domingo, 22 de febrero de 2026

La laguna de Suesca no se está secando sola



Hay lugares que uno no conoce con los pies, sino con la conciencia. La laguna de Suesca es uno de ellos. No porque todos hayamos estado ahí físicamente, sino porque representa algo más profundo: el punto exacto donde la naturaleza, la negligencia humana y nuestra forma de vivir se encuentran sin filtros ni discursos bonitos.

Leí hace poco un artículo sobre la laguna de Suesca que hablaba del cambio climático como una de las causas visibles de su deterioro. Y sí, claro que el cambio climático está ahí, no es una mentira ni una exageración. Mi generación creció escuchando esa palabra como una alarma constante, casi como un ruido de fondo que ya no asusta porque se volvió cotidiano. Pero mientras leía, sentí que algo no cuadraba del todo. Como si estuviéramos usando el cambio climático como una excusa cómoda para no mirar más hondo.

Porque lo que pasa con la laguna de Suesca no empieza ni termina con el clima. Empieza con nosotros. Con la manera en la que ocupamos el territorio, con la forma en que creemos que todo lo que no tiene rejas es de nadie, con esa idea peligrosa de que la naturaleza es resistente infinita, que siempre se recupera sola, que “aguanta”.

Suesca no es solo una laguna. Es memoria. Es ecosistema. Es regulación hídrica. Es hogar de especies que no tienen voz ni redes sociales para denunciar lo que les hacemos. Y también es un espejo incómodo de cómo como sociedad actuamos: reaccionamos cuando el daño ya es evidente, cuando el agua baja, cuando el paisaje cambia, cuando ya es tarde para fingir que no pasó nada.

Hay algo que me inquieta profundamente: siempre hablamos del futuro como si no nos perteneciera. Decimos “las próximas generaciones”, “nuestros hijos”, “los que vienen”. Pero yo tengo 21 años. Yo soy esa generación. Y aun así, muchas decisiones se toman como si yo no existiera, como si mi vida fuera una estadística proyectada en un informe ambiental.

La laguna de Suesca ha sufrido por rellenos, por intervenciones mal planeadas, por urbanización sin criterio, por turismo sin conciencia, por abandono institucional y por una desconexión total entre desarrollo y responsabilidad. No es solo que llueva menos o que las temperaturas cambien. Es que decidimos poner cemento donde debía haber respeto. Decidimos drenar, modificar, intervenir, sin entender del todo lo que estábamos rompiendo.

Esto me lleva a pensar en algo que he leído muchas veces en los textos de mi papá, especialmente en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde insiste en que los problemas no suelen ser técnicos, sino de criterio. Y aquí pasa exactamente eso. El problema de Suesca no es falta de información. Es falta de criterio colectivo. Falta de decisión consciente. Falta de responsabilidad intergeneracional.

También recuerdo reflexiones que he leído en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), donde se habla de la vida como un préstamo, no como una propiedad. Y qué tan distinto sería todo si entendiéramos la naturaleza así: no como algo que poseemos, sino como algo que nos fue confiado por un tiempo limitado.

Nos encanta hablar de sostenibilidad, de agendas verdes, de compromisos ambientales. Pero en la práctica seguimos haciendo lo mismo. Seguimos construyendo sin planificación real, seguimos viendo los humedales como “lotes desaprovechados”, seguimos creyendo que el agua siempre va a estar ahí porque “Colombia es rica en recursos”. Esa frase, tan repetida, se volvió peligrosa.

La laguna de Suesca también habla de espiritualidad, aunque a muchos les incomode esa palabra. Porque cuidar el agua no es solo un acto técnico o político, es un acto espiritual. Es reconocer que no somos el centro de todo. Que dependemos de equilibrios que no controlamos. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) he leído muchas veces que la fe no se mide por lo que decimos, sino por cómo actuamos cuando nadie nos ve. Y eso aplica perfectamente aquí. ¿Qué tan coherentes somos cuando se trata de cuidar la casa común?

No puedo evitar pensar que si la laguna de Suesca estuviera en otro país, tal vez sería un santuario intocable. Pero aquí, muchas veces, la riqueza natural se ve como obstáculo y no como oportunidad. Y eso no es un problema exclusivo de los gobiernos. Es cultural. Es educativo. Es familiar. Es generacional.

Desde lo que he aprendido también leyendo contenidos de Todo En Uno.NET (https://todoenunonet.blogspot.com) y Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com), hay algo claro: no existe desarrollo sin sostenibilidad real, ni progreso sin visión de largo plazo. Lo ambiental, lo social y lo económico no pueden seguir caminando por carriles separados. Cuando lo hacen, el resultado es exactamente lo que vemos en Suesca: un ecosistema debilitado y una comunidad que empieza a sentir las consecuencias.

Y aquí quiero hacer una pausa personal. A veces siento una mezcla rara entre esperanza y frustración. Esperanza porque cada vez somos más los jóvenes que cuestionamos, que preguntamos, que no tragamos entero. Y frustración porque muchas decisiones siguen tomándose sin escucharnos. Como si nuestra sensibilidad fuera ingenuidad y no una alerta temprana.

No se trata de romantizar la naturaleza ni de caer en discursos apocalípticos. Se trata de asumir que nuestras acciones tienen impacto. Que cada proyecto mal planeado, cada licencia otorgada sin estudios serios, cada “eso no pasa nada”, va sumando. Y la naturaleza no olvida. Solo cobra.

La laguna de Suesca nos está hablando. No con palabras, sino con silencios. Con agua que ya no está. Con aves que se van. Con paisajes que cambian. Y la pregunta no es solo qué pasó, sino qué vamos a hacer distinto a partir de ahora.

Tal vez este sea el momento de dejar de usar el cambio climático como un escudo y empezar a mirarnos al espejo. De entender que la crisis ambiental es también una crisis de conciencia. De valores. De prioridades. De humanidad.

Yo no tengo todas las respuestas. Y creo que eso también es parte de ser honesto. Pero sí tengo claro algo: no podemos seguir viviendo como si el territorio fuera eterno y nuestra responsabilidad opcional. Porque no lo es. Porque cada laguna que se seca, cada bosque que desaparece, también nos quita un pedazo de futuro.

Escribo esto no desde la superioridad moral, sino desde la inquietud. Desde la pregunta abierta. Desde la necesidad de no acostumbrarnos al deterioro. Desde la convicción de que todavía estamos a tiempo de hacerlo mejor, si dejamos de mirar hacia otro lado.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”