosotros pueden pasar desapercibidos, pero que para ellos representan prácticamente un universo entero.

Por eso, cuando un perro deja de querer salir, creo que vale la pena hacer algo que a veces nos cuesta muchísimo: observar antes de obligar.

Porque quedarse quieto frente a la puerta puede ser una forma de comunicación.

Uno de los motivos puede ser el miedo.

Una motocicleta que pasó demasiado cerca, un perro que lo atacó o intimidó, unos fuegos artificiales inesperados, una tormenta, una obra en la calle, un vehículo ruidoso o incluso una persona que tuvo una interacción negativa con él pueden transformar un lugar anteriormente tranquilo en un espacio que el animal empieza a asociar con peligro.

Los perros pueden manifestar miedo quedándose inmóviles, intentando retroceder, temblando o directamente negándose a avanzar. Los especialistas en comportamiento veterinario advierten precisamente que un perro que se paraliza por temor no necesariamente está siendo “terco” y que forzarlo a continuar puede aumentar su miedo.

Esto me hace pensar en algo bastante humano.

Nosotros también tenemos lugares a los que alguna vez nos costó regresar.

Un hospital después de una mala noticia. Una calle donde ocurrió algo doloroso. Una casa llena de recuerdos. Incluso una canción puede devolvernos inmediatamente a un momento que creíamos superado.

Sabemos racionalmente que estamos en el presente, pero nuestro cuerpo recuerda.

Quizá no sea tan diferente para un perro.

La diferencia es que nosotros podemos decir: “ese lugar me genera ansiedad”. Ellos tienen que expresarlo con su comportamiento.

Pero el miedo no es la única explicación.

Cuando el cambio aparece de forma repentina también tenemos que considerar algo mucho más físico: el dolor.

Una molestia en una pata, problemas articulares, una lesión, dolor en la espalda, incomodidad causada por el arnés o alguna condición relacionada con la edad pueden hacer que caminar deje de ser agradable.

Y aquí está una de las partes más difíciles del cuidado de los animales: ellos no pueden señalarnos exactamente dónde les duele.

No pueden decir “me duele la rodilla desde ayer”.

Simplemente caminan menos.

Se levantan más despacio.

Evitan las escaleras.

Dejan de jugar como antes.

O ya no quieren salir.

Los cambios de comportamiento pueden ser una señal importante de dolor, especialmente cuando un perro que antes disfrutaba determinadas actividades empieza a evitarlas.

Por eso, si la negativa a caminar apareció repentinamente, se mantiene durante varios días o viene acompañada de cojera, dificultad para levantarse, pérdida de apetito, quejidos, cansancio inusual o cambios fuertes de comportamiento, lo responsable es consultar al veterinario.

No todo se soluciona con entrenamiento.

Y creo que reconocer eso también es una forma de querer bien.

A veces amar significa entender que nosotros no tenemos todas las respuestas.

También existen perros que simplemente están atravesando una etapa diferente de su vida.

Un cachorro puede sentirse abrumado por el mundo exterior porque prácticamente todo es nuevo. Una alcantarilla, un bus frenando, una bicicleta o cinco personas caminando juntas pueden representar una cantidad enorme de información que todavía no sabe procesar.

Por otro lado, un perro mayor quizás ya no tenga la energía de caminar durante cuarenta minutos como antes.

Nosotros solemos aferrarnos bastante a las rutinas.

“Siempre hemos hecho este recorrido”.

“Siempre caminamos a esta hora”.

“Siempre llegamos hasta el parque”.

Pero la vida cambia.

Y nuestros animales también.

Hace algún tiempo escribía en mi propio blog sobre algo parecido al hablar de mascotas que empiezan a envejecer: llega un momento en el que cuidarlas también significa aprender a respetar un ritmo diferente. Ese tipo de reflexiones sobre nuestra relación con los animales puede encontrarse en https://juanmamoreno03.blogspot.com/.

Quizá un paseo exitoso no tenga que medirse siempre en kilómetros.

Tal vez algunos días diez minutos tranquilos, permitiéndole oler un árbol durante un buen rato, valgan más que recorrer varias cuadras tirando permanentemente de la correa.

Eso también cambia la manera como entendemos el paseo.

Nosotros solemos verlo como una ruta.

Salir del punto A, caminar hasta el punto B y regresar.

Para el perro, en cambio, detenerse a oler puede formar parte fundamental de la experiencia. Cada esquina contiene información. Ahí estuvieron otros perros. Pasó alguien. Hay un olor nuevo. Algo cambió desde ayer.

Nosotros miramos el teléfono.

Ellos leen el barrio con la nariz.

Y quizá por eso recuperar las ganas de salir también puede comenzar haciendo que el paseo vuelva a sentirse interesante y seguro.

Si el perro se resiste desde la puerta, una alternativa es empezar con objetivos muy pequeños.

Primero acercarse a la puerta.

Después salir unos segundos.

Más adelante caminar unos metros.

Premiar la tranquilidad.

Regresar antes de que aparezca demasiado estrés.

Otro día avanzar un poco más.

No convertir cada salida en una batalla.

Las estrategias de desensibilización trabajan precisamente con exposiciones graduales al estímulo que genera ansiedad, combinándolas con experiencias positivas y respetando la capacidad del animal para tolerar la situación.

Me gusta esa idea porque, curiosamente, también funciona en muchas cosas de nuestra propia vida.

Queremos solucionar todo inmediatamente.

Si estamos pasando por una mala época queremos despertar bien mañana.

Si tenemos miedo queremos eliminarlo.

Si algo no funciona queremos arreglarlo en un solo intento.

Pero muchos procesos no suceden así.

A veces avanzar significa únicamente acercarse un poco más a la puerta.

Y eso sigue siendo avanzar.

También podemos experimentar cambiando algunos elementos de la rutina.

Salir a una hora más tranquila si el problema son los vehículos o la cantidad de personas. Elegir otra ruta si hubo una experiencia negativa en determinado lugar. Llevar premios que realmente le gusten. Permitir más momentos para olfatear. Hacer paseos más cortos durante unos días. Buscar espacios donde exista menos ruido.

Si determinados perros o personas son desencadenantes de miedo, incluso puede ser conveniente elegir horarios con menor tránsito mientras se trabaja progresivamente el problema.

Hay algo muy importante que también tendríamos que revisar: nosotros mismos.

Sé que puede sonar extraño.

El perro es el que no quiere caminar, ¿qué tenemos que ver nosotros?

Muchísimo.

Imaginemos que cada salida se convirtió en una escena repetitiva.

Nos desesperamos porque no avanza.

Tiramos de la correa.

Él se detiene.

Nos frustramos.

