Hay algo bastante injusto en ver a un gato dormir tranquilamente a las tres de la tarde mientras uno tiene pendientes, mensajes por responder, cosas que estudiar, problemas por resolver y una lista mental que parece no terminar nunca.
Uno lo mira.
Está ahí.
Acostado.
Sin preocupaciones aparentes.
A veces ocupando precisamente la silla que uno necesita.
Y entonces aparece inevitablemente la pregunta:
¿De qué estará tan cansado si no ha hecho absolutamente nada?
Puede sonar como una pregunta sencilla, incluso graciosa, pero detrás de esas largas horas de sueño hay algo mucho más interesante que la supuesta pereza de los gatos.
Porque resulta que un gato no duerme tanto porque haya tenido un día agotador.
Duerme porque su cuerpo todavía funciona con una lógica que viene de muchísimo antes de que existieran apartamentos, sofás, concentrado servido en un plato y humanos dispuestos a abrir una lata apenas escuchan un maullido suficientemente convincente.
Y eso me parece fascinante.
Nuestros gatos viven en nuestras casas, pero una parte de ellos todavía vive en otro mundo.
Un mundo donde había que observar.
Esperar.
Calcular.
Atacar.
Y después recuperar energía.
El gato es, por naturaleza, un cazador que funciona mediante explosiones cortas de actividad. No está diseñado para perseguir durante kilómetros a una presa como podrían hacerlo otros animales. Su estrategia consiste más bien en conservar energía, permanecer atento y utilizar una enorme cantidad de potencia durante un periodo muy corto.
Tal vez por eso resulta tan extraño verlo pasar de la absoluta inmovilidad al caos en cuestión de segundos.
Puede llevar horas acostado en una cama.
Parece completamente desconectado del planeta.
Y de repente algo sucede.
Una sombra atraviesa la pared.
Una mosca aparece cerca de una ventana.
Una bolsa hace un ruido extraño.
O simplemente ocurre algo que únicamente él parece comprender.
Entonces sale disparado.
Corre por el pasillo.
Salta sobre un mueble.
Persigue algo que nosotros ni siquiera vemos.
Se detiene.
Nos mira como si los extraños fuéramos nosotros.
Y vuelve a acostarse.
Ese comportamiento que a veces interpretamos como una pequeña locura felina tiene bastante sentido si entendemos cómo está construido su organismo.
El problema es que nosotros solemos observar a los animales utilizando criterios humanos.
Pensamos que dormir demasiado significa pereza.
Que estar quieto significa no hacer nada.
Que descansar debería ser una recompensa después del esfuerzo.
Quizás porque así nos enseñaron también a nosotros.
Primero hay que producir.
Después descansar.
Primero cumplir.
Después parar.
Primero demostrar que hicimos suficiente.
Y solamente entonces parece legítimo sentarse un rato sin hacer nada.
Los gatos, evidentemente, no conocen nuestras reglas.
Y probablemente tampoco les interesarían demasiado.
Ellos simplemente obedecen algo mucho más antiguo: su propio cuerpo.
Un gato adulto puede pasar una enorme parte del día durmiendo o descansando. La cantidad exacta cambia dependiendo de su edad, salud, ambiente y nivel de actividad. Los gatitos y los gatos mayores, por ejemplo, pueden dormir todavía más.
Pero incluso aquí hay una diferencia importante.
No todas esas horas corresponden al sueño profundo que imaginamos cuando vemos al gato con los ojos cerrados.
Muchas veces está descansando en un estado relativamente ligero.
Su cuerpo parece relajado, pero sus sentidos siguen trabajando.
Una oreja se mueve.
Después la otra.
Escucha un ruido.
Abre ligeramente los ojos.
Comprueba que nada importante está ocurriendo.
Y continúa descansando.
Cualquiera que viva con un gato probablemente haya comprobado esto de una manera bastante divertida.
Uno puede caminar cerca de él.
Mover una silla.
Encender el televisor.
Hablar por teléfono.
Y el animal ni se inmuta.
Pero basta tocar el recipiente donde guardamos su comida para descubrir que aquel ser que parecía profundamente dormido estaba, en realidad, mucho más pendiente del mundo de lo que pensábamos.
Aparece inmediatamente.
No importa dónde estaba.
No importa cuánto parecía dormir.
Está ahí.
Esperando.
Eso también forma parte de su naturaleza.
Descansar no significa necesariamente desconectarse.
Y aquí aparece algo que me parece todavía más bonito.
