¿Cómo se supone que debemos confiar en el futuro cuando muchas veces sentimos que quienes toman las decisiones ni siquiera comprenden el presente que estamos viviendo?
Ser joven en América Latina es cargar con una contradicción difícil de explicar. Por un lado, nos dicen que somos el futuro, que tenemos todas las herramientas para transformar el mundo y que nunca una generación había contado con tanto acceso a la información. Por otro lado, cuando opinamos, cuestionamos o proponemos algo diferente, muchas veces nos responden que todavía nos falta experiencia, que estamos exagerando o que no entendemos cómo funciona la vida real.
Entonces uno termina preguntándose: ¿en qué momento se supone que nuestra voz comienza a valer?
Hace algunos años encontré un artículo de EL TIEMPO titulado “Jóvenes latinoamericanos: solidarios, escépticos y discriminados”, basado en una encuesta realizada en once países de la región:
Aunque fue publicado en 2019, la descripción todavía resulta incómodamente cercana. Tal vez han cambiado las plataformas que usamos, las conversaciones que dominan las redes y algunas de nuestras preocupaciones, pero la sensación de fondo sigue presente: somos una generación que quiere ayudar, que duda de las instituciones y que, al mismo tiempo, se siente excluida por ellas.
Y no creo que eso sea una casualidad.
Los jóvenes latinoamericanos hemos crecido viendo promesas que se repiten y problemas que permanecen. Hemos escuchado discursos sobre igualdad mientras conocemos personas que deben abandonar sus estudios para trabajar. Hemos oído hablar de oportunidades mientras muchos envían hojas de vida durante meses sin recibir una respuesta. Nos hablan de participación, pero en ciertos espacios juveniles parece que solo somos invitados para completar una fotografía.
Nos piden que confiemos, aunque muchas veces las instituciones no hacen lo suficiente para merecer esa confianza.
Quizás por eso somos escépticos.
Pero ser escéptico no significa que no nos importe nada. Tampoco significa que todos los jóvenes seamos indiferentes, negativos o enemigos de la política. En muchos casos, significa que aprendimos a desconfiar de las palabras cuando no vienen acompañadas de acciones.
Una promesa ya no nos impresiona tanto. Un discurso perfectamente preparado tampoco. Queremos coherencia, resultados y personas capaces de reconocer sus errores. Queremos líderes que conozcan las calles que dicen representar, que escuchen antes de responder y que comprendan que gobernar no consiste únicamente en aparecer durante una campaña electoral.
Sin embargo, hay algo curioso: mientras disminuye nuestra confianza en numerosas instituciones, nuestra sensibilidad frente a los problemas de otras personas parece crecer.
Lo vemos cuando sucede una tragedia y cientos de jóvenes organizan donaciones. Lo vemos en quienes crean campañas para proteger animales, defender el medioambiente, acompañar comunidades o recoger alimentos. Lo vemos en estudiantes que prestan sus conocimientos, diseñadores que ofrecen su talento, programadores que desarrollan herramientas y personas que utilizan sus redes para amplificar voces que antes quedaban ocultas.
No siempre tenemos dinero, contactos o poder. Aun así, encontramos alguna manera de ayudar.
Tal vez esa solidaridad nace de saber lo que significa sentirse ignorado. Cuando una persona ha experimentado el rechazo, la falta de oportunidades o la sensación de no encajar, puede desarrollar una sensibilidad especial hacia el dolor de los demás. No ocurre automáticamente, claro. El sufrimiento también puede volvernos duros. Pero en muchos jóvenes despierta una pregunta sencilla: “¿Qué puedo hacer yo para que otra persona no tenga que pasar por esto sola?”.
Esa pregunta tiene una fuerza enorme.
A veces pensamos que cambiar el mundo exige hacer algo gigantesco. Imaginamos fundaciones, movimientos masivos o discursos frente a miles de personas. Pero la solidaridad suele comenzar en lugares mucho más pequeños: escuchar a un amigo, compartir una oportunidad laboral, explicarle una tarea a alguien, respetar a quien piensa distinto, acompañar a una persona que se siente excluida o dejar de participar en una burla para no quedar bien con el grupo.
Son gestos pequeños, pero no insignificantes.
El problema aparece cuando nuestra solidaridad se queda únicamente en internet.
Las redes sociales nos permiten conocer realidades que antes permanecían lejos de nuestra mirada. Podemos enterarnos de una injusticia en otro país, apoyar una causa o escuchar el testimonio de alguien con una vida completamente distinta a la nuestra. Eso ha ampliado nuestra conciencia y ha hecho que muchas conversaciones necesarias lleguen a millones de personas.
Pero también existe el riesgo de confundir compartir una publicación con transformar una realidad.
