A veces uno cree que hablar de vivienda del futuro es hablar de algo lejano, casi de ciencia ficción, como si fuera un tema reservado para arquitectos con cascos blancos o para países que siempre vemos en documentales. Pero la verdad es que el futuro no está tan lejos, y mucho menos cuando hablamos de cómo vamos a vivir, de qué vamos a tocar con las manos todos los días, de dónde vamos a dormir, discutir, amar, cansarnos y volver a empezar.
Hace un tiempo me encontré con una idea que, al principio, me sonó extraña: viviendas hechas 100 % en madera. No como las cabañas rústicas que uno imagina en la montaña, sino como edificios modernos, urbanos, eficientes, pensados para ciudades reales y personas reales. Y mientras más leía, más entendía que no se trata solo de arquitectura o de materiales, sino de una forma distinta de pensar la vida, el planeta y nuestra relación con ambos.
Crecí escuchando que la madera era frágil, que se quemaba fácil, que no duraba. En mi cabeza, una casa “de verdad” tenía que ser de concreto, de ladrillo, pesada, sólida, casi invencible. Tal vez porque nos enseñaron que lo fuerte es lo que resiste a la fuerza bruta, no lo que se adapta. Pero resulta que muchas de esas ideas están quedándose viejas, y no porque sean completamente falsas, sino porque el mundo cambió y nosotros seguimos mirando con los mismos lentes.
Hoy sabemos que la construcción tradicional es responsable de una parte enorme de las emisiones de CO₂ a nivel mundial. Cemento, acero, transporte, demolición… todo eso deja una huella profunda. Y en medio de una crisis climática que ya no es teoría sino experiencia diaria —olas de calor, lluvias absurdas, sequías que parten territorios— seguir construyendo como si nada pasara empieza a sentirse irresponsable, incluso injusto.
La madera, bien trabajada y bien pensada, aparece entonces no como una moda, sino como una respuesta. No cualquier madera, claro. Hablamos de madera estructural, proveniente de bosques gestionados de forma sostenible, tratada con tecnologías que la hacen resistente al fuego, a la humedad y al paso del tiempo. Hablamos de sistemas como el CLT (cross-laminated timber), que permiten levantar edificios de varios pisos con una precisión casi quirúrgica, reduciendo tiempos de obra, ruido, residuos y emisiones.
Pero más allá de los datos técnicos —que están ahí y son importantes— lo que más me mueve es lo simbólico. Construir en madera es, de alguna manera, volver a dialogar con la naturaleza en lugar de imponerle silencio. Es reconocer que no todo tiene que ser gris para ser serio, ni frío para ser duradero. La madera respira, envejece con dignidad, cuenta historias en sus vetas. No es perfecta, y tal vez por eso se parece más a nosotros.
Mientras leía sobre estos proyectos de vivienda del futuro, no podía evitar pensar en cómo habitamos hoy nuestros espacios. Vivimos rápido, conectados, pero muchas veces desconectados de lo esencial. Casas que se sienten como cajas, apartamentos donde entra poco sol, barrios donde nadie se conoce. Tal vez cambiar el material con el que construimos no resuelve todo, pero sí puede abrir preguntas distintas. ¿Qué pasa cuando tu casa te recuerda que vienes de la tierra y no solo del asfalto? ¿Qué pasa cuando el espacio en el que vives te invita a bajar el ritmo, a cuidar, a permanecer?
En varios países ya existen edificios completos en madera, incluso en ciudades densas. Y no es solo un tema ambiental, también es social y económico. Construir con madera puede ser más rápido y, en ciertos contextos, más accesible. Puede generar empleo local, incentivar cadenas productivas responsables y abrir oportunidades para regiones que históricamente han sido marginadas. Ahí es donde empiezo a ver conexiones con otras conversaciones que se dan en nuestro entorno.
Por ejemplo, cuando desde espacios como la Organización Empresarial TodoEnUno.NET se habla de modelos empresariales más conscientes y sostenibles (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/), no se está hablando solo de empresas, sino de la lógica con la que hacemos las cosas. Lo mismo pasa con la vivienda. No es solo un techo: es un sistema, una decisión ética, una forma de posicionarse frente al futuro.
También pienso en la responsabilidad que implica todo esto. Hablar de sostenibilidad no puede quedarse en el discurso bonito. Requiere normas claras, datos bien manejados, información transparente. En ese sentido, temas como el cumplimiento normativo y la protección de datos, que se abordan desde Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/), aunque parezcan lejanos a la arquitectura, hacen parte del mismo tejido: confianza, cuidado, respeto por el otro. Una sociedad que no cuida la información difícilmente cuidará sus bosques.
Desde un lugar más íntimo, esta idea de la vivienda en madera me conecta mucho con lo espiritual. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) se repite una idea que siempre me acompaña: no somos dueños absolutos de nada, somos cuidadores temporales. La tierra no nos pertenece, la habitamos un rato. Y si eso es así, ¿qué sentido tiene dejarla peor de como la encontramos?
No se trata de romantizar la madera ni de decir que es la solución mágica. Hay retos reales: costos iniciales, regulación, desconocimiento, resistencia cultural. Pero también hay algo profundamente humano en atrevernos a cambiar. En aceptar que quizás lo que creíamos “definitivo” no lo era tanto. Que podemos aprender, corregir, evolucionar.
Como joven que vive en un país lleno de contrastes, pienso mucho en cómo se verá Colombia en veinte o treinta años. Qué tipo de ciudades vamos a dejar. Si seguiremos construyendo sin pensar o si, poco a poco, aprenderemos a escuchar más. Tal vez la vivienda del futuro no sea solo de madera, sino de conciencia. De decisiones pequeñas repetidas muchas veces. De coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.
En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) hay una frase que siempre vuelve a mí: la vida no se cambia de un día para otro, pero sí se direcciona con actos constantes. Construir distinto es uno de esos actos. Elegir materiales que respeten la vida es una forma silenciosa, pero poderosa, de decir que nos importa el mañana.
Al final, cuando pienso en casas de madera elevándose en medio de ciudades modernas, no veo solo edificios. Veo una conversación entre generaciones. Veo a jóvenes que no quieren heredar ruinas, y a adultos que empiezan a soltar viejas certezas. Veo tecnología al servicio de la vida, no al revés. Y eso, para mí, ya es una señal de esperanza.
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