Hay algo profundamente honesto en un gato cuando ronronea. No es un sonido fuerte, no busca imponerse, no exige atención inmediata. Está ahí, constante, vibrando bajito, como si le hablara primero a su propio cuerpo antes de llegar a quien lo escucha. Desde niño crecí rodeado de gatos. No como mascotas decorativas, sino como presencias reales, con carácter, silencios y formas muy particulares de estar en el mundo. Con el tiempo entendí que ese sonido que muchos interpretan solo como felicidad es, en realidad, una de las expresiones más complejas y profundas de la vida.
Durante años nos dijeron que los gatos ronronean porque están contentos. Y sí, muchas veces es cierto. Pero quedarse solo con esa explicación es como decir que una persona sonríe únicamente cuando está feliz. La vida no funciona así. Los gatos tampoco. Hoy, con más estudios, más observación y, sobre todo, más conciencia, sabemos que el ronroneo es una herramienta biológica, emocional y energética mucho más poderosa de lo que imaginábamos.
Los gatos ronronean cuando están tranquilos, cuando se sienten seguros, cuando reciben afecto… pero también cuando están heridos, cuando sienten dolor, cuando están asustados o incluso cuando están a punto de morir. Ese dato, que al principio puede parecer incómodo, cambia por completo la forma de verlos. El ronroneo no es solo una expresión de placer; es un mecanismo de autorregulación. Es el cuerpo diciéndose a sí mismo: “sigue”, “resiste”, “sana”.
La BBC lo explicaba hace algunos años desde la ciencia: las vibraciones del ronroneo se producen en frecuencias que favorecen la regeneración ósea, la cicatrización de tejidos y la reducción del dolor. Es decir, el gato no solo siente… se cuida. Se acompaña. Se sostiene. Y eso, para mí, es una lección brutalmente humana.
En un mundo que nos enseña a correr, a producir, a demostrar, los gatos nos muestran otra cosa: la importancia de escuchar el cuerpo. De no desconectarse del malestar. De no huir del silencio. Ellos no reprimen el dolor; lo atraviesan vibrando. No lo niegan, lo transforman.
Pienso mucho en esto cuando veo cómo vivimos hoy. Jóvenes, adultos, familias enteras cargando ansiedad, cansancio, miedo, frustración. Nos enseñaron a callar, a aguantar, a “ser fuertes”. Pero pocas veces nos enseñaron a autorregularnos, a sanar desde adentro. A vibrar distinto cuando algo duele.
Los gatos no piden permiso para descansar. No se disculpan por necesitar espacio. No se culpan por estar sensibles. Simplemente son. Y cuando algo no está bien, su cuerpo responde con una vibración constante que busca equilibrio. No es magia. Es biología. Pero también es conciencia.
En casa siempre se decía que los gatos sienten lo que no se ve. Que perciben tensiones, estados de ánimo, silencios pesados. Y con los años lo confirmé. Un gato se acerca cuando alguien está triste. Se acuesta cerca, no encima. Acompaña sin invadir. Ronronea, no para que lo escuches, sino para que lo sientas. Como si dijera: “no estás solo, aunque no sepas ponerlo en palabras”.
Esa forma de acompañar me recuerda mucho a lo que he leído y vivido desde la espiritualidad. No una espiritualidad dogmática, sino cotidiana. La que se vive en los gestos pequeños. En estar. En sostener. En vibrar con otro sin intentar arreglarlo todo. En ese sentido, muchas reflexiones que he encontrado en Amigo de. Ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) conectan profundamente con esta idea de presencia silenciosa, de fe que no grita, de confianza que no necesita explicación.
También pienso en cómo, desde la ciencia y la organización humana, solemos olvidar la importancia del equilibrio. En Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) se habla mucho de estructuras, procesos y decisiones conscientes. Y aunque parezca lejano, no lo es. Un sistema —sea una empresa o un cuerpo— que no se autorregula, colapsa. El gato lo entendió antes que nosotros. Vibra para no romperse.
Incluso en temas tan fríos como la contabilidad o la gestión, aparece el mismo principio. En Mi Contabilidad Confiable y Rápido (https://micontabilidadcom.blogspot.com/) se insiste en revisar, ajustar, corregir a tiempo. No esperar a que el daño sea irreversible. El ronroneo es eso: una auditoría interna constante del cuerpo felino.
Y si miro hacia lo personal, hacia lo que escribo y leo en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) y en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), encuentro una idea que se repite: la vida no siempre se entiende, pero se siente. Y cuando se siente demasiado, hay que aprender a procesarla sin destruirse.
Los gatos, en su aparente indiferencia, son maestros de eso. No dramatizan. No explican. No buscan validación. Simplemente activan un mecanismo interno que les permite atravesar lo que sea que estén viviendo. Me pregunto cuántas veces nosotros, como humanos, ignoramos nuestras propias señales internas. Cuántas veces seguimos sin pausa, sin vibrar, sin sanar.
Quizá por eso tantas personas encuentran calma cuando un gato se acurruca cerca. No es solo ternura. Es resonancia. Es el cuerpo humano respondiendo a una frecuencia que invita al descanso, a la introspección, al silencio. En un mundo saturado de ruido, el ronroneo es una forma de resistencia.
No deja de parecerme poético que un animal tan pequeño tenga una herramienta tan poderosa. Y no deja de parecerme urgente que aprendamos de ellos. No para imitarlos literalmente, sino para recordar que el bienestar no siempre viene de afuera. Que muchas veces la sanación empieza cuando dejamos de pelear con lo que sentimos y aprendemos a acompañarnos mejor.
Tal vez la verdadera razón por la que los gatos ronronean no sea solo biológica. Tal vez sea existencial. Tal vez nos recuerdan, sin palabras, que estar vivos implica vibrar, incluso cuando duele. Que la calma no siempre es ausencia de conflicto, sino presencia consciente en medio de él.
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