Volvemos a tirar.

Le hablamos con tono molesto.

El perro se pone todavía más nervioso.

Después de varios días así, la correa deja de anunciar una aventura.

Empieza a anunciar tensión.

Sin querer, podemos terminar reforzando exactamente la sensación que queremos eliminar.

Esto no significa culparnos. Significa observar la relación completa.

Una mascota no vive aislada de nosotros. Comparte nuestras rutinas, nuestros espacios, nuestros momentos buenos y también aquellos días en los que llegamos agotados y sin mucha paciencia.

Por eso recuperar el paseo puede requerir recuperar primero la confianza alrededor del paseo.

Volver a celebrar pequeñas cosas.

Ponerse el arnés sin conflicto.

Llegar a la puerta.

Salir tranquilamente.

Oler.

Caminar.

Regresar.

Sin convertir cada metro recorrido en una prueba que el perro tiene que aprobar.

Y tampoco debemos olvidar algo bastante sencillo: revisar el equipo que estamos utilizando.

Un arnés demasiado apretado, una correa incómoda o algún elemento que roce la piel puede convertir una actividad aparentemente normal en algo desagradable. A veces buscamos explicaciones enormes cuando el problema puede estar literalmente puesto sobre el cuerpo del animal.

También puede ocurrir que nuestro perro tenga energía, pero no disfrute siempre del mismo tipo de paseo.

Ahí entra otra palabra que me parece importante: curiosidad.

Cambiar de camino de vez en cuando.

Dejarlo explorar.

Incorporar pequeños juegos.

Buscar objetos.

Permitirle seguir algunos olores de forma segura.

Hacer que nosotros también estemos presentes.

Porque reconozcámoslo: existen paseos en los que físicamente estamos con nuestro perro, pero mentalmente estamos respondiendo mensajes, mirando redes sociales o pensando en veinte problemas diferentes.

Ellos van a nuestro lado.

Nosotros estamos en otro lugar.

Y esto va mucho más allá de los perros.

Creo que estamos viviendo una época extraña en ese sentido.

Nunca habíamos estado tan conectados tecnológicamente y, al mismo tiempo, tenemos que esforzarnos muchísimo para estar realmente presentes.

Un perro puede recordarnos eso durante una caminata.

No necesita saber cuántos correos tenemos pendientes.

No sabe qué publicación se volvió viral.

No entiende qué reunión tenemos mañana.

Solo sabe que en ese instante estamos caminando juntos.

Tal vez por eso las mascotas terminan teniendo un impacto tan profundo en muchas familias. Nos obligan, de alguna manera, a regresar al presente.

A levantarnos.

A abrir la puerta.

A mirar el cielo.

A caminar unas cuadras.

A respirar.

A acompañar.

Hay una reflexión que aparece también en otros textos que he escrito sobre animales: aprender a comprenderlos desarrolla paciencia y empatía. Cuando prestamos atención a los cambios pequeños en su comportamiento, dejamos de relacionarnos con ellos únicamente desde lo que queremos que hagan y empezamos a preguntarnos qué pueden estar necesitando.

Quizá ahí está la diferencia entre tener una mascota y realmente convivir con ella.

Convivir implica conocer.

Saber qué la emociona.

Qué la asusta.

Cuándo algo no está bien.

Qué significa esa mirada.

Por qué hoy camina diferente.

Cuándo necesita juego y cuándo necesita descanso.

Y sí, habrá días en los que nuestro perro simplemente parezca tener menos ganas.

No todo comportamiento diferente significa inmediatamente que exista un gran problema.

Pero conocemos a nuestros animales.

Cuando algo cambia de verdad, normalmente lo sentimos.

La clave está en no ignorarlo ni dramatizarlo automáticamente.

Observar.

Descartar dolor.

Identificar posibles miedos.

Adaptar la rutina.

Avanzar progresivamente.

Buscar ayuda profesional cuando sea necesario.

Y tener paciencia.

Sobre todo paciencia.

Porque posiblemente nuestro perro estuvo muchas veces a nuestro lado sin entender qué nos pasaba.

En días buenos.

En días malos.

Cuando llegamos felices.

Cuando regresamos derrotados.

Cuando no queríamos hablar con nadie.

Él probablemente tampoco comprendía la razón.

Pero se quedó cerca.

Quizás ahora nos corresponda hacer exactamente lo mismo.

Si un día no quiere cruzar la puerta, en vez de pensar inmediatamente “¿qué le pasa a este perro?”, podemos cambiar la pregunta:

“¿Qué estará intentando decirme?”

Puede parecer una diferencia pequeña.

Pero creo que ahí empieza una forma distinta de cuidar.

Porque recuperar la rutina no significa arrastrarlo hasta que vuelva a caminar como antes.

Significa construir nuevamente la seguridad necesaria para que quiera hacerlo.

Y cuando finalmente vuelva a salir tranquilo, quizá nosotros también habremos aprendido algo durante el proceso.

Que no todos avanzamos al mismo ritmo.

Que el miedo necesita paciencia.

Que los cambios de comportamiento merecen atención.

Que pedir ayuda profesional cuando algo no está bien también es una forma de responsabilidad.

Y que algunas veces amar no consiste en llevar a alguien hacia donde queremos que vaya.

Consiste en acompañarlo hasta que vuelva a sentirse seguro para dar el siguiente paso.

Al final, quizá ese paseo que parecía un problema termine convirtiéndose en una pequeña lección sobre confianza, paciencia y compañía. Porque nuestros perros no solamente necesitan que les enseñemos a caminar a nuestro lado; algunas veces somos nosotros quienes tenemos que aprender a caminar al ritmo de ellos.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces el amor no se demuestra haciendo que alguien avance, sino quedándonos a su lado hasta que vuelva a tener confianza para hacerlo.

sábado, 22 de agosto de 2026

Hay caminos que solo se pueden subir haciendo zigzag



¿Y si el problema no es que estés avanzando lento, sino que estás intentando subir una montaña que simplemente no permite ir en línea recta?

Leí sobre un tren que atraviesa los Andes peruanos, cruza decenas de túneles y puentes, y sube hasta una altura donde el aire empieza a escasear. El Ferrocarril Central del Perú, según la información difundida sobre esta ruta, atraviesa 69 túneles y 58 puentes, y llega hasta la estación Galera, ubicada alrededor de los 4.781 metros sobre el nivel del mar. Es una de esas obras que uno mira y piensa: ¿cómo se les ocurrió construir una vía por ahí? ¿Cómo alguien vio montaña, abismo, roca, frío, altura, dificultad, y aun así pensó: por aquí va a pasar un tren?