Es fácil indignarse durante treinta segundos, publicar una historia y continuar deslizando la pantalla. Es fácil defender el respeto en público mientras maltratamos a alguien en privado. Es fácil colocar una frase sobre empatía y después burlarnos de la apariencia, el acento, la orientación, la religión, el origen o la condición económica de otra persona.
Nuestra generación tiene un discurso muy fuerte sobre la igualdad, pero todavía debe aprender a vivir esa igualdad en los espacios cotidianos.
Porque la discriminación no siempre aparece como una agresión evidente. A veces se esconde detrás de un chiste. Otras veces toma la forma de una mirada, un comentario aparentemente inocente, una oportunidad que nunca llega o un grupo que decide quién merece ser escuchado.
Muchos jóvenes han sido discriminados dentro de los mismos lugares que deberían protegerlos: colegios, universidades, familias, empresas y comunidades religiosas. Algunos han sentido que su origen social los convierte en menos capaces. Otros han tenido que modificar su manera de hablar para ser aceptados. También están quienes sienten que su apariencia determina cómo los tratan antes de que puedan demostrar quiénes son.
En América Latina nos gusta hablar de nuestra alegría, nuestra diversidad y nuestra capacidad para recibir a los demás. Y sí, tenemos una cultura profundamente cálida. Pero no podemos usar esa imagen para negar nuestros prejuicios.
Seguimos clasificando a las personas.
Por el barrio donde viven. Por la ropa que utilizan. Por el color de su piel. Por el colegio en el que estudiaron. Por su apellido. Por su forma de hablar. Por tener demasiado o por no tener suficiente. Incluso discriminamos a quienes no cumplen con una idea determinada de éxito.
A un joven que no estudia una carrera universitaria se le puede tratar como si no tuviera ambiciones. A quien trabaja en un oficio manual se le mira algunas veces con injusta superioridad. A quien todavía no sabe qué hacer con su vida se le presiona como si estar confundido fuera una falla moral.
Y la verdad es que casi todos estamos confundidos en algún momento.
Tenemos acceso a una cantidad absurda de información, pero eso no significa que tengamos claridad. Podemos comparar carreras, empleos, estilos de vida y caminos profesionales durante horas, pero terminar más perdidos que antes. Vemos personas de nuestra edad aparentemente exitosas y sentimos que estamos llegando tarde a una meta que ni siquiera elegimos conscientemente.
Las redes nos muestran logros sin mostrarnos siempre los procesos. Nos enseñan viajes, títulos, emprendimientos y celebraciones, pero pocas veces vemos las dudas, las deudas, los rechazos, las discusiones familiares o las noches en las que alguien pensó que no era suficiente.
Entonces aparece otra forma de discriminación: la que ejercemos contra nosotros mismos.
Nos tratamos con una dureza que jamás utilizaríamos con alguien que amamos. Nos comparamos con personas que viven realidades completamente diferentes. Sentimos vergüenza de avanzar lentamente. Pensamos que pedir ayuda es demostrar debilidad y que descansar es desperdiciar el tiempo.
Tal vez por eso una parte de la juventud se siente agotada aun antes de comenzar plenamente su vida adulta.
No somos flojos por preocuparnos por nuestra salud emocional. Tampoco somos débiles por cuestionar modelos de vida que hicieron daño a generaciones anteriores. Sin embargo, debemos cuidar que la búsqueda de bienestar no se convierta en una excusa para evitar toda incomodidad. Crecer también exige responsabilidad, disciplina y la capacidad de mantener ciertos compromisos cuando desaparece la motivación.
Esa es otra de nuestras contradicciones: queremos cambiar el mundo, pero algunas veces nos cuesta ordenar nuestra propia habitación interior.
Nos indignamos por los grandes problemas sociales, pero podemos evitar una conversación incómoda con alguien cercano. Exigimos honestidad a los gobiernos, pero no siempre somos sinceros con nosotros mismos. Defendemos la inclusión, aunque a veces solo escuchamos a quienes piensan igual.
Reconocer estas contradicciones no significa atacar a la juventud. Significa tomarnos en serio.
No somos una generación perfecta, ni tenemos por qué serlo. Somos jóvenes intentando comprender una época acelerada, ruidosa y llena de incertidumbres. Una época en la que la inteligencia artificial transforma trabajos, la información falsa compite con los hechos y las redes convierten cualquier error en una sentencia pública.
También vivimos en una región donde el lugar de nacimiento todavía influye demasiado en las oportunidades. No empieza la misma carrera quien cuenta con estabilidad económica, conexiones y educación de calidad que quien debe trabajar, cuidar a su familia y estudiar al mismo tiempo.
Decir que todos podemos alcanzar lo que soñamos suena bonito, pero puede ser cruel cuando ignora las desigualdades reales.
