sábado, 1 de agosto de 2026

Viajar antes que tener casa: ¿irresponsabilidad o una nueva manera de entender la vida?



¿Y si no estamos viajando para escapar de la vida, sino porque tenemos miedo de que la vida pase mientras seguimos esperando el momento perfecto?

Durante muchos años nos enseñaron que crecer significaba cumplir una serie de pasos en un orden casi obligatorio: estudiar, conseguir un empleo estable, comprar una casa, tener un carro, formar una familia y, después de haber resuelto todo lo importante, comenzar a disfrutar.

Viajar quedaba para más adelante.

Era el premio que llegaría después de décadas de trabajo, sacrificio y disciplina. Primero había que construir seguridad. Luego, cuando ya no existieran deudas, preocupaciones ni responsabilidades, uno podría conocer el mundo.

El problema es que la vida nunca queda completamente resuelta.

Siempre aparece una nueva cuenta, una necesidad familiar, una preocupación, una meta más grande o una razón para seguir aplazando aquello que nos hace ilusión. El supuesto momento perfecto se mueve cada vez que creemos que estamos cerca.

Por eso no me sorprende que viajar se haya convertido en una prioridad para muchas personas de la generación millennial. Una publicación de La República, basada en la encuesta Millennial Survey 2019 de Deloitte, señalaba que conocer el mundo estaba por encima de algunos símbolos tradicionales del éxito, como comprar vivienda o tener hijos. En Colombia, además, recorrer el mundo y generar un impacto positivo en la comunidad aparecían entre las principales aspiraciones de los participantes.

Fuente base: https://www.larepublica.co/consumo/los-millennials-consumen-pensando-a-corto-plazo-y-su-prioridad-es-viajar-2905837

La noticia fue publicada en 2019. Desde entonces, han ocurrido tantas cosas que leerla ahora produce una sensación extraña. Vivimos una pandemia, vimos empresas cerrar, aprendimos a trabajar y estudiar desde una pantalla, presenciamos el crecimiento acelerado de la inteligencia artificial y comprobamos que incluso los planes aparentemente más seguros pueden cambiar de un día para otro.

Por eso creo que decir que los millennials “solo piensan a corto plazo” puede ser una explicación demasiado sencilla.

A veces pensar en el presente no nace de la irresponsabilidad.

A veces nace de haber comprendido que el futuro no viene firmado.

Quienes hemos crecido observando crisis económicas, cambios tecnológicos permanentes, empleos inestables y noticias difíciles tenemos una relación contradictoria con el mañana. Queremos construir una vida estable, claro que sí. Queremos tranquilidad económica, una vivienda, un proyecto propio y la posibilidad de ayudar a nuestras familias.

Pero también sabemos que la estabilidad puede romperse.

Nos piden que planeemos nuestra vida para los próximos treinta años cuando muchas veces ni siquiera sabemos cómo será el trabajo dentro de cinco. Nos dicen que ahorremos para el futuro mientras el costo de la vivienda aumenta, los salarios parecen quedarse atrás y la idea de tener un empleo para toda la vida se vuelve cada vez más lejana.

En medio de esa incertidumbre aparece el viaje.

Viajar se convierte en una manera de sentir que nuestro esfuerzo tiene un rostro, una historia y un destino. Ya no se trata únicamente de comprar un tiquete o tomarse una fotografía frente a un paisaje bonito. Se trata de salir de la rutina, escuchar otros acentos, conocer maneras diferentes de vivir, equivocarse de camino y descubrir que el mundo es mucho más amplio que nuestros problemas cotidianos.

Yo entiendo esa necesidad.

Hay días en los que uno siente que está viviendo dentro de una repetición: despertarse, mirar el celular, cumplir pendientes, responder mensajes, pensar en dinero, preocuparse por lo que falta, dormir y comenzar nuevamente.

Desde afuera parece que todo funciona.