Pero mientras más lo pensaba, más dejaba de ver solamente un tren. Empecé a ver una imagen de la vida.

Porque a veces uno también siente que le tocó avanzar por una geografía imposible. No hablo solo de problemas gigantes o tragedias profundas. Hablo de esas pendientes pequeñas que se acumulan y cansan. De intentar estudiar mientras se trabaja. De querer ayudar en la casa y al mismo tiempo construir un futuro propio. De compararse con gente de la misma edad que parece tener la vida más clara. De sentir que uno debería estar más adelante, más seguro, más estable, más “resuelto”.

Nos vendieron la idea de que crecer era como tomar una avenida recta: sales de un punto, aceleras, pasas ciertas estaciones y llegas. Colegio, universidad, trabajo, independencia, éxito, amor, casa, familia, tranquilidad. Todo ordenado, todo lógico, todo limpio.

Pero la vida real casi nunca parece una avenida.

A veces parece una cordillera.

Y en la cordillera no se avanza como uno quiere, sino como el terreno lo permite.

Eso me impactó del tren: para ganar altura, no siempre puede ir de frente. En algunos tramos necesita hacer zigzags, avanzar hacia un lado, cambiar de dirección y seguir subiendo poco a poco. Visto desde lejos, alguien podría pensar que está retrocediendo. Pero no. Está encontrando la única manera posible de subir.

Qué duro es entender eso cuando se trata de uno mismo.

Porque cuando cambiamos de dirección, muchas veces nos sentimos fracasados. Si dejamos una carrera, pensamos que perdimos tiempo. Si salimos de una relación, sentimos que todo lo vivido se desperdició. Si renunciamos a un trabajo que nos estaba apagando, nos preguntamos si fuimos débiles. Si volvemos a empezar, creemos que estamos atrás de los demás.

Pero tal vez no siempre estamos retrocediendo.

Tal vez estamos haciendo un zigzag necesario.

A mí me cuesta aceptar eso. Soy joven, y aunque uno quiera mostrarse tranquilo, por dentro muchas veces hay ansiedad. Uno quiere que las cosas pasen ya. Quiere saber si va por buen camino. Quiere recibir una señal clara, una respuesta, una confirmación de que no está perdiendo la vida. Y cuando las cosas no salen como uno imaginaba, aparece esa voz fastidiosa que pregunta: “¿Será que me equivoqué?”.

Pero la vida no siempre responde de inmediato.

A veces responde con curvas.

A veces responde con túneles.

A veces responde con silencios.

Un túnel, por ejemplo, me parece una metáfora muy fuerte. Entrar a un túnel es seguir avanzando sin ver demasiado. Tú sabes que hay una salida porque alguien construyó ese paso antes, pero mientras estás adentro, lo único que ves es oscuridad, paredes, ruido y un camino estrecho. Hay etapas así. Momentos en los que uno hace lo correcto, pero no ve resultados. Ora, trabaja, estudia, intenta mejorar, pide perdón, se levanta temprano, vuelve a intentar… y aun así siente que todo sigue oscuro.

Y uno se desespera.

Porque queremos luz permanente.

Pero hay tramos de la vida que se atraviesan sin paisaje.

No porque no haya destino, sino porque todavía estamos dentro del túnel.

También están los puentes. Un puente existe porque hay un vacío que no se puede ignorar. Une dos puntos separados por algo profundo. Y creo que todos, de alguna forma, vamos construyendo puentes: con la familia, con los amigos, con nosotros mismos, con Dios, con los sueños que alguna vez abandonamos por miedo.

Hay puentes que se construyen con conversaciones difíciles. Otros con perdón. Otros con disciplina. Otros con lágrimas que nadie vio. Otros con decisiones que al principio duelen, pero después salvan.

La gente suele ver solamente cuando llegamos al otro lado.

No ve el vértigo de cruzar.

Por eso me parece tan injusta esa costumbre de comparar vidas como si todos estuviéramos viajando por la misma ruta. Uno ve en redes sociales a alguien celebrando un logro y automáticamente siente que va tarde. Otro consiguió trabajo. Otro viajó. Otro compró algo. Otro se casó. Otro parece feliz. Y uno, desde su propio túnel, mira esa foto iluminada y se pregunta por qué su camino no se ve así.

Pero nadie sube la misma montaña.

Nadie carga exactamente el mismo peso.

Nadie tiene los mismos miedos, las mismas heridas, las mismas responsabilidades ni las mismas oportunidades.

A veces estamos comparando nuestra subida más empinada con el puente más bonito de otra persona.

Y eso no es justo para el alma.

El Ferrocarril Central del Perú no se volvió impresionante porque el camino fuera fácil. Se volvió impresionante porque el camino parecía imposible. Esa es la parte que a veces olvidamos: hay historias que valen precisamente por la dificultad del terreno que atravesaron.

Lo mismo pasa con las personas.

Hay gente que sonríe bonito, pero nadie sabe cuántos túneles ha cruzado. Hay jóvenes que parecen relajados, pero por dentro están luchando contra una ansiedad que no saben explicar. Hay padres que parecen fuertes, pero cargan cansancios antiguos. Hay familias que se ven normales, pero han tenido que construir puentes sobre heridas profundas. Hay personas que hoy inspiran paz porque primero tuvieron que sobrevivir a muchas tormentas internas.

Y tal vez tú también eres una de esas personas.

Tal vez hoy no te estás dando suficiente crédito.

Tal vez estás viendo todo lo que falta, pero no todo lo que ya has resistido.

Eso me pasa. A veces soy más duro conmigo mismo de lo que sería con cualquier amigo. A un amigo le diría: “Tranquilo, vas bien, estás aprendiendo”. Pero conmigo soy más exigente. Me pregunto por qué no he logrado más, por qué todavía dudo, por qué todavía hay cosas que me pesan, por qué no tengo ciertas respuestas claras.

Y después pienso: parce, también estoy aprendiendo a vivir.

Nadie nos entregó un manual.

Nadie nos dijo exactamente cómo tomar decisiones sin miedo, cómo soltar sin culpa, cómo confiar cuando no se ve nada, cómo seguir cuando uno está cansado. Vamos aprendiendo en movimiento. Como ese tren que no espera a que la montaña se vuelva fácil para avanzar.

Avanza con la montaña ahí.

Eso también es fe.

No una fe perfecta, no una fe de frases bonitas todo el tiempo. Hablo de una fe más humana, más real. Esa que a veces duda, pero sigue. Esa que pregunta, pero no se rinde. Esa que no siempre entiende a Dios, pero todavía le habla. Esa que no niega la montaña, pero tampoco acepta que la montaña sea el final.

