martes, 17 de febrero de 2026



Es curioso cómo, a pesar de vivir rodeados de pantallas, titulares y métricas, muchas de las cosas que realmente importan siguen pasando en silencio. La ciencia es una de ellas. No hace ruido, no suele ser tendencia, no aparece en los reels virales del día, pero sostiene buena parte de lo que somos y de lo que seremos como sociedad. Y cuando pienso en las universidades colombianas con mayor producción de artículos científicos de impacto, no lo hago solo desde los rankings o los números, sino desde una pregunta más humana: ¿qué dice eso de nosotros como país, como jóvenes, como comunidad que intenta entenderse a sí misma?

Crecí escuchando conversaciones donde la universidad era sinónimo de “salir adelante”, de tener un título, de lograr estabilidad. Poco se hablaba de la universidad como espacio de pensamiento, de duda, de investigación profunda. Y sin embargo, con los años, he ido entendiendo que los artículos científicos no son simples documentos para académicos encerrados en bibliotecas. Son huellas. Son intentos honestos de responder preguntas que aún no tienen respuesta clara. Son personas sentándose frente a un problema y diciendo: “voy a intentar entender esto un poco mejor, aunque no lo logre del todo”.

En Colombia, algunas universidades han asumido ese compromiso con más fuerza. Instituciones como la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad de los Andes, la Universidad de Antioquia, la Pontificia Universidad Javeriana o la Universidad del Valle aparecen con frecuencia en estudios sobre producción científica, citación internacional e impacto académico. Pero quedarse solo con esa lista sería superficial. Lo verdaderamente interesante es preguntarse por qué, qué hay detrás de esa producción y cómo se conecta con la realidad que vivimos.

La ciencia universitaria en Colombia no se desarrolla en el vacío. Se hace en medio de tensiones sociales, presupuestos limitados, conflictos históricos y una necesidad constante de demostrar “para qué sirve”. Muchos de los artículos de mayor impacto no nacen de laboratorios perfectos, sino de contextos complejos: estudios sobre biodiversidad en territorios amenazados, investigaciones en salud pública en regiones con acceso limitado, análisis sociales sobre desigualdad, violencia, educación o memoria. Hay algo profundamente humano en eso. Investigar aquí no es un lujo; muchas veces es una forma de resistencia.

Leyendo sobre la producción científica, recordé una reflexión que alguna vez encontré en Bienvenido a mi blog, donde se habla del conocimiento no como acumulación de datos, sino como responsabilidad ética frente a la realidad que habitamos. La ciencia, cuando se desconecta de la vida, se vuelve fría. Pero cuando se hace desde el territorio, desde el dolor y la esperanza, adquiere otro peso. Tal vez por eso muchos artículos colombianos logran impacto internacional: porque hablan de problemas reales, urgentes, universales, aunque nazcan en contextos locales.

También es importante reconocer que el impacto científico hoy no se mide igual que hace veinte años. Ya no basta con publicar. Importa dónde se publica, quién cita, cómo se comparte, si dialoga con otras disciplinas. La ciencia se ha vuelto más colaborativa, más interconectada, pero también más exigente. Y en ese escenario, las universidades colombianas que destacan no lo hacen solo por cantidad, sino por la capacidad de integrarse a redes globales sin perder su identidad.

Aquí entra un tema que me toca de cerca: la relación entre ciencia, tecnología y conciencia. No todo avance es neutro. No todo progreso es automáticamente bueno. En espacios como Todo En Uno.NET he leído reflexiones sobre cómo la tecnología y el conocimiento necesitan criterio, ética, sentido humano. Lo mismo aplica para la investigación científica. Un artículo puede tener cientos de citas, pero si no se pregunta por su impacto real en la vida de las personas, algo se queda incompleto.

Pienso mucho en los jóvenes que hoy están entrando a la universidad. Muchos sienten presión por “ser productivos”, por elegir carreras rentables, por responder rápido a un mercado cambiante. Y sin embargo, detrás de cada gran artículo científico hay tiempo lento, frustración, ensayo y error. Hay preguntas que no generan dinero inmediato, pero sí conciencia colectiva. Defender ese espacio de pensamiento profundo es, en cierto modo, un acto contracultural.

Las universidades con mayor impacto científico suelen compartir algo más allá de recursos o infraestructura: una cultura que valora la pregunta incómoda. Donde el estudiante no solo memoriza, sino que se pregunta por qué y para qué. Donde el profesor no solo enseña, sino que sigue aprendiendo. Esa lógica se conecta mucho con lo que he leído en Mensajes Sabatinos, donde se insiste en la importancia de detenernos, reflexionar y no vivir todo en automático. La ciencia también necesita ese silencio, esa pausa.

Ahora bien, no todo es ideal. Hay críticas válidas. A veces la producción científica se queda encerrada en circuitos académicos, lejos de la gente común. A veces se escribe para cumplir indicadores más que para transformar realidades. Y eso duele, porque el conocimiento pierde su sentido cuando no logra dialogar con la sociedad que lo financia y lo necesita. Ahí hay un reto enorme para las universidades colombianas: traducir, compartir, abrir la ciencia.

En ese punto, temas como el acceso a la información, la ética en el manejo de datos y la protección de la privacidad se vuelven centrales. No es casual que desde Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales se insista tanto en la responsabilidad que implica producir y usar información. La ciencia trabaja con datos, con personas, con historias reales. Cuidar eso también es parte del impacto.

A nivel personal, este tema me confronta. Me hace pensar en qué tipo de conocimiento quiero consumir y producir. No soy investigador de laboratorio, pero escribo, reflexiono, comparto. Y escribir también es una forma de investigar la vida. De observar patrones, contradicciones, aprendizajes. En El blog Juan Manuel Moreno Ocampo he intentado justamente eso: poner en palabras preguntas que no siempre tienen respuesta, pero que necesitan ser formuladas.

Las universidades colombianas con mayor impacto científico nos muestran que sí es posible hacer conocimiento relevante desde aquí. Que no todo lo valioso viene de afuera. Que nuestra biodiversidad, nuestra historia, nuestras tensiones sociales también generan preguntas que le importan al mundo. Pero también nos recuerdan que la ciencia no es solo para unos pocos. Nos interpela a todos.

Tal vez el verdadero impacto no esté solo en las citas académicas, sino en cómo esos artículos transforman decisiones públicas, prácticas educativas, políticas de salud, formas de relacionarnos con el entorno. Tal vez el mayor indicador sea si una investigación logra mejorar, aunque sea un poco, la vida de alguien que nunca leerá ese artículo completo.

Y aquí vuelvo a la espiritualidad, a esa dimensión que a veces parece ajena a la ciencia, pero que en realidad la atraviesa. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías he leído muchas veces que buscar sentido también es una forma de conocimiento. Preguntarse por el para qué, no solo por el cómo. Cuando la ciencia y la espiritualidad se miran con respeto, ambas se enriquecen.

No sé si todos los jóvenes sienten esta inquietud, pero yo sí. Me pregunto constantemente cómo equilibrar velocidad y profundidad, tecnología y conciencia, éxito y sentido. Ver a universidades colombianas apostándole a la investigación me da esperanza, pero también me recuerda la responsabilidad que tenemos como generación: no consumir conocimiento de forma pasiva, sino cuestionarlo, aplicarlo, humanizarlo.

Porque al final, los artículos científicos no son solo PDFs en una base de datos. Son personas pensando. Son preguntas abiertas. Son intentos de comprender un poco mejor el mundo que habitamos. Y eso, en tiempos de ruido constante, ya es un acto profundamente valiente.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

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