Tengo 21 años. Nací en 2003, cuando los celulares todavía no eran extensiones del cuerpo, cuando conectarse a internet era un evento y no una condición permanente. Crecí viendo cómo el mundo se inclinaba, literalmente, hacia una pantalla. Y no hablo solo de tecnología, sino de posturas, de silencios compartidos, de conversaciones interrumpidas por vibraciones en el bolsillo. Basta con mirar alrededor en un bus, en una sala de espera o incluso en la mesa familiar: cuellos doblados, espaldas encorvadas, miradas hacia abajo. No hace falta ser médico para notar que algo cambió.
La noticia a la que hago referencia menciona estudios que sugieren que el uso prolongado del celular podría estar generando cambios óseos, especialmente en la zona occipital del cráneo, por la tensión constante que produce inclinar la cabeza hacia adelante. Algunos expertos lo discuten, otros lo matizan, otros piden prudencia. Y está bien. La ciencia avanza así: con preguntas, correcciones, dudas. Pero más allá de si el hueso crece uno o dos milímetros, lo que realmente me inquieta no es la forma del cráneo, sino la forma de vivir que estamos moldeando sin darnos cuenta.
Porque el cuerpo siempre termina contando la historia de lo que hacemos con él.
Nuestros abuelos cargaban marcas distintas: manos ásperas, espaldas cansadas, arrugas profundas que hablaban de trabajo físico, de sol, de esfuerzo. Nosotros cargamos otras señales. Dedos que se mueven a velocidad de vértigo, muñecas tensas, ojos cansados, cuellos rígidos. No son peores ni mejores, solo diferentes. Pero dicen mucho de nuestra época. Dicen que vivimos conectados, informados, acelerados… y muchas veces desconectados de lo esencial.
No escribo esto desde el rechazo a la tecnología. Sería absurdo. Mi vida, mis estudios, mis relaciones y este mismo texto existen gracias a ella. La tecnología no es el problema; el problema es cuando dejamos de preguntarnos cómo la estamos usando y desde dónde. Cuando el celular pasa de ser una herramienta a convertirse en refugio, anestesia o prótesis emocional.
En más de una ocasión me he descubierto encorvado sobre la pantalla, no solo físicamente, sino mentalmente. Inclinado hacia afuera, buscando estímulos constantes, comparaciones silenciosas, validación rápida. Y entonces entiendo que la postura del cuerpo es apenas un reflejo de una postura interna: vivir hacia abajo, hacia lo inmediato, hacia lo que brilla pero no siempre nutre.
En casa siempre se habló de conciencia. No como un concepto abstracto, sino como una práctica diaria. Mi papá suele escribir sobre estos temas desde una mirada más amplia, más experimentada, como lo hace en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde muchas veces insiste en que el verdadero cambio no es tecnológico, sino humano. Yo lo leo y lo confronto con mi propia generación, con mis contradicciones. Porque sí, queremos ser conscientes, pero también estamos cansados. Queremos profundidad, pero vivimos rodeados de distracciones diseñadas para robarnos la atención.
La pregunta entonces no es si el celular está cambiando la forma del cráneo. La pregunta más honesta es: ¿está cambiando nuestra forma de estar en el mundo?
Hay algo profundamente simbólico en inclinar la cabeza todo el tiempo. Inclinarla no para escuchar al otro, no para contemplar, sino para consumir. Noticias, videos, mensajes, opiniones. Todo pasa por esa pequeña ventana luminosa. Y mientras tanto, el cuerpo se adapta. Siempre lo hace. El cuerpo es sabio, pero también obediente. Se ajusta a lo que le pedimos, incluso cuando lo que le pedimos no nos hace bien a largo plazo.
No es casual que cada vez se hable más de ansiedad, de cansancio crónico, de dificultad para concentrarse. No todo es culpa del celular, claro. Pero negar su impacto sería ingenuo. Vivimos en una economía de la atención, donde cada segundo cuenta, donde todo compite por un lugar en nuestra mente. Y nosotros, muchas veces, agachamos la cabeza y aceptamos el juego sin cuestionarlo.
En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) hay reflexiones que invitan justo a lo contrario: a detenerse, a levantar la mirada, a recordar que la vida no siempre necesita ser entendida, sino sentida. Cuando leo esos textos, siento que me hablan desde un tiempo más lento, más humano. Y no porque renieguen del presente, sino porque lo habitan con más intención.
También pienso en la dimensión espiritual de todo esto. No desde una religión específica, sino desde esa conexión profunda con algo más grande que uno mismo. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) se habla mucho de confianza, de soltar el control, de escuchar el silencio. Y el silencio hoy es un bien escaso. El celular lo llena todo. Esperas cinco minutos: celular. Te sientes incómodo: celular. No sabes qué hacer con lo que sientes: celular. ¿En qué momento dejamos de sostener nuestra propia incomodidad?
Tal vez por eso el cuerpo protesta. Tal vez por eso aparecen dolores que no entendemos del todo. No solo en el cuello, sino en el alma. Porque no estamos hechos para vivir siempre hacia afuera. Necesitamos pausas. Necesitamos levantar la cabeza, literal y simbólicamente, y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestro tiempo, con nuestra atención, con nuestra vida.
No se trata de demonizar el celular ni de caer en discursos apocalípticos. Se trata de responsabilidad. De criterio. Algo que también se aborda desde lo organizacional y lo social en espacios como Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com) y TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com), donde se insiste en que la tecnología debe estar al servicio del ser humano, y no al revés. Esa idea, aplicada a la vida cotidiana, es revolucionaria.
Incluso en temas de datos, privacidad y derechos digitales, que muchos jóvenes pasan por alto, hay un llamado a la conciencia. En Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com) se recuerda que no todo lo que es posible es ético, y que cuidar la información también es cuidarnos a nosotros mismos. ¿Cómo no relacionar eso con el uso del celular, que recopila, registra y monetiza cada uno de nuestros gestos?
Volviendo al tema del cráneo, quizás dentro de unos años la ciencia tenga respuestas más claras. Quizás se confirme que sí hay cambios físicos, o quizás se descarte. Pero lo que ya es evidente es el cambio cultural, emocional y corporal que estamos viviendo. Somos una generación con acceso a todo, pero con dificultad para estar presentes. Con mil contactos, pero a veces con pocos vínculos profundos.
Escribo esto no desde la superioridad moral, sino desde la misma lucha. Yo también caigo. Yo también paso más tiempo del que quisiera frente a una pantalla. Yo también siento el cuello rígido después de horas de estudio o trabajo digital. Pero escribir es mi forma de detenerme, de observar, de volver a mí. Y compartirlo es una forma de decir: no estamos solos en esto.
Tal vez el verdadero desafío no sea cambiar la forma del cráneo, sino recuperar la forma del corazón. Volver a enderezarnos por dentro. Aprender a usar la tecnología sin inclinarnos ante ella. Recordar que la vida sigue pasando arriba, alrededor, en el contacto real, en la conversación sin filtros, en el silencio compartido.
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