A veces uno quisiera que ese Ser Supremo en quien cree quitara todos los obstáculos. Que abriera el camino completo. Que mostrara el mapa desde el principio hasta el final. Que dijera: “vas bien, sigue por aquí, esto va a doler tres meses, después mejora, luego llega esto, después aquello”.

Pero la vida no funciona así.

Muchas veces solo tenemos luz para el tramo siguiente.

Y eso desespera, sí.

Pero también nos enseña humildad.

Nos recuerda que no controlamos todo. Que somos más frágiles de lo que aparentamos. Que necesitamos compañía. Que pedir ayuda no nos hace menos capaces. Que detenernos un momento no significa abandonar. Que cambiar la ruta no siempre es traicionar el sueño, sino protegerlo.

Hay algo muy bonito en pensar que un tren no necesita ser más grande que los Andes para atravesarlos. No necesita pelear con la montaña ni humillarla. Solo necesita una vía, paciencia, ingeniería, dirección y movimiento.

Quizás nosotros tampoco necesitamos sentirnos gigantes para enfrentar lo que vivimos.

Podemos avanzar pequeños.

Podemos avanzar con miedo.

Podemos avanzar llorando.

Podemos avanzar sin tener todas las respuestas.

Podemos avanzar un tramo a la vez.

Y si hoy la vida te está pidiendo hacer zigzag, no te castigues tan rápido. Tal vez ese cambio de dirección no es una derrota. Tal vez es la forma exacta en la que tu historia está ganando altura.

Porque hay caminos que no se pueden subir corriendo.

Hay procesos que no se pueden acelerar sin romper algo por dentro.

Hay cumbres que solo se alcanzan aprendiendo a respirar distinto.

Y hay momentos en los que la verdadera valentía no es ir rápido, sino no bajarse del tren cuando el paisaje se vuelve difícil.

Yo no sé en qué parte del recorrido estás tú. Quizás estás cruzando un puente y por fin sientes algo de esperanza. Quizás estás dentro de un túnel y todo se ve oscuro. Quizás estás en un zigzag y parece que la vida te hizo devolverte. O quizás estás frente a una montaña enorme, preguntándote si de verdad vas a poder.

Solo quiero decirte algo, de joven a joven, de persona a persona: no midas tu vida únicamente por la velocidad. Hay avances lentos que son sagrados. Hay pasos pequeños que sostienen destinos enormes. Hay rutas raras que también llevan a lugares hermosos.

La vida no siempre nos da una vía recta.

A veces nos entrega una montaña.

Y quizá crecer consiste en descubrir que incluso una montaña puede atravesarse, si aprendemos a avanzar con paciencia, con fe y con el corazón despierto.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

No todo camino torcido es pérdida; a veces es la forma más sabia que encuentra la vida para llevarnos más alto.

viernes, 21 de agosto de 2026

¿Qué tan lejos tiene que estar un problema para que dejemos de sentir que también es nuestro?

 


A veces miro una imagen del planeta tomada desde un satélite y me pasa algo curioso: la Tierra parece inmensa, pero al mismo tiempo se ve pequeña. Desde arriba no aparecen las fronteras que aprendimos a dibujar en los mapas del colegio. El océano no sabe dónde termina un país y comienza otro. El viento tampoco pide permiso para atravesar una frontera. Las corrientes marinas, mucho menos.

Quizás por eso me llamó tanto la atención conocer la nueva alerta alrededor del Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico. Al principio puede sonar como una de esas noticias ambientales que uno lee rápido, piensa “qué grave” durante unos segundos y después sigue deslizando la pantalla. Una masa gigantesca de algas flotando en el océano parece algo distante para quienes vivimos nuestras rutinas entre edificios, tráfico, celulares, trabajo, estudio y preocupaciones mucho más inmediatas.

Pero el problema deja de sentirse lejano cuando uno descubre que ese mismo océano termina tocando nuestras playas.

La NASA informó que en junio de 2026 la abundancia de sargazo en el Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico alcanzó el segundo nivel anual más alto registrado mediante observaciones satelitales, apenas por debajo del récord de 2025. En el Caribe, además, las cantidades llegaron a máximos regionales históricos.

Y cuando uno escucha palabras como “récord”, “millones de toneladas” o “cinturón oceánico”, es fácil imaginar una especie de monstruo verde o marrón avanzando hacia nosotros.

Pero el sargazo no es un monstruo.

Eso es importante decirlo.

El sargazo es un alga parda flotante que forma parte naturalmente de los ecosistemas marinos. En cantidades normales puede ser refugio, alimento y espacio de reproducción para diferentes especies. Tortugas, peces, aves e invertebrados encuentran vida alrededor de estas masas flotantes. El problema aparece cuando la cantidad se vuelve extraordinaria y grandes acumulaciones llegan a las costas. Allí pueden reducir el oxígeno en el agua, cubrir corales y pastos marinos, enredar fauna y comenzar a descomponerse sobre las playas. NASA explica que, cuando esto ocurre, el sargazo puede liberar sulfuro de hidrógeno, el gas responsable de ese olor característico parecido al huevo podrido.

Eso me hizo pensar en algo que también ocurre muchas veces en nuestra propia vida: no todo lo que existe es malo por naturaleza. A veces el problema aparece cuando se rompe el equilibrio.

El agua nos da vida, pero una inundación destruye.

El sol sostiene los ecosistemas, pero una exposición extrema puede dañarnos.

La tecnología nos conecta, pero también puede consumir nuestra atención.

La ambición puede impulsarnos a construir algo grande, pero si no sabemos cuándo detenernos puede terminar destruyendo aquello que queríamos alcanzar.

La naturaleza parece insistir en enseñarnos una palabra que a los seres humanos nos cuesta mucho practicar: equilibrio.

Desde aproximadamente 2011, los científicos comenzaron a observar una expansión importante del sargazo en el Atlántico tropical. Ese fenómeno terminó siendo conocido como el Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico, una enorme región donde las algas pueden distribuirse desde las costas de África occidental hasta el Caribe y el golfo de México. Las corrientes oceánicas y los vientos ayudan a determinar hacia dónde se desplazan esas masas.

Y aquí aparece una de las preguntas más incómodas: ¿por qué está ocurriendo?

Sería fácil señalar una única causa y sentir que ya entendimos todo.

Pero la ciencia rara vez funciona así.

Todavía se investigan los factores que explican completamente estas proliferaciones. Entre las hipótesis y elementos estudiados aparecen la disponibilidad de nutrientes, las temperaturas del océano, los patrones de viento, las corrientes y los aportes procedentes de tierra. Incluso las autoridades ambientales colombianas han advertido que existen evidencias que apuntan a una posible relación entre el exceso de nutrientes —como nitrógeno y fósforo provenientes de escorrentías agrícolas y aguas residuales— y el crecimiento de estas algas, aunque todavía se necesita más investigación para comprender el fenómeno en toda su complejidad.