El esfuerzo importa. La disciplina importa. Las decisiones personales importan. Sin embargo, las condiciones también importan. No todo resultado es únicamente mérito individual, así como no toda dificultad es culpa de quien la enfrenta.
Comprenderlo debería hacernos más humildes.
Quien ha tenido oportunidades puede utilizarlas para abrir puertas, no para mirar desde arriba. Y quien ha enfrentado obstáculos no debería sentirse menos valioso por avanzar a otro ritmo.
En esa conciencia puede encontrarse una de las mayores fortalezas de la juventud latinoamericana. Sabemos que el mundo no es justo, pero todavía conservamos el deseo de hacerlo un poco más justo. Dudamos de las instituciones, pero seguimos organizándonos. Hemos vivido discriminación, pero queremos construir espacios donde otras personas puedan sentirse reconocidas.
Incluso nuestra relación con la espiritualidad refleja esa búsqueda.
Muchos jóvenes ya no aceptan una creencia solamente porque fue heredada. Preguntan, dudan y se alejan de instituciones cuando encuentran incoherencia. Eso puede interpretarse como falta de fe, pero también puede ser una búsqueda más profunda.
La espiritualidad no debería limitarse a repetir palabras. Debe notarse en la forma en que tratamos a las personas, especialmente a aquellas que no pueden ofrecernos nada a cambio. Creer en ese ser supremo en el cual confiamos tendría que volvernos más compasivos, no más arrogantes; más dispuestos a escuchar, no más rápidos para condenar.
Una fe que no produce humanidad corre el riesgo de convertirse solamente en apariencia.
En https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com se encuentra precisamente esa invitación a pensar la relación con lo trascendente desde la vida diaria. No desde la perfección, sino desde las preguntas, los aprendizajes y la necesidad de confiar cuando no tenemos todas las respuestas.
Yo tampoco tengo todas las respuestas.
No sé si nuestra generación será capaz de cambiar verdaderamente América Latina. Tampoco sé si la tecnología nos acercará más o terminará encerrándonos en espacios donde únicamente escuchamos nuestra propia opinión. No sé si lograremos recuperar la confianza en la democracia, en la educación, en las empresas, en los medios o en las comunidades religiosas.
Pero sí creo que existe algo valioso en nuestra inconformidad.
La inconformidad puede convertirse en resentimiento, pero también puede transformarse en acción. El escepticismo puede llevarnos a pensar que nada tiene sentido, aunque también puede impulsarnos a investigar, cuestionar y exigir mejores respuestas. El dolor de la discriminación puede aislarnos, pero igualmente puede enseñarnos a reconocer a quienes han sido dejados a un lado.
Todo depende de lo que hagamos con lo vivido.
No basta con decir que somos solidarios. Debemos practicar la solidaridad cuando no hay cámaras ni publicaciones. No basta con desconfiar del poder. También tenemos que prepararnos para ejercerlo con responsabilidad cuando llegue nuestro turno. No basta con denunciar la discriminación. Necesitamos revisar los prejuicios que permanecen dentro de nosotros.
Quizás el gran reto de nuestra generación sea aprender a construir sin repetir aquello que criticamos.
Necesitamos convertir las conversaciones en proyectos, las quejas en propuestas y la sensibilidad en compromiso. También necesitamos recuperar el valor de encontrarnos cara a cara, de escuchar sin preparar inmediatamente una respuesta y de comprender que una persona no es nuestra enemiga solo porque piensa diferente.
El futuro de América Latina no se construirá únicamente desde un teléfono, pero tampoco puede construirse ignorando la tecnología. No surgirá solo de la política tradicional, aunque tampoco será posible sin participación política. No dependerá exclusivamente de los jóvenes, pero será imposible si nuestra voz continúa siendo utilizada como decoración.
Somos solidarios porque conocemos la necesidad.
Somos escépticos porque hemos visto demasiadas contradicciones.
Y muchas veces nos sentimos discriminados porque todavía existen estructuras que deciden quién merece una oportunidad antes de conocer su historia.
Pero ninguna de esas palabras tiene que definir nuestro destino para siempre.
Podemos convertir la solidaridad en comunidad, el escepticismo en pensamiento crítico y la experiencia de la discriminación en una defensa firme de la dignidad humana.
No será inmediato. No será perfecto. Seguramente cometeremos errores y en ocasiones terminaremos pareciéndonos a aquello que juramos cambiar. Por eso necesitamos mantener viva la capacidad de revisarnos, pedir perdón y volver a empezar.
Ser joven no significa tener todas las respuestas. Tal vez significa conservar el valor de hacer preguntas que otros dejaron de hacerse.
Y mientras sigamos preguntándonos cómo construir una sociedad en la que todos puedan vivir con dignidad, todavía habrá esperanza.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Tal vez nuestra generación no recibió un mundo fácil, pero todavía puede decidir no entregarles a los que vienen uno más indiferente.
