Hay personas de treinta años que sienten que llevan cincuenta viviendo.
No necesariamente porque estén enfermas, ni porque hayan tenido una vida extraordinariamente difícil. A veces simplemente están cansadas. Cansadas de correr, de cumplir, de compararse, de producir, de responder mensajes, de pagar cuentas, de intentar construir un futuro mientras sienten que el presente se les escapa entre las manos.
Y quizás ahí empieza una conversación incómoda sobre nuestra generación.
Durante mucho tiempo pensamos el envejecimiento como algo sencillo: pasan los años, aparecen las canas, llegan algunas arrugas y el cuerpo empieza lentamente a cambiar. Era casi una línea recta entre la fecha de nacimiento y el deterioro físico.
Pero la ciencia lleva tiempo mostrando algo más complejo: cumplir años y envejecer biológicamente no son exactamente la misma cosa.
Dos personas pueden tener la misma edad y, sin embargo, sus organismos pueden estar recorriendo caminos muy distintos.
Investigaciones recientes han vuelto a poner sobre la mesa una posibilidad inquietante: algunas generaciones más jóvenes podrían estar mostrando señales de envejecimiento biológico acelerado en comparación con generaciones anteriores. Algunos estudios incluso han encontrado asociaciones entre ese envejecimiento adelantado y determinados problemas de salud que están apareciendo antes de lo esperado.
Pero más allá del titular, hay una pregunta mucho más cercana.
¿Qué estamos haciendo con nuestra vida para sentirnos tan agotados siendo todavía jóvenes?
Porque quizás el verdadero problema no sea que los millennials estén envejeciendo más rápido.
Tal vez el problema sea que muchas personas llevan años viviendo como si su cuerpo tuviera que soportarlo todo.
Trabajamos sentados durante horas frente a una pantalla.
Descansamos mirando otra pantalla.
Nos despertamos revisando notificaciones.
Comemos algunas veces con prisa.
Dormimos pensando en lo que quedó pendiente.
Intentamos relajarnos mientras seguimos respondiendo mensajes.
Salimos con amigos, pero miramos el celular varias veces durante la conversación.
Terminamos una jornada laboral y la oficina continúa dentro del bolsillo.
Y cuando finalmente llega el silencio, muchas veces no sabemos qué hacer con él.
Entonces buscamos otro video.
Otro mensaje.
Otra serie.
Otra distracción.
Otra cosa que impida quedarnos unos minutos solos con nuestros propios pensamientos.
Quizás nunca habíamos tenido tantas herramientas para ahorrar tiempo y, paradójicamente, nunca habíamos sentido tanta falta de tiempo.
Esa contradicción me parece profundamente generacional.
La tecnología prometió simplificarnos muchas cosas, y efectivamente lo hizo. Podemos trabajar desde cualquier lugar, hablar con alguien al otro lado del mundo, aprender prácticamente cualquier tema, organizar nuestra vida, hacer pagos, comprar, estudiar y resolver problemas desde un dispositivo que cabe en la mano.
Pero también apareció otra realidad.
Si podemos hacer todo desde cualquier lugar, entonces pareciera que tenemos que estar disponibles en todos los lugares.
El trabajo entra en la casa.
Las noticias entran en la cama.
Las comparaciones entran en nuestras relaciones.
Las preocupaciones del mundo entero entran en nuestra cabeza antes siquiera de levantarnos.
Y el cuerpo, mientras tanto, intenta adaptarse.
Tal vez una de las cosas que menos entendemos sobre nosotros mismos es que el cuerpo no distingue perfectamente entre un peligro físico real y una preocupación permanente.
Una notificación urgente.
Una deuda.
Un problema laboral.
Una discusión.
La sensación de estar quedándonos atrás.
La incertidumbre económica.
La necesidad constante de demostrar que estamos progresando.
Una relación complicada.
La ansiedad por el futuro.