Creo que reconocer que todavía no tenemos todas las respuestas también es una forma de madurez.

Vivimos en una época que nos acostumbró a respuestas instantáneas.

Preguntamos algo y un buscador responde.

Abrimos una aplicación y aparece una explicación.

Vemos un video de treinta segundos y sentimos que ya dominamos un tema.

Pero el océano no cabe en treinta segundos.

La naturaleza tiene procesos lentos, relaciones invisibles y consecuencias que pueden demorarse años en manifestarse. Muchas veces queremos encontrar un culpable rápidamente porque eso nos tranquiliza. Si encontramos a quién señalar, creemos que el problema está entendido.

Pero comprender de verdad exige algo más difícil: aceptar la complejidad.

¿Y Colombia dónde entra en todo esto?

Mucho más cerca de lo que podríamos pensar.

Nuestro país tiene costas sobre el mar Caribe y no está aislado de las dinámicas que ocurren en esa región. La llegada de sargazo depende de corrientes, vientos, localización y condiciones cambiantes, así que sería incorrecto afirmar que todo el sargazo observado en el Atlántico terminará llegando a Colombia. Sin embargo, tampoco podemos actuar como si fuera una posibilidad puramente teórica.

Colombia ya vivió una señal bastante seria.

El 5 de mayo de 2025, el Ministerio de Ambiente informó sobre una llegada masiva de aproximadamente 22.000 toneladas de sargazo al Caribe chocoano. Más de 12 kilómetros de playas resultaron cubiertos en sectores de Acandí, Unguía y el Santuario de Fauna Acandí, Playón y Playona. La alerta involucraba ecosistemas como playas, manglares, corales, pastos marinos y zonas fundamentales para la anidación de tortugas.

Veintidós mil toneladas.

Es una cifra tan grande que casi pierde significado.

Cuando los números crecen demasiado, nuestra mente deja de sentirlos.

Por eso prefiero imaginar lo que hay detrás.

Imagino a un pescador mirando el mar y preguntándose si podrá salir.

Imagino a una familia que vive del turismo viendo una playa cubierta por toneladas de algas.

Imagino a los trabajadores que deben retirar el material bajo el sol.

Imagino a una tortuga intentando llegar a un lugar donde durante miles de años su especie ha regresado para anidar.

Imagino a una comunidad que no provocó por sí sola el problema, pero tiene que enfrentarse directamente a sus consecuencias.

Ahí uno entiende que una crisis ambiental nunca es solamente ambiental.

También es económica.

También es social.

También es humana.

Cuando pensamos en el sargazo desde una ciudad, es fácil reducirlo a una preocupación turística: “qué feo se ve el mar”, “qué mal olor”, “se dañaron las vacaciones”.

Pero para quien vive en una zona costera, la historia puede ser completamente distinta.

Puede significar menos ingresos.

Menos pesca.

Más gastos de limpieza.

Problemas de salud.

Daño a ecosistemas que sostienen actividades económicas durante todo el año.

La NOAA reconoce precisamente que las acumulaciones masivas de sargazo pueden generar impactos ambientales, económicos y de salud pública, y actualmente mantiene herramientas que utilizan datos satelitales para estimar diariamente el riesgo de que estas masas alcancen diferentes zonas costeras del Caribe y del golfo.

Y aquí aparece algo que me parece impresionante.

Hoy tenemos satélites capaces de observar el océano desde el espacio.

Podemos detectar cambios de color.

Seguir enormes concentraciones de algas.

Estudiar corrientes.

Construir modelos.

Generar alertas.

Tenemos inteligencia artificial, sensores, imágenes satelitales y cantidades enormes de datos.

Nunca habíamos tenido tanta información.

Pero información no siempre significa preparación.

Esa contradicción me inquieta.

Podemos saber mucho y actuar poco.

Podemos compartir una noticia ambiental mientras dejamos una botella en la calle.

Podemos indignarnos por la contaminación del océano mientras consumimos sin preguntarnos a dónde terminan llegando nuestros residuos.

Podemos exigir soluciones a los gobiernos —y debemos hacerlo— mientras olvidamos que nuestra vida cotidiana también forma parte de un sistema mucho más grande.

No quiero caer en ese discurso simplista de decir que “todo depende de cada persona”, porque no es verdad.

Hay responsabilidades enormes de gobiernos, empresas, industrias, sistemas de saneamiento, sectores agrícolas y políticas públicas.

Los grandes problemas ambientales requieren decisiones colectivas y estructurales.

Pero tampoco quiero utilizar eso como una excusa para pensar que mis acciones no importan.

Creo que ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Necesitamos mejores políticas públicas y mejores hábitos personales.

Necesitamos inversión en ciencia y educación ambiental.

Necesitamos que las comunidades costeras sean escuchadas.

Necesitamos sistemas de monitoreo.

Necesitamos protocolos claros para recolectar el sargazo sin destruir todavía más las playas.

Necesitamos investigación para saber cuándo puede aprovecharse y cuándo debe manejarse como un material potencialmente riesgoso.

Y también necesitamos ciudadanos capaces de comprender que el mar no comienza en la playa.

El mar empieza mucho antes.

Empieza en el río.

En la alcantarilla.

En el plástico que dejamos tirado.

En los fertilizantes utilizados sin control.

En las aguas residuales que no tratamos correctamente.

En las decisiones económicas que parecen ocurrir lejos de la costa pero terminan viajando hasta ella.

Una de las cosas que más me ha enseñado mi familia es que cuidar algo significa asumir responsabilidad incluso cuando nadie está mirando.

Eso aplica para una casa.

Para una amistad.

Para una relación.

Para nuestro propio cuerpo.

Y creo que también aplica para el planeta.

Decimos que amamos Colombia.

Nos sentimos orgullosos cuando vemos una foto de San Andrés, del Tayrona, de Capurganá, de nuestras islas o del Caribe colombiano.

Compartimos esas imágenes porque nos recuerdan que vivimos en un país increíble.

Pero amar un lugar debería significar algo más que admirarlo.

También debería significar protegerlo.

A veces pienso en la espiritualidad desde ahí.

Para mí, creer en ese ser supremo en el cual cada persona deposita su confianza no debería limitarse a pedir que todo salga bien.

También debería hacernos preguntar qué estamos haciendo con aquello que recibimos.

Si consideramos la naturaleza un regalo, ¿cómo estamos tratando ese regalo?

