Quitarle el color a mi celular no fue una decisión tecnológica. Fue una decisión emocional. Y, sin exagerar, espiritual.
No lo hice porque estuviera de moda ni porque lo vi en un video de productividad. Lo hice un día cualquiera, cuando me di cuenta de algo incómodo: estaba aburrido de todo, pero no sabía de qué exactamente. Tenía música, videos, mensajes, redes, memes, noticias, reels infinitos… y aun así sentía un vacío raro, como si todo pasara frente a mí sin tocarme realmente. Mucha información, poca presencia. Mucha estimulación, poca vida.
Cuando activé la escala de grises, el mundo digital perdió su magia inmediata. Instagram ya no brillaba. YouTube dejó de ser tan atractivo. Los íconos parecían todos iguales. Y ahí entendí algo que nunca me había detenido a pensar en serio: el color no solo decora la tecnología, la vuelve adictiva. Nos atrapa, nos jala, nos promete emoción constante, aunque no siempre nos la entregue de verdad.
El artículo del New York Times que leí después —y que confirmó muchas de mis intuiciones— hablaba justamente de eso: cómo los celulares están diseñados para secuestrar nuestra atención, no por maldad abstracta, sino porque la atención es el negocio. Si miras más, consumes más. Si consumes más, alguien gana más. Y nosotros… bueno, nosotros perdemos algo más difícil de medir: tiempo, foco, silencio, conexión real.
Lo curioso es que al quitarle el color al celular, empecé a recuperar el color en la vida real.
Las cosas simples empezaron a sentirse distintas. El verde de los árboles cuando camino. El cielo al atardecer. El café en la mañana. Las caras de las personas cuando hablan sin mirar la pantalla. Me di cuenta de que había estado mirando el mundo como quien ve una versión en baja resolución, mientras la alta definición estaba guardada solo para una pantalla de seis pulgadas.
No es que el celular sea el enemigo. Eso sería una lectura simplista y poco honesta. La tecnología no es mala en sí misma. En mi familia, la tecnología ha sido herramienta, trabajo, aprendizaje, incluso puente entre generaciones. En Todo En Uno.NET se habla mucho de esto: la tecnología tiene sentido cuando sirve a la vida, no cuando la reemplaza. Lo he leído, por ejemplo, en reflexiones del blog de Organización Empresarial TodoEnUno.NET, donde se insiste en que el problema no es digitalizar todo, sino hacerlo sin criterio ni conciencia (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/).
Lo que me confrontó fue entender que yo mismo había perdido criterio en el uso diario. Abría el celular sin saber para qué. Cerraba una app y abría otra por inercia. No buscaba algo; huía de algo. Del silencio. Del aburrimiento. De pensar.
Y el aburrimiento, aunque suene raro decirlo, es una puerta importante. Cuando no estamos constantemente entretenidos, aparece la pregunta. Aparece la incomodidad. Aparece la conversación interna. Y eso asusta, porque no siempre nos gusta lo que encontramos ahí. Pero también es ahí donde empieza algo más honesto.
Quitar el color no solucionó mi vida, ni me volvió iluminado. Pero sí me devolvió una cosa pequeña y poderosa: la elección consciente. Ahora entro al celular porque decido hacerlo, no porque me arrastre. O al menos, lo intento.
He pensado mucho en cómo esto se conecta con lo que leo en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/). Allí se habla, una y otra vez, de presencia, de pausa, de escuchar más allá del ruido. Y me doy cuenta de que el ruido hoy no es solo externo. Está en el bolsillo. Vibra. Parpadea. Nos llama por nombre.
También lo he visto reflejado en textos de Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/), donde se cuestiona esa idea moderna de que estar ocupados equivale a estar vivos. No es lo mismo estar activos que estar presentes. No es lo mismo responder mensajes que responderse a uno mismo.
Hay días en los que vuelvo a poner el color. No voy a mentir. No se trata de una cruzada radical ni de una renuncia total. Se trata de conciencia. De saber que el diseño de las plataformas no es neutro. De entender que si algo me atrapa demasiado, probablemente no sea casualidad.
También me di cuenta de algo más incómodo todavía: no solo somos consumidores de estímulos, somos generadores de ellos. Subimos fotos buscando validación. Publicamos estados esperando reacción. Medimos nuestra existencia en likes. Y cuando no llegan, algo duele, aunque digamos que no importa.
Ahí entra otra reflexión que me marcó, esta vez desde el blog Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/). La espiritualidad, entendida no como religión rígida sino como conexión profunda, nos recuerda que el valor no se mide en métricas visibles. Que no todo lo importante se puede contar, ni todo lo que se cuenta importa.
Quitar el color del celular fue, en el fondo, un acto simbólico. Fue decirle al mundo digital: “no necesito que me grites para prestarte atención”. Y decirme a mí mismo: “puedes habitar el silencio sin miedo”.
Vivimos en una época donde la hiperconexión convive con una soledad profunda. Donde sabemos qué está pasando en cualquier parte del mundo, pero a veces no sabemos qué está pasando dentro de nosotros. Donde estamos informados, pero no necesariamente transformados.
No escribo esto desde una superioridad moral. Lo escribo desde la contradicción. Desde alguien que ama la tecnología, pero también necesita recordar que la vida no tiene botón de pausa ni filtro de colores artificiales. Que el abrazo no vibra. Que la mirada no se actualiza. Que el momento presente no se guarda en la nube.
Tal vez no todos necesiten poner su celular en blanco y negro. Pero todos, creo yo, necesitamos algún gesto consciente que nos devuelva a la vida real. Una caminata sin audífonos. Una conversación sin interrupciones. Un rato sin pantalla antes de dormir. Un café mirándolo, no fotografiándolo.
Si algo he aprendido en estos años —leyendo, escuchando, viviendo— es que crecer no es acumular más estímulos, sino aprender a elegir mejor cuáles merecen nuestra atención. Y la atención, al final, es una forma de amor.
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