Hay preguntas que parecen sacadas de un titular alarmista, pero que cuando uno se detiene a mirarlas con calma, resultan ser mucho más profundas de lo que aparentan. Hace poco volví a encontrarme con una de esas preguntas incómodas: ¿el celular está cambiando la forma del cráneo de los jóvenes? Y no lo leí como quien consume una noticia rápida, sino como alguien que se mira al espejo, que se reconoce en la postura encorvada, en el cuello inclinado, en las horas infinitas frente a una pantalla.
No escribo esto desde el miedo, ni desde el rechazo a la tecnología. Al contrario. Crecí con ella. Mi generación no recuerda un mundo sin internet, sin celulares, sin pantallas que acompañan casi cada momento del día. Para muchos de nosotros, el celular no es un lujo ni un accesorio: es una extensión de la vida cotidiana, del estudio, del trabajo, de los vínculos, de la espiritualidad incluso. Pero precisamente por eso, porque está tan integrado a nosotros, vale la pena preguntarnos qué está haciendo con nuestro cuerpo, con nuestra mente y con nuestra forma de habitar el mundo.
La noticia que dio origen a esta reflexión hablaba de estudios que observaban un crecimiento óseo inusual en la parte posterior del cráneo de algunos jóvenes, especialmente en la zona donde se insertan los músculos del cuello. Se sugería que la postura prolongada con la cabeza inclinada hacia adelante —típica cuando usamos el celular— podría estar generando adaptaciones físicas. El cuerpo, que siempre busca sobrevivir y sostenernos, se adapta a lo que le pedimos. Si le pedimos horas y horas de tensión en el cuello, responde. No con juicio, no con advertencias morales, sino con hueso, músculo y estructura.
Con el paso del tiempo, otros expertos matizaron el tema. Dijeron que no era tan simple, que no se podía afirmar de manera concluyente que el celular estuviera “deformando” cráneos, que también influyen factores genéticos, hábitos previos, estilos de vida. Y eso es importante aclararlo. No todo titular es una sentencia definitiva. Pero incluso cuando la ciencia se vuelve más prudente, la pregunta sigue ahí, latiendo: ¿qué le estamos haciendo a nuestro cuerpo sin darnos cuenta?
A veces siento que mi generación vive en una contradicción constante. Por un lado, somos conscientes, críticos, informados. Hablamos de salud mental, de autocuidado, de equilibrio. Por otro, normalizamos jornadas enteras frente a pantallas, dormimos con el celular al lado de la almohada, despertamos con notificaciones antes incluso de estirar el cuerpo. Sabemos que algo no está del todo bien, pero seguimos adelante porque “así es el mundo ahora”.
El cuerpo, sin embargo, no entiende de tendencias ni de discursos. El cuerpo siente. Se cansa. Se adapta. Se resiente. He visto amigos jóvenes con dolores crónicos de cuello, con migrañas constantes, con problemas de postura que antes se asociaban a edades mucho más avanzadas. Y no lo digo desde el juicio, porque yo mismo he sentido esa rigidez silenciosa, esa tensión acumulada que parece normal hasta que un día duele de verdad.
No se trata solo del cráneo. El tema del celular es una puerta para algo más grande: cómo la tecnología está reconfigurando nuestra forma de estar en el mundo. No solo físicamente, sino emocionalmente, socialmente, espiritualmente. Vivimos hacia adelante, literalmente inclinados, mirando una pantalla que nos promete conexión, pero que muchas veces nos desconecta del cuerpo, del presente, del otro que está al lado.
En conversaciones familiares, especialmente con quienes me preceden, aparece una mirada distinta. No necesariamente más sabia, pero sí más corporal. Hablan del cansancio como señal, del dolor como mensaje, del silencio como necesidad. En más de una ocasión he leído reflexiones similares en textos que me han acompañado desde niño, como los que aparecen en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com) o en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), donde la vida no se entiende solo desde la productividad, sino desde la coherencia entre lo que somos, lo que hacemos y lo que sentimos.
Tal vez el problema no sea el celular en sí, sino la falta de conciencia con la que lo usamos. La tecnología no es enemiga del cuerpo, pero sí puede convertirse en una fuerza que lo ignore. Y cuando ignoramos el cuerpo, tarde o temprano él se hace notar. A veces con dolor, a veces con adaptación silenciosa, a veces con cambios que solo se perciben años después.
También está la dimensión mental. Pasamos tanto tiempo mirando hacia abajo que olvidamos mirar hacia adentro. El celular nos ofrece estímulo constante, información infinita, comparación permanente. Y en medio de eso, ¿dónde queda el espacio para escucharnos? Para aburrirnos. Para sentir. Para simplemente estar. He pensado muchas veces que así como el cuerpo se adapta físicamente, la mente también se moldea según los estímulos que recibe. Y no siempre esos estímulos nos ayudan a crecer.
Desde otra perspectiva, incluso la protección de nuestros datos y nuestra identidad digital entra en juego. No es solo postura y huesos. Es cómo entregamos nuestra atención, nuestra información, nuestra intimidad. En ese sentido, reflexionar sobre el uso consciente de la tecnología también conecta con temas que se abordan desde espacios como Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com), donde se insiste en algo que parece obvio pero no siempre practicamos: cuidarnos en el mundo digital es una forma de autocuidado integral.
No quiero sonar apocalíptico. Amo la tecnología. Gracias a ella aprendo, escribo, me conecto, comparto. Gracias a ella puedo leer reflexiones profundas en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), donde se nos recuerda que la espiritualidad también puede dialogar con lo moderno, con lo digital, con lo cotidiano. Pero amar algo no significa usarlo sin límites. Amar algo también implica ponerle conciencia, ritmo, humanidad.
Quizás la verdadera pregunta no sea si el celular está cambiando la forma del cráneo, sino si está cambiando la forma en que habitamos nuestra vida. Si estamos más presentes o más dispersos. Más conectados o más solos. Más conscientes de nuestro cuerpo o más desconectados de él.
He llegado a pensar que nuestra generación tiene una oportunidad única. No somos los primeros en usar tecnología, pero sí somos los primeros en poder reflexionar sobre ella mientras aún estamos a tiempo de ajustar el rumbo. Podemos elegir levantar la cabeza, literal y simbólicamente. Estirar el cuello, respirar profundo, soltar el celular por un momento y preguntarnos cómo estamos de verdad.
Tal vez no se trate de dejar el celular, sino de usarlo con más verdad. De no vivir encorvados solo físicamente, sino también emocionalmente, adaptándonos a todo sin preguntarnos si eso nos hace bien. El cuerpo no es un accesorio. Es nuestra casa. Y ninguna casa debería ignorarse hasta que se empieza a caer.
Pienso mucho en esto cuando escribo, cuando observo a otros jóvenes, cuando me observo a mí. No desde la culpa, sino desde la responsabilidad amorosa. Porque cuidar el cuerpo también es un acto de conciencia colectiva. Y porque, al final, la tecnología debería servirnos para vivir mejor, no para olvidarnos de vivir.
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