Es fácil agradecer frente a un atardecer.

Es fácil sentir paz escuchando las olas.

Es fácil decir que el mar nos conecta con algo más grande.

Lo difícil es conservar esa misma conciencia cuando cuidar exige cambiar hábitos, renunciar a comodidades o asumir responsabilidades.

Quizás la fe también está en eso.

En entender que cuidar la creación no es solamente contemplarla.

Es participar.

Es respetar.

Es dejar algo digno para quienes vienen después.

También me parece importante evitar el otro extremo: el miedo.

Leer que existe un gigantesco cinturón de sargazo atravesando el Atlántico puede producir imágenes casi apocalípticas. Pero una alerta científica no significa que todo el sargazo vaya a llegar de golpe a Colombia ni que cada playa vaya a quedar cubierta.

Las masas son irregulares.

Se desplazan.

Cambian.

Las corrientes y los vientos determinan en gran medida su trayectoria. Incluso después del máximo registrado en junio de 2026, NASA señaló que durante julio se observó una disminución en la cantidad total.

Eso no significa ignorar el problema.

Significa entenderlo sin exagerarlo.

Y me parece que ahí está una de las grandes tareas de nuestra generación.

Aprender a vivir entre dos extremos.

Sin indiferencia, pero sin pánico.

Sin negar la ciencia, pero sin convertir cada titular en una sentencia del fin del mundo.

Sin pensar que la tecnología resolverá todo, pero tampoco rechazando las herramientas que pueden ayudarnos.

Sin culpar únicamente a los demás, pero sin cargar sobre una sola persona problemas que requieren soluciones colectivas.

Prepararnos.

Observar.

Escuchar.

Investigar.

Actuar.

Tal vez eso es realmente lo que debería provocar una alerta.

No miedo.

Conciencia.

Porque prevenir casi nunca genera tantos titulares como reaccionar después de una emergencia.

La prevención ocurre silenciosamente.

Está en un científico revisando datos.

En una comunidad aprendiendo cómo manejar el sargazo.

En una autoridad diseñando protocolos.

En una persona protegiendo un manglar.

En un pescador compartiendo lo que ha observado durante años.

En un estudiante que decide investigar.

En alguien que lee una noticia y, en lugar de olvidarla cinco minutos después, comienza a hacerse preguntas.

Quizás no podamos controlar el océano.

Tal vez nunca podamos determinar exactamente hacia dónde viajará cada masa de sargazo.

Pero sí podemos decidir cómo respondemos.

Podemos convertir estas señales en conocimiento.

Podemos prepararnos mejor.

Podemos exigir políticas responsables.

Podemos apoyar la ciencia.

Podemos escuchar a quienes viven frente al mar.

Y podemos recordar algo que muchas veces olvidamos mientras corremos detrás de nuestras preocupaciones diarias:

todo está conectado.

Lo que ocurre en medio del Atlántico puede terminar afectando una playa colombiana.

Lo que sucede en una playa puede afectar a una tortuga.

Lo que le ocurre a un ecosistema puede alterar el trabajo de una familia.

Y lo que parece ser solamente un problema ambiental termina convirtiéndose en una conversación sobre economía, salud, sociedad, tecnología, responsabilidad y futuro.

Quizás el sargazo sea una señal más de algo que la naturaleza lleva mucho tiempo intentando enseñarnos.

Las fronteras que nosotros dibujamos no existen para el océano.

Compartimos corrientes.

Compartimos aire.

Compartimos recursos.

Compartimos consecuencias.

Y, queramos reconocerlo o no, también compartimos la responsabilidad de cuidar esta casa.

Si algo me deja esta noticia no es la sensación de que debemos tenerle miedo al mar.

Todo lo contrario.

Me deja un respeto mucho más grande por él.

Y una pregunta que quisiera que no desapareciera cuando cerremos esta página:

¿vamos a esperar a que los problemas lleguen hasta nuestros pies para comenzar a sentir que también son nuestros?

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

El mar puede estar lejos de nuestra ventana, pero nunca está lejos de las consecuencias de nuestras decisiones.

jueves, 20 de agosto de 2026

La pregunta que un perro nunca podrá hacerse


¿Alguna vez has terminado un día completamente agotado y, aun así, has sentido que no sabes exactamente hacia dónde estás avanzando?

A mí me pasa.

Uno puede levantarse temprano, responder mensajes, estudiar, trabajar, resolver problemas, mirar correos, cumplir pendientes, hablar con personas, hacer llamadas, revisar redes sociales y llegar a la noche con la sensación de haber corrido una maratón. Pero si en ese momento alguien nos preguntara: “Bueno, ¿y hoy qué hiciste para acercarte a la vida que realmente quieres?”, probablemente la respuesta no sería tan inmediata.

Hace unos días me encontré con una reflexión de Fabián González H. que utilizaba una comparación sencilla: un perro vive reaccionando a lo que sucede en el momento, mientras nosotros, los seres humanos, tenemos la capacidad de imaginar un futuro que todavía no existe y comenzar a construirlo desde hoy. Su artículo llevaba un título que se me quedó dando vueltas en la cabeza: “La pregunta que un perro nunca podrá hacerse”.

Y aunque la reflexión original está enfocada principalmente en empresarios, planificación y dirección de negocios, sentí que la idea tenía muchísimo que decirnos sobre nuestra propia vida.

Porque un perro probablemente nunca podrá preguntarse:

“¿Hacia dónde estoy llevando mi vida?”

Y nosotros sí.

Ahí está el regalo.

Y también el problema.

Un perro no se levanta preocupado porque todavía no ha encontrado su propósito.

No mira a otro perro y piensa que a su edad ya debería tener casa propia.

No siente ansiedad porque el golden retriever de Instagram está viajando por Europa mientras él sigue jugando con la misma pelota de siempre.

No se pregunta si está desperdiciando su potencial.

No abre LinkedIn y descubre que otro perro de su camada ya fue ascendido tres veces.

Su mundo sucede frente a él.

Si alguien que quiere llega a casa, mueve la cola.

Si tiene sueño, duerme.

Si encuentra algo interesante, lo huele.

Si quiere cariño, se acerca.

Parece sencillo.

Nosotros tenemos la capacidad de hacer algo extraordinario: podemos vivir aquí mientras nuestra mente viaja diez años hacia adelante.

Podemos imaginar una profesión que todavía no tenemos.

Una familia que todavía no hemos construido.

Una casa que todavía no existe.

Un viaje que todavía no hemos hecho.

Una versión de nosotros mismos que todavía estamos intentando convertir en realidad.

Eso es poderosísimo.

Pero también significa que somos capaces de sufrir por cosas que nunca han sucedido.