Ninguna de esas cosas nos está persiguiendo físicamente por la calle, pero nuestro organismo puede permanecer durante horas en un estado de alerta silenciosa.
Y vivir demasiado tiempo en alerta tiene consecuencias.
El estrés ocasional forma parte de la vida. Incluso puede ayudarnos a reaccionar, concentrarnos o resolver situaciones difíciles. El problema aparece cuando esa alarma prácticamente nunca se apaga. La investigación actual relaciona el estrés psicológico sostenido con procesos vinculados al envejecimiento biológico acelerado.
Quizás por eso hay cansancios que no se arreglan durmiendo un domingo.
Porque no siempre estamos cansados solamente de trabajar.
Estamos cansados de pensar.
De anticipar.
De compararnos.
De intentar controlar cosas que todavía no han ocurrido.
También hemos convertido el sueño en una especie de cuenta bancaria de la que retiramos horas esperando devolverlas después.
“Esta semana duermo poco, el fin de semana recupero.”
“Cuando termine este proyecto descanso.”
“Cuando pase este semestre duermo mejor.”
“Cuando consiga ese trabajo tendré más tranquilidad.”
Pero siempre aparece algo después.
Dormir termina siendo lo primero que sacrificamos cuando creemos que necesitamos producir más.
Y quizás ahí haya otra contradicción extraña de nuestra época: admiramos a quien se mantiene ocupado permanentemente.
Decir “estoy lleno de trabajo” algunas veces suena casi como una medalla.
Dormir ocho horas puede parecer pereza.
Desconectarse parece falta de ambición.
No responder inmediatamente puede interpretarse como desinterés.
Descansar todavía produce culpa en muchas personas.
Sin embargo, mientras nosotros tratamos el sueño como tiempo perdido, nuestro organismo lo utiliza para realizar tareas fundamentales.
La ciencia sigue encontrando relaciones entre patrones de sueño inadecuados y procesos asociados con el envejecimiento de distintos sistemas del cuerpo. Incluso investigaciones recientes han observado que tanto dormir demasiado poco como mantener duraciones extremas de sueño pueden relacionarse con señales de envejecimiento biológico más acelerado.
Pero quizás el sueño sea solamente una parte del problema.
También está el movimiento.
Muchas personas jóvenes vivimos una paradoja bastante curiosa.
Nuestros antepasados necesitaban moverse para sobrevivir.
Nosotros necesitamos hacer ejercicio porque hemos construido una vida en la que casi no necesitamos movernos.
Podemos pedir comida sin levantarnos del sofá.
Trabajar sin caminar.
Estudiar sin salir de una habitación.
Hablar con nuestros amigos sin encontrarnos físicamente.
Comprar sin recorrer una tienda.
Entretenernos durante horas sin desplazarnos más de algunos metros.
Nunca había sido tan fácil vivir sin movimiento.
Y posiblemente tampoco había sido tan necesario decidir conscientemente movernos.
Nuestro cuerpo sigue siendo un organismo diseñado para caminar, cargar, estirarse, desplazarse y utilizar sus músculos.
La tecnología evolucionó mucho más rápido que nuestra biología.
Tal vez por eso muchas de las recomendaciones relacionadas con longevidad resultan sorprendentemente sencillas: movernos, alimentarnos razonablemente bien, dormir, reducir el estrés y mantener vínculos humanos significativos siguen apareciendo una y otra vez entre los factores asociados con un envejecimiento más saludable.
Lo interesante es que ninguna de esas cosas parece extraordinaria.
No requieren necesariamente dispositivos costosos.
Ni tratamientos futuristas.
Ni fórmulas secretas.
Son cosas profundamente humanas.
Mover el cuerpo.
Dormir.
Comer.
Respirar.
Conversar.
Sentir que pertenecemos a algún lugar.
Quizás precisamente por ser tan básicas las subestimamos.
Porque vivimos en una época fascinada por las soluciones complejas.
Queremos aplicaciones que midan el sueño antes de aprender a apagar el celular.