Porque existe una diferencia entre ese descanso atento y los momentos en los que un gato realmente se abandona al sueño.
Seguro hemos visto alguna vez a uno completamente relajado.
El cuerpo extendido.
Las patas sueltas.
Quizás la barriga expuesta.
De pronto mueve ligeramente una pata.
Los bigotes tiemblan.
Hace algún pequeño sonido.
Parece estar persiguiendo algo dentro de un sueño que nosotros nunca podremos conocer.
Es difícil saber exactamente qué está soñando.
Tal vez no necesitemos saberlo.
Lo interesante es otra cosa.
Para que un animal que conserva tantos mecanismos de alerta se permita dormir profundamente necesita sentirse suficientemente seguro.
Y ahí cambia completamente la manera de mirar la escena.
Ese gato que duerme atravesado en medio del sofá quizá no está simplemente ocupando demasiado espacio.
Está confiando.
En ese momento no siente la necesidad permanente de vigilar lo que ocurre alrededor.
Puede bajar la guardia.
Puede dormir.
Puede ser vulnerable.
Y nosotros, sin darnos cuenta, formamos parte de las condiciones que hicieron posible esa tranquilidad.
Hay algo muy especial en eso.
Porque la confianza no siempre se demuestra acercándose.
A veces se demuestra dejando de defenderse.
Los seres humanos solemos buscar manifestaciones evidentes de cariño.
Queremos palabras.
Gestos.
Abrazos.
Confirmaciones.
Los animales tienen otros lenguajes.
Un gato puede demostrar confianza simplemente quedándose profundamente dormido cerca de nosotros.
No necesita hacer nada espectacular.
Su vulnerabilidad ya dice bastante.
Quizás por eso convivir con animales termina enseñándonos a observar cosas que normalmente ignoramos.
También explica otro fenómeno bastante conocido por quienes tienen gatos: sus horarios aparentemente absurdos.
Mientras nosotros intentamos dormir, ellos pueden decidir que las tres de la mañana constituyen un excelente momento para recorrer la casa a toda velocidad.
Y uno se pregunta nuevamente:
¿Por qué ahora?
La explicación está relacionada con sus patrones naturales de actividad.
Los gatos tienden a mostrar mayor actividad alrededor del amanecer y el atardecer. Son momentos especialmente importantes dentro de la lógica de caza que todavía conserva su organismo.
Por supuesto, un gato doméstico puede modificar mucho sus hábitos dependiendo de las rutinas de la casa.
Aprende cuándo llegan las personas.
Cuándo recibe comida.
Cuándo hay movimiento.
Cuándo se apagan las luces.
Incluso puede terminar adaptándose bastante a nuestros horarios.
Pero dentro de ese pequeño animal que duerme encima de una cobija sigue existiendo una programación muchísimo más antigua que nuestra convivencia con él.
Tal vez esa sea una de las cosas que más me llaman la atención de los animales domésticos.
Los hemos incorporado completamente a nuestra vida y, sin embargo, nunca dejan de ser del todo aquello que eran.
Un gato puede tener nombre.
Veterinario.
Juguetes.
Cama.
Collar.
Comida especializada.
Puede aparecer en cientos de fotografías de nuestro celular.
Puede convertirse prácticamente en un miembro de la familia.
Pero sigue conservando instintos que fueron construidos durante generaciones en un mundo completamente diferente.
Y nosotros convivimos diariamente con esa contradicción sin pensar demasiado en ella.
Tenemos pequeños cazadores viviendo en nuestras habitaciones.
Solo que ahora sus grandes desafíos pueden consistir en perseguir una pelota, capturar una mosca o descubrir cómo abrir una puerta que dejamos medio cerrada.
Por eso quizá tampoco deberíamos confundir tranquilidad con falta de necesidad de estímulos.
Que un gato duerma muchas horas no significa que pueda pasar el resto del tiempo sin actividad.
Necesita jugar.
Explorar.
Trepar.
Observar.
Perseguir.
Esconderse.
Interactuar.
Utilizar, aunque sea simbólicamente, esas capacidades para las que su cuerpo fue construido.
Una casa puede ser segura y al mismo tiempo resultar tremendamente aburrida.
Y creo que ahí también aparece una responsabilidad nuestra.
Cuando decidimos convivir con un animal no basta con garantizar que tenga comida y agua.
También estamos construyendo su mundo.
Nosotros decidimos qué puede explorar.
Qué estímulos encuentra.
Cuánto juega.
Qué espacios tiene.
Qué tan predecible o estresante resulta su ambiente.