Podemos fracasar cien veces dentro de nuestra cabeza antes de haberlo intentado una sola vez en la realidad.

Podemos imaginar conversaciones que jamás ocurrirán.

Podemos preocuparnos por problemas del próximo año mientras ignoramos la tarde que tenemos enfrente.

Podemos obsesionarnos con llegar a alguna parte y olvidar completamente cómo se siente estar aquí.

Y creo que nuestra generación tiene una dificultad adicional.

Vivimos rodeados de estímulos.

Todo quiere nuestra atención.

El celular vibra.

Miramos.

Llega un WhatsApp.

Respondemos.

Aparece un correo.

Lo abrimos.

Instagram nos muestra algo.

Entramos.

TikTok nos enseña otra cosa.

Seguimos deslizando.

Sale una noticia.

Comentamos.

Aparece una inteligencia artificial nueva.

La probamos.

Alguien publica que está triunfando.

Nos comparamos.

Surge un problema.

Lo atendemos.

Otro mensaje.

Otra llamada.

Otra notificación.

Otra cosa urgente.

Y así pasan las horas.

Muchas veces vivimos exactamente como ese perro de la comparación: reaccionando ante aquello que aparece frente a nosotros.

La diferencia es que nosotros sí tenemos la posibilidad de detenernos.

Pensar.

Elegir.

Fabián resume su reflexión original alrededor de tres acciones: pensar, planificar y ejecutar, en ese orden. Y plantea una pregunta que parece empresarial pero que, sinceramente, deberíamos llevar a nuestra vida personal: ¿sabemos dónde estamos y hacia dónde queremos ir?

Porque un mapa sirve de poco si no sabemos cuál es nuestro punto de partida.

Y ahí es donde la cosa se pone incómoda.

Preguntarse dónde estamos realmente requiere sinceridad.

No la versión que ponemos en redes.

No lo que respondemos cuando alguien pregunta “¿cómo vas?” y automáticamente decimos “bien”.

No la imagen que intentamos mantener para que los demás crean que tenemos todo bajo control.

¿Dónde estoy realmente?

¿Cómo está mi relación con mi familia?

¿Cómo estoy emocionalmente?

¿Cómo estoy utilizando mi tiempo?

¿Estoy cuidando mi cuerpo?

¿Estoy aprendiendo?

¿Estoy ahorrando?

¿Estoy viviendo de acuerdo con lo que digo que creo?

¿Estoy cerca de Dios solamente cuando necesito algo o realmente estoy construyendo una relación espiritual?

¿Estoy trabajando en algo que me importa?

¿Estoy tratando bien a las personas que quiero?

¿Estoy construyendo o simplemente sobreviviendo?

Son preguntas mucho más difíciles que revisar una lista de tareas.

A veces descubrimos que estamos llenos de actividades y vacíos de dirección.

Y creo que eso puede pasarle a cualquiera.

Nos han enseñado mucho sobre hacer.

Hacer más.

Estudiar más.

Trabajar más.

Producir más.

Conseguir más.

Publicar más.

Crecer más.

Ganar más.

Pero pocas veces alguien nos enseña a detenernos y preguntarnos si ese “más” todavía tiene sentido.

Hay personas que llevan años corriendo detrás de metas que alguna vez eligieron cuando eran completamente distintas.

Hay sueños que envejecen.

Hay objetivos que dejan de representarnos.

Hay caminos que funcionan para otros pero no necesariamente para nosotros.

Y reconocerlo no significa que hayamos fracasado.

Quizá significa que hemos cambiado.

Eso también es crecer.

Recuerdo que cuando uno es pequeño siempre aparece la clásica pregunta:

“¿Qué quieres ser cuando seas grande?”

Y solemos responder con una profesión.

Médico.

Ingeniero.

Futbolista.

Empresario.

Abogado.

Piloto.

Pero con el tiempo he pensado que quizá nos hicieron la pregunta incompleta.

No solamente deberíamos preguntarle a un niño qué quiere hacer.

También podríamos preguntarle:

“¿Qué clase de persona quieres ser?”

Porque puedes convertirte en un excelente profesional y ser una persona terrible.

Puedes ganar muchísimo dinero y sentirte completamente vacío.

Puedes tener reconocimiento y no tener paz.

Puedes acumular seguidores y sentir que nadie te conoce realmente.

Puedes conseguir aquello con lo que soñabas y descubrir que tampoco era suficiente.

Entonces aparece inevitablemente otra pregunta:

¿para qué?

Y aquí, para mí, entra la espiritualidad.

Hay momentos en los que la vida nos obliga a reconocer que no controlamos todo.

Podemos planificar.

Podemos organizar.

Podemos prepararnos.

Podemos trabajar.

Pero hay cosas que simplemente ocurren.

Una enfermedad.

Una despedida.

Una oportunidad inesperada.

Una persona que llega a nuestra vida.

Otra que se va.

Un cambio que no estaba previsto.

Una puerta que se cierra.

Otra que aparece donde jamás habíamos mirado.

Creo profundamente que planificar nuestro futuro no significa convertirnos en obsesionados del control.

También necesitamos aprender a confiar.

A hacer nuestra parte y entender que existe una parte que no nos corresponde manejar.

Para quienes creemos en ese ser supremo, llámalo Dios como yo lo llamo o como nazca desde tu propia fe, existe cierta tranquilidad en aceptar que nuestra visión siempre será limitada.

Nosotros vemos una parte de la historia.

Queremos entenderla completa.

Y muchas veces no podemos.

Tal vez por eso la pregunta por el futuro debería ir acompañada por otra:

“¿Qué puedo hacer hoy con aquello que sí está en mis manos?”

Porque pensar demasiado en dentro de cinco años también puede convertirse en una manera elegante de escapar del presente.

Podemos pasar años diciendo:

“Cuando termine de estudiar seré feliz”.

Luego:

“Cuando consiga trabajo”.

Después:

“Cuando gane más”.

Luego:

“Cuando compre mi casa”.

Después:

“Cuando tenga pareja”.

“Cuando tenga hijos”.

“Cuando pase esta época”.

“Cuando llegue diciembre”.

“Cuando tenga tiempo”.

Y un día descubrimos que hemos convertido la vida en una eterna sala de espera.

Siempre esperando el próximo capítulo para empezar a disfrutar el libro.

Ahí creo que el perro podría enseñarnos algo.

Aunque nunca podrá preguntarse hacia dónde quiere estar dentro de diez años, parece tener una capacidad que nosotros perdemos con facilidad:

estar presente.

Si llegas después de un día difícil, tu perro probablemente no necesita que le expliques demasiado.

Se acerca.

Se sienta.