Por dentro, sin embargo, aparece una pregunta difícil: ¿esto es vivir o solamente mantenerse ocupado?

Tal vez por eso viajar tiene tanta fuerza emocional. Durante unos días sentimos que el tiempo vuelve a pertenecernos. Dejamos de ser únicamente trabajadores, estudiantes, clientes o usuarios. Volvemos a ser personas capaces de sorprenderse.

Sin embargo, tampoco quiero idealizar los viajes.

No todas las personas que viajan se encuentran a sí mismas. A veces uno puede visitar el lugar más hermoso del mundo y continuar completamente ausente. Puede cruzar un océano sin acercarse un solo centímetro a su interior.

Un viaje también puede convertirse en consumo vacío.

Puede hacerse solamente para publicar fotografías, recibir aprobación, competir con otros o construir en redes sociales la imagen de una vida perfecta. Antes algunas personas presumían la casa, el carro o el cargo profesional. Ahora también podemos presumir los sellos del pasaporte, los aeropuertos visitados y los destinos de moda.

Cambian los objetos, pero la necesidad de comparación sigue siendo la misma.

Decimos que no queremos vivir como las generaciones anteriores, pero podemos terminar repitiendo sus errores con símbolos diferentes. Ellos quizá medían el éxito por las propiedades acumuladas. Nosotros podemos medirlo por la cantidad de experiencias publicadas.

Y la vida no debería convertirse en una competencia para demostrar quién ha vivido más.

Viajar tiene sentido cuando nos transforma, no cuando nos sirve de vitrina.

También necesitamos hablar de dinero con sinceridad. La frase “la vida es una sola” puede inspirarnos, pero también puede convertirse en una excusa para gastar sin pensar. Disfrutar el presente no debería significar endeudarnos hasta perder la tranquilidad.

El futuro también merece cuidado.

No se trata de elegir entre ahorrar o viajar, como si fueran caminos completamente opuestos. El verdadero desafío consiste en aprender a darle una intención a cada peso que pasa por nuestras manos.

Hay gastos que desaparecen sin dejarnos nada: compras hechas por ansiedad, suscripciones que olvidamos cancelar, objetos que parecían indispensables durante unos minutos y luego quedaron guardados, comidas pedidas por impulso o pagos realizados solamente porque vimos a otra persona disfrutándolos.

No está mal darse gustos. Somos seres humanos, no máquinas diseñadas únicamente para producir y ahorrar.

Pero vale la pena preguntarnos qué estamos intentando llenar cuando consumimos.

A veces compramos porque estamos cansados.

A veces gastamos porque sentimos que lo merecemos después de una semana difícil.

A veces abrimos una aplicación y adquirimos algo para sentir una emoción rápida.

Y, siendo honestos, viajar también puede convertirse en una forma de anestesia.

Podemos irnos lejos tratando de escapar de problemas que, de alguna manera, terminan viajando con nosotros. Las preocupaciones también hacen maletas. Se sientan a nuestro lado en el avión y reaparecen cuando se acaba la emoción del destino nuevo.

Por eso no creo en esa idea romántica de que todos debemos abandonar nuestras responsabilidades y recorrer el mundo para encontrar la felicidad. Hay personas que encuentran sentido viajando. Otras lo encuentran construyendo un hogar, cuidando a sus familias, levantando un negocio, estudiando, cultivando la tierra o viviendo con tranquilidad en el lugar donde nacieron.

Ningún sueño debería considerarse inferior porque no se ve impresionante en una fotografía.

El problema no es querer una casa.

El problema es comprarla solamente porque la sociedad dice que ya deberíamos tenerla.

El problema no es querer formar una familia.

El problema es hacerlo por presión y no por convicción.

El problema tampoco es viajar.

El problema es sentir que necesitamos hacerlo para demostrar que nuestra vida tiene valor.