Incluso cuándo puede estar solo.
Eso me hace pensar que muchas veces queremos a los animales profundamente, pero seguimos interpretándolos desde nuestras propias necesidades.
Queremos que estén disponibles cuando nosotros queremos compañía.
Que duerman cuando nosotros dormimos.
Que jueguen cuando nosotros tenemos tiempo.
Que no molesten cuando estamos ocupados.
Que sean cariñosos de la manera en que nosotros entendemos el cariño.
Y quizás convivir realmente con otro ser implica algo diferente.
Implica aprender su lenguaje.
Aceptar que existe una forma de experimentar el mundo distinta de la nuestra.
Entender que no todo comportamiento que nos incomoda es un problema.
A veces simplemente estamos viendo la naturaleza expresándose dentro de un apartamento.
También hay otra reflexión que inevitablemente aparece cuando pienso en esas largas horas de descanso.
Nosotros vivimos exactamente al contrario.
Nos sentimos culpables cuando paramos.
Incluso cuando estamos descansando pensamos en lo que deberíamos estar haciendo.
Nos acostamos con el teléfono.
Despertamos con el teléfono.
Comemos revisando mensajes.
Estudiamos mientras llegan notificaciones.
Trabajamos pensando en lo siguiente.
Terminamos una cosa y sentimos inmediatamente que deberíamos empezar otra.
Hasta el descanso se convirtió en algo que debemos justificar.
Quizás por eso mirar dormir a un gato produce una mezcla extraña de ternura y envidia.
Él no parece tener ningún conflicto con estar quieto.
No necesita demostrar que aprovechó la tarde.
No siente que perdió productividad porque durmió cuatro horas.
No necesita publicar que tuvo un día exitoso.
Simplemente responde a lo que su organismo necesita.
Evidentemente nosotros no somos gatos y sería absurdo convertir esto en una lección fácil sobre abandonar responsabilidades y dormir todo el día.
Pero sí creo que existe una pregunta interesante escondida ahí.
¿En qué momento empezamos a considerar el descanso como lo contrario de vivir?
Tal vez descansar también es parte de prepararnos para lo que viene.
Tal vez no toda pausa es tiempo perdido.
Tal vez conservar energía también puede ser una forma inteligente de utilizarla.
Los gatos parecen haber entendido algo que nosotros complicamos demasiado: no siempre hay que estar haciendo algo para que algo importante esté ocurriendo.
Mientras duerme, su cuerpo se recupera.
Su cerebro procesa.
Su organismo regula funciones.
Su energía se conserva.
Y mientras nosotros creemos que “no está haciendo nada”, en realidad está haciendo exactamente lo que necesita.
Por supuesto, también debemos aprender a observar cambios.
Si un gato comienza repentinamente a dormir mucho más de lo habitual, pierde interés por jugar, deja de comer, se esconde más, cambia su comportamiento o muestra otros signos extraños, ya no hablamos simplemente de su naturaleza dormilona. Los cambios importantes respecto a su patrón habitual pueden justificar una consulta veterinaria.
Porque conocer lo normal también sirve para reconocer cuándo algo deja de serlo.
Pero cuando está sano, tranquilo y simplemente pasa otra tarde completamente rendido sobre nuestra cama, quizá podemos dejar de preguntarnos de qué está tan cansado.
Probablemente no esté cansado.
Está siendo gato.
Y me gusta pensar que hay algo profundamente bonito en permitirle hacerlo.
Sin exigirle comportarse como nosotros.
Sin convertir cada una de sus conductas en algo que debe corregirse.
Sin olvidar que, aunque viva dentro de nuestra casa, sigue teniendo una historia biológica propia.
La próxima vez que encontremos a nuestro gato completamente dormido en mitad del salón, quizás podamos observarlo durante unos segundos antes de despertarlo.
Ver cómo respira.
Cómo deja caer las patas.
Cómo mueve ligeramente las orejas.
Cómo se permite estar vulnerable porque siente que ese lugar es seguro.
Entonces esas dieciséis horas de sueño dejan de parecer pereza.
Se convierten en naturaleza.
En confianza.
En adaptación.
Y quizás también en un pequeño recordatorio para nosotros.
No todo lo valioso ocurre mientras estamos corriendo.
A veces descansar no significa escapar de la vida.
Significa sentirse suficientemente seguro como para dejar de vigilarla durante un rato.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Quizás dormir tranquilo no sea hacer nada. A veces es la forma más silenciosa de demostrar que uno se siente en casa.