Queremos relojes que cuenten nuestros pasos antes de preguntarnos por qué casi nunca caminamos.
Queremos suplementos para sentir energía mientras seguimos durmiendo cinco horas.
Queremos técnicas para controlar el estrés mientras mantenemos una vida diseñada alrededor de la urgencia.
No digo esto como crítica hacia quien utiliza tecnología para cuidar su salud. Puede ser extraordinariamente útil.
La contradicción aparece cuando medimos absolutamente todo, excepto cómo nos estamos sintiendo.
También existe otro factor que me parece todavía más profundo: la soledad.
Porque podemos estar permanentemente conectados y, aun así, sentirnos tremendamente solos.
Tenemos seguidores.
Contactos.
Grupos.
Chats.
Historias.
Videollamadas.
Comunidades digitales.
Pero ninguna cantidad de notificaciones garantiza una relación humana profunda.
Y posiblemente una de las cosas más difíciles de reconocer en nuestra generación sea esta: sabemos comunicarnos constantemente, pero no siempre sabemos acompañarnos.
Podemos saber qué desayunó alguien que vive a miles de kilómetros y no tener idea de cómo se siente la persona que vive con nosotros.
Podemos tener conversaciones todos los días y aun así sentir que nadie nos conoce realmente.
Podemos recibir cien reacciones a una fotografía y terminar la noche sintiéndonos vacíos.
La soledad no siempre significa estar físicamente solo.
A veces significa no tener dónde poner lo que uno siente.
Y eso también parece tener consecuencias más allá de lo emocional. Investigaciones recientes han encontrado asociaciones entre aislamiento social, soledad y marcadores de envejecimiento biológico.
Eso debería hacernos pensar.
Quizás cuidar nuestra salud también significa conservar amistades.
Visitar a nuestros padres.
Llamar a nuestros abuelos.
Sentarnos a comer sin celulares.
Preguntar cómo está alguien y esperar realmente la respuesta.
Aceptar que necesitamos a otras personas.
Durante años se nos ha vendido la idea de independencia como sinónimo de madurez.
Tener nuestro dinero.
Nuestro apartamento.
Nuestros proyectos.
Nuestra estabilidad.
Nuestra vida.
Pero quizá hemos llevado esa idea demasiado lejos.
El ser humano nunca fue completamente independiente.
Necesitamos comunidad.
Necesitamos afecto.
Necesitamos conversación.
Necesitamos sentir que somos importantes para alguien más allá de nuestra productividad.
Y ahí aparece quizá otro de los grandes desgastes de nuestra generación: convertir la vida en una competencia permanente.
Estudiar rápido.
Graduarse rápido.
Conseguir trabajo rápido.
Ascender rápido.
Comprar vivienda rápido.
Viajar.
Emprender.
Invertir.
Casarse.
Tener hijos.
Encontrar propósito.
Ser saludable.
Verse bien.
Tener estabilidad emocional.
Ahorrar.
Disfrutar.
Y, además, publicar pruebas de que todo está funcionando.
Es agotador incluso escribirlo.
Las redes sociales amplificaron una sensación que probablemente siempre existió: mirar la vida ajena y preguntarnos si estamos atrasados.
Pero antes comparábamos nuestra vida con algunas personas cercanas.
Ahora podemos compararla con millones.
Siempre habrá alguien más joven ganando más dinero.
Alguien viajando más.
Alguien aparentemente más feliz.
Alguien con mejor cuerpo.
Alguien con una relación más bonita.
Alguien comprando su primera casa mientras nosotros seguimos intentando entender cómo pagar el próximo mes.
El problema es que casi nunca estamos comparando realidades completas.
Comparamos nuestro detrás de cámaras con el mejor momento seleccionado por otra persona.
Y después nos preguntamos por qué sentimos que estamos perdiendo.
Quizás esa sensación permanente de insuficiencia también envejece.
No solamente el cuerpo.
También la manera de mirar la vida.