Creo que muchas personas jóvenes estamos tratando de negociar diariamente con dos voces. Una nos pide responsabilidad, ahorro y estabilidad. La otra nos recuerda que el tiempo pasa, que las personas que amamos no estarán para siempre y que algunas experiencias no pueden aplazarse indefinidamente.

Las dos voces tienen algo de razón.

Tal vez madurar consiste en aprender a escucharlas sin permitir que ninguna controle completamente nuestra vida.

La publicación de La República también mencionaba otro elemento importante: muchos millennials no se fijaban únicamente en el precio o la calidad de un producto. La ética de las empresas, el impacto ambiental y la manera como trataban a la sociedad influían en sus decisiones de consumo.

Esa preocupación sigue teniendo valor.

Actualmente podemos comprar algo en segundos sin pensar demasiado en quién lo produjo, cuánto tiempo durará o qué consecuencias dejó su fabricación. Tenemos acceso a más productos, más destinos y más experiencias, pero no necesariamente hemos aprendido a consumir con mayor conciencia.

Viajar también requiere esa conciencia.

No podemos hablar de amar el mundo mientras ignoramos la huella que dejamos sobre él. El turismo puede sostener a miles de familias, impulsar economías locales y permitir intercambios culturales valiosos. Pero también puede producir residuos, aumentar el costo de vida para los habitantes de ciertos lugares y convertir comunidades reales en escenarios diseñados únicamente para visitantes.

Un viajero consciente debe recordar que no llega a conquistar un territorio.

Llega como invitado.

Debe respetar a quienes viven allí, apoyar los negocios locales cuando sea posible, cuidar los espacios naturales y entender que una cultura no es una decoración para sus fotografías.

Viajar no debería consistir solamente en preguntarnos qué puede ofrecernos un lugar. También deberíamos pensar qué clase de presencia estamos llevando nosotros.

Hay otra realidad que no podemos ignorar: viajar continúa siendo un privilegio para muchas personas.

Mientras algunos discuten qué país conocerán en sus próximas vacaciones, otros están pensando cómo pagar el arriendo, la alimentación, la educación o una atención médica. Para muchas familias, comprar un tiquete no es una decisión sencilla, sino una posibilidad muy distante.

Por eso me incomoda cuando los viajes se convierten en una nueva obligación social.

En redes sociales parece que todos están recorriendo el mundo. Abrimos el celular y encontramos playas, montañas, hoteles y aeropuertos. Es fácil sentir que estamos quedándonos atrás, incluso cuando estamos esforzándonos por sostener nuestra vida.

Pero nadie debería sentirse fracasado por no tener un pasaporte lleno.

El valor de una vida no se mide en kilómetros recorridos.

Una persona puede conocer muchos países y no haber aprendido a escuchar. Otra puede vivir toda su vida en el mismo barrio y haber construido relaciones profundas, ayudado a su comunidad y dejado una huella enorme en quienes la rodean.

Conocer el mundo también puede significar mirar con atención el lugar que habitamos.

A veces soñamos con caminar por calles extranjeras, pero nunca hemos recorrido con curiosidad nuestra propia ciudad. Queremos descubrir culturas lejanas, pero no conocemos las historias de nuestros abuelos. Buscamos paisajes impresionantes mientras pasamos junto a pequeños momentos cotidianos sin prestarles atención.

Tal vez viajar no siempre requiere un avión.

Puede ser visitar un pueblo cercano, caminar por un barrio desconocido, sentarse a conversar con alguien mayor o regresar a un lugar familiar con una mirada distinta.

En mi familia he aprendido que algunas cosas materiales pueden perderse y recuperarse, pero el tiempo no funciona de la misma manera.

Una casa puede comprarse más adelante.

Un objeto puede reemplazarse.

Pero una conversación que aplazamos demasiado puede no volver a presentarse. Un viaje con nuestros padres puede sentirse diferente dentro de diez años. Una tarde con los abuelos puede parecer cotidiana hoy y convertirse en uno de nuestros recuerdos más valiosos mañana.