Se queda.

Hay algo profundamente bonito en eso.

Nosotros, en cambio, podemos estar sentados en una cena familiar mientras nuestra mente está en otra parte.

Podemos hablar con nuestra mamá mientras revisamos el celular.

Podemos viajar pensando en la fotografía que vamos a subir.

Podemos estar con nuestros amigos mientras vemos qué están haciendo otras personas.

Podemos llegar a un lugar hermoso y observarlo primero a través de la cámara.

Como si vivirlo no fuera suficiente.

Creo que necesitamos recuperar algo del animal sin renunciar a aquello que nos hace humanos.

Planificar como humanos.

Vivir el presente un poco más como perros.

Pensar en mañana.

Pero abrazar hoy.

Ahorrar para el futuro.

Pero disfrutar un café con alguien que queremos.

Construir proyectos.

Pero llamar a nuestros padres.

Soñar grande.

Pero agradecer lo pequeño.

Trabajar duro.

Pero descansar sin sentir culpa.

Buscar propósito.

Pero entender que no toda experiencia necesita producir algo.

Esto último me parece especialmente importante.

Vivimos en una cultura que quiere convertir cualquier cosa en productividad.

Si te gusta pintar, te preguntan por qué no vendes cuadros.

Si cocinas bien, alguien te dice que abras un negocio.

Si haces ejercicio, deberías convertirlo en contenido.

Si escribes, deberías monetizar.

Si tienes una afición, parece que inmediatamente necesitamos transformarla en una fuente de ingresos.

Pero hay cosas que podemos hacer simplemente porque nos hacen bien.

Leer sin publicar una reseña.

Caminar sin contar los pasos.

Escuchar música sin estar haciendo otra cosa.

Hablar durante horas con alguien.

Jugar.

Orar.

Dormir.

Mirar el cielo.

Compartir.

Estar.

No todo necesita convertirse en rendimiento.

Tal vez ahí está una parte importante de la respuesta.

Un perro nunca podrá preguntarse qué quiere dejar en este mundo.

Nosotros sí.

Y no creo que el legado tenga necesariamente que ser gigantesco.

No todos necesitamos construir empresas enormes.

No todos escribiremos libros.

No todos tendremos miles de seguidores.

No todos cambiaremos millones de vidas.

Pero podemos transformar profundamente la vida de unas pocas personas.

La forma en que tratamos a nuestra familia también es legado.

La educación que damos a nuestros hijos algún día puede ser legado.

El consejo que ofrecemos a un amigo es legado.

La manera en que actuamos cuando nadie nos ve es legado.

Nuestra honestidad es legado.

Nuestra fe es legado.

Aquello que sembramos en otros, incluso sin saberlo, puede quedarse muchísimo después de nosotros.

Quizá ahí está la diferencia entre simplemente existir y vivir conscientemente.

No tener todas las respuestas.

Sino hacernos mejores preguntas.

¿Qué persona estoy construyendo con mis hábitos?

¿Qué estoy alimentando todos los días en mi mente?

¿A qué le estoy entregando mi atención?

¿Las personas que amo saben que las amo?

¿Estoy esperando demasiado para hacer algo importante?

¿Estoy siguiendo mis valores o mis impulsos?

¿Estoy persiguiendo una vida que quiero o una vida que se ve bien desde afuera?

¿Estoy actuando desde la fe o desde el miedo?

¿Estoy viviendo?

¿O solamente estoy reaccionando?

Tal vez hoy no necesitas diseñar un plan completo para los próximos diez años.

Quizá basta con reconocer dónde estás.

Aceptar ese punto.

Sin castigarte.

Sin compararte.

Sin pensar que deberías estar mucho más adelante.

Simplemente:

“Estoy aquí”.

Y después mirar hacia adelante.

“Quiero ir hacia allá”.

Entonces preguntarte cuál puede ser el próximo paso.

No veinte.

Uno.

Porque cambiar nuestra dirección no siempre requiere una transformación espectacular.

A veces empieza acostándonos treinta minutos antes.

Haciendo esa llamada pendiente.

Guardando un poco de dinero.

Volviendo a estudiar.

Pidiendo ayuda.

Pidiendo perdón.

Alejándonos de una relación que nos destruye.

Acercándonos a nuestra familia.

Regresando a Dios.

Apagando el celular durante una hora.

Empezando aquello que llevamos meses aplazando.

O simplemente reconociendo que necesitamos cambiar.

La reflexión original de Fabián González puede leerse aquí: https://www.linkedin.com/pulse/la-pregunta-que-un-perro-nunca-podr%C3%A1-hacerse-fabi%C3%A1n-gonz%C3%A1lez-h-yzqve/

Yo me quedo con algo más personal.

Un perro nunca podrá sentarse frente a su vida y preguntarse conscientemente:

“¿Hacia dónde estoy yendo?”

Nosotros sí.

Sería triste desperdiciar esa posibilidad.

Pero también sería triste utilizarla únicamente para preocuparnos por mañana.

Tal vez el verdadero equilibrio consiste en mirar hacia adelante sin dejar de mirar alrededor.

Construir futuro.

Disfrutar presente.

Preguntarnos hacia dónde vamos.

Y mientras encontramos la respuesta, no olvidar a las personas que están caminando al lado.

Porque quizá dentro de muchos años descubramos que algunas de las cosas que considerábamos pequeñas eran, en realidad, las importantes.

Una conversación.

Una cena.

Un abrazo.

Una tarde con los abuelos.

La llamada de nuestros padres.

Un perro que nos esperaba detrás de la puerta.

Una oración silenciosa.

Un “gracias”.

Un “te quiero”.

Una oportunidad de ayudar.

No sé exactamente dónde estaré dentro de diez años.

Y sería falso decir que tengo completamente claro hacia dónde va todo.

Tengo sueños.

Tengo proyectos.

Tengo preguntas.

También tengo dudas.

Supongo que eso hace parte de estar vivo.

Pero sí hay algo que quiero conservar: la capacidad de revisar mi rumbo.

De preguntarme si aquello que estoy construyendo todavía se parece a la persona que quiero ser.

De recalcular cuando sea necesario.

Y, al mismo tiempo, de aprender a disfrutar el camino.

Quizá esta noche, antes de dormir, podríamos hacernos esa pregunta que nuestro perro nunca podrá hacerse:

¿Hacia dónde estoy llevando mi vida?

Y después mirar alrededor y aprender de él otra cosa:

este momento también es vida.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Quizá vivir con propósito no sea conocer perfectamente el destino, sino tener el valor de mirar nuestro camino, corregirlo cuando haga falta y agradecer que todavía estamos aquí para recorrerlo.