Porque existe gente joven que dejó de sorprenderse.
Personas que viven esperando el viernes.
Esperando vacaciones.
Esperando diciembre.
Esperando que termine el año.
Esperando otra etapa.
Y una vida vivida siempre esperando puede pasar extraordinariamente rápido.
Ahí encuentro una diferencia importante entre vivir muchos años y sentirse vivo durante esos años.
La longevidad no debería convertirse únicamente en una obsesión por extender nuestra existencia.
¿Qué sentido tendría llegar a los noventa si pasamos sesenta años agotados intentando alcanzar una vida que nunca disfrutamos?
Quizás la pregunta no sea solamente cuánto vamos a vivir.
También cómo estamos viviendo ahora.
Porque hay hábitos que pueden deteriorarnos físicamente, pero también existen formas de vida que nos desgastan emocionalmente.
Guardar resentimientos durante años.
Vivir permanentemente preocupados por la opinión de otros.
Mantener relaciones que nos destruyen.
Trabajar únicamente para demostrar nuestro valor.
Negarnos cualquier descanso.
Sentir culpa cuando no estamos produciendo.
Creer que nuestra identidad depende completamente de nuestros resultados.
Quizás el cuerpo también termina contando historias que nunca nos atrevimos a contar con palabras.
Por supuesto, nada de esto significa que todos los millennials estén destinados a envejecer prematuramente.
Sería absurdo convertir una investigación científica en una sentencia generacional.
El envejecimiento es complejo.
Intervienen genética, ambiente, alimentación, actividad física, sueño, estrés, condiciones sociales, acceso a salud y muchos otros elementos.
Pero precisamente por eso el tema resulta interesante.
Porque nos recuerda que nuestra edad no es simplemente un número que aumenta cada cumpleaños.
También es una conversación diaria entre nuestro cuerpo y la vida que estamos construyendo.
Y algunas cosas no podemos controlarlas.
No elegimos nuestra genética.
No controlamos todas las enfermedades.
No decidimos completamente las circunstancias económicas, sociales o ambientales en las que vivimos.
Pero existen pequeñas decisiones sobre las que sí tenemos algo de influencia.
Dormir un poco mejor.
Caminar más.
Comer con menos prisa.
Buscar ayuda cuando algo emocionalmente nos supera.
Alejarnos algunas horas de las pantallas.
Conservar amistades.
Sentarnos con nuestra familia.
Aprender a estar solos sin sentirnos abandonados.
Decir que no.
Descansar sin sentir culpa.
Tal vez incluso recuperar alguna forma de espiritualidad, entendida no necesariamente como pertenecer a una religión específica, sino como recordar que nuestra existencia es más grande que las tareas que tenemos pendientes.
Hay momentos en los que necesitamos reconocer que no somos solamente trabajadores, estudiantes, clientes, usuarios, seguidores o productores.
Somos personas.
Con límites.
Con miedo.
Con sueños.
Con contradicciones.
Con necesidad de afecto.
Y quizás cuidar la salud comienza precisamente ahí: dejando de tratar nuestro cuerpo como una máquina que siempre puede producir un poco más.
No sé si nuestra generación realmente terminará envejeciendo más rápido que todas las anteriores.
La ciencia tendrá que seguir respondiendo esa pregunta.
Pero hay algo que sí podemos observar sin necesidad de un laboratorio.
Estamos cansados.
Y quizá el cansancio colectivo está intentando decirnos algo.
Tal vez no necesitamos obsesionarnos con permanecer jóvenes.
Quizás necesitamos aprender a vivir de una manera que no nos haga sentir viejos antes de tiempo.
Porque cumplir años nunca ha sido el verdadero problema.
El problema sería llegar al futuro y descubrir que pasamos demasiado tiempo intentando construir una buena vida mientras olvidábamos vivirla.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Tal vez envejecer bien no empiece intentando detener el tiempo, sino aprendiendo a habitarlo mejor.