Esto no significa gastar todo ni vivir como si el futuro no existiera.

Significa comprender que guardar absolutamente todo para después también puede ser una forma de miedo.

Hay personas que pasan la vida preparándose para comenzar a vivir. Esperan terminar de pagar una deuda, conseguir un mejor empleo, jubilarse, tener más tiempo o sentirse completamente seguras.

Cuando finalmente llega ese momento, descubren que tienen dinero, pero no la misma energía; tienen libertad, pero algunas personas importantes ya no están; tienen tiempo, pero olvidaron cómo disfrutarlo.

Esa posibilidad me hace pensar mucho.

Uno quiere ser responsable, pero tampoco quiere llegar al futuro con las cuentas perfectamente organizadas y el corazón lleno de asuntos pendientes.

Quizá necesitamos una definición más humana de riqueza.

Una que no desprecie el dinero, porque el dinero importa. Su ausencia genera preocupaciones reales, limita oportunidades y puede afectar profundamente la tranquilidad de una familia.

Pero también necesitamos una definición que no convierta la acumulación en el único propósito.

Ser rico podría significar tener un fondo para emergencias y también disponer de tiempo para visitar a alguien. Poder pagar las cuentas sin perder la capacidad de sorprenderse. Ahorrar para mañana sin abandonar completamente el día de hoy.

La verdadera riqueza quizá sea poder tomar decisiones sin que todas estén gobernadas por el miedo.

Viajar, entonces, deja de ser únicamente una actividad de consumo y se convierte en una pregunta: ¿qué estoy haciendo con el tiempo que tengo?

Para algunas personas, la respuesta será tomar un avión.

Para otras será emprender un negocio.

Para algunas será comprar una casa.

Para otras será estudiar, cuidar a sus padres, recorrer Colombia, construir una comunidad o simplemente aprender a vivir con menos prisa.

Lo importante no es que todos elijamos el mismo camino.

Lo importante es saber por qué estamos eligiendo.

¿Por qué quiero comprar esto?

¿Por qué quiero viajar?

¿Por qué siento que necesito demostrar que estoy disfrutando?

¿Por qué estoy aplazando aquello que me importa?

Las respuestas no siempre serán agradables. Podemos descubrir que algunas decisiones nacen de la comparación, de la ansiedad o del miedo a quedarnos atrás. Pero reconocerlo ya es una forma de despertar.

Yo no quiero una vida diseñada solamente para verse bien desde afuera.

Quiero una vida que también se sienta verdadera cuando nadie esté mirando. Una vida en la que viajar sea una posibilidad y no una fuga; en la que ahorrar sea una forma de cuidado y no una obsesión; en la que el futuro pueda construirse sin destruir completamente el presente.

Quizá los millennials no decidieron simplemente consumir pensando a corto plazo. Tal vez comenzaron a cuestionar una antigua promesa: sacrificar los mejores años de la vida esperando una recompensa futura que nadie podía garantizar.

Esa ruptura tiene riesgos, pero también contiene una enseñanza.

No se trata de gastarlo todo porque la vida es corta.

Se trata de recordar que la vida también está ocurriendo mientras hacemos planes.

Podemos recorrer ciudades, mares y montañas, pero el viaje más difícil seguirá siendo aprender a vivir con intención. Aprender a disfrutar sin destruir, ahorrar sin obsesionarnos, trabajar sin olvidarnos de nosotros mismos y soñar sin convertir nuestros sueños en una competencia.

Que nuestros recuerdos no se conviertan en deudas.

Que nuestros ahorros no se conviertan en una cárcel.

Que nuestros viajes no sean una búsqueda desesperada de aprobación.

Y que cuando llegue el momento de mirar atrás podamos decir que cuidamos el mañana, pero que tampoco abandonamos el día que teníamos entre las manos.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Quizá vivir bien no consiste en escoger entre el presente y el futuro, sino en aprender a no traicionar ninguno de los dos.