domingo, 26 de julio de 2026

¿Y si el mejor regalo que una sociedad puede dar a un joven no es un discurso motivacional, sino una verdadera oportunidad?


Hay ideas que, apenas las escuchamos, parecen imposibles. No porque sean absurdas, sino porque nos hemos acostumbrado tanto a la realidad que cualquier propuesta diferente nos parece una fantasía. Eso fue exactamente lo que sentí cuando leí que el economista francés Thomas Piketty propone que cada joven reciba alrededor de US$132.200 al cumplir los 25 años, financiados mediante impuestos a las grandes fortunas y a las herencias multimillonarias.

Mi primera reacción fue de sorpresa. La segunda, de curiosidad. Y la tercera fue hacerme una pregunta mucho más profunda: ¿qué haría yo si hubiera tenido ese respaldo económico al comenzar mi vida adulta?

No creo que la respuesta sea la misma para todos. Algunos invertirían en un negocio. Otros pagarían una carrera universitaria. Algunos viajarían para conocer el mundo. Otros ayudarían a sus padres a salir de las deudas. Incluso habría quienes simplemente buscarían comprar una vivienda o comenzar una nueva etapa sin el peso de las obligaciones financieras que hoy acompañan a millones de jóvenes.

Más allá de la cifra, la propuesta de Piketty pone sobre la mesa un debate que muchas veces evitamos: el punto de partida no es igual para todos.

Vivimos en una sociedad donde solemos repetir que cualquiera puede salir adelante con esfuerzo. Y sí, el esfuerzo importa. El trabajo constante, la disciplina y la perseverancia hacen la diferencia. Sin embargo, también sería ingenuo pensar que todos comenzamos la carrera desde la misma línea de salida.

Hay jóvenes que heredan empresas, propiedades y patrimonio. Otros heredan deudas, responsabilidades familiares y pocas oportunidades. Ninguno eligió dónde nacer. Ninguno decidió cuál sería la situación económica de su hogar. Sin embargo, esa diferencia termina marcando gran parte del camino.

Eso no significa que el destino esté escrito. Significa que algunos deben recorrer un trayecto mucho más largo para llegar al mismo lugar.

Piketty lleva años estudiando la desigualdad económica. Su propuesta no pretende regalar dinero por regalarlo. Lo que plantea es que exista un capital inicial que permita a las nuevas generaciones tomar decisiones con mayor libertad. Según su visión, muchas personas no fracasan por falta de talento, sino porque nunca tuvieron la oportunidad de desarrollar ese talento.

Y esa idea merece una reflexión.

¿Cuántos emprendedores nunca iniciaron su proyecto porque no consiguieron financiación?

¿Cuántos artistas abandonaron su sueño porque debían trabajar para sobrevivir?

¿Cuántos estudiantes dejaron la universidad porque el costo era demasiado alto?

¿Cuántos jóvenes aceptan empleos que no disfrutan únicamente porque no tienen otra alternativa?

No se trata únicamente de dinero. Se trata de posibilidades.

Claro que la propuesta genera preguntas importantes. ¿Cómo se financiaría? ¿Qué impacto tendría sobre la economía? ¿Sería sostenible? ¿Podría generar inflación? ¿Qué impediría que algunas personas gastaran esos recursos irresponsablemente?

Son cuestionamientos completamente válidos.

Pero también es cierto que muchas de las políticas públicas que hoy consideramos normales alguna vez parecieron imposibles. La educación pública, la seguridad social, la reducción de las jornadas laborales e incluso muchos derechos laborales fueron vistos, en su momento, como ideas demasiado ambiciosas.

Eso no significa que toda propuesta radical sea correcta. Significa que vale la pena discutirlas antes de descartarlas.

Personalmente, más que quedarme pensando en la cifra de US$132.200, prefiero concentrarme en el mensaje que hay detrás de ella.

¿Qué tipo de sociedad queremos construir?

Una donde el lugar de nacimiento determine casi por completo el futuro de una persona, o una donde existan herramientas reales para que cada individuo pueda desarrollar su potencial.

Vivimos una época donde se habla constantemente de meritocracia. Me gusta creer en el mérito. Creo en el trabajo bien hecho. Creo en levantarse después de caer. Creo en la disciplina. Pero también creo que el mérito necesita oportunidades para florecer.

Una semilla extraordinaria no crecerá si nunca encuentra tierra fértil.

Lo mismo ocurre con las personas.

Como joven colombiano, he conocido historias de personas que comenzaron prácticamente desde cero y lograron construir una vida admirable. También he conocido historias de jóvenes brillantes que jamás pudieron demostrar todo lo que eran capaces de hacer porque las circunstancias terminaron imponiéndose.

Eso duele.

Y debería hacernos reflexionar.

No porque debamos esperar que el Estado resuelva todos nuestros problemas, sino porque una sociedad inteligente entiende que invertir en las nuevas generaciones no es un gasto: es una apuesta por el futuro.

Cuando un joven estudia, emprende, crea empleo o desarrolla nuevas soluciones, el beneficio no termina en esa persona. Toda la comunidad recibe el impacto.

Quizá por eso debates como el que propone Thomas Piketty son tan importantes. No porque obligatoriamente deban convertirse en política pública, sino porque nos recuerdan que siempre existen alternativas para pensar un mundo diferente.

En varias ocasiones he compartido reflexiones sobre cómo las grandes transformaciones comienzan con preguntas incómodas. En ese sentido, algunos artículos publicados en https://escritossabatinos.blogspot.com y varias reflexiones de https://juanmamoreno03.blogspot.com muestran precisamente esa invitación permanente a cuestionar aquello que damos por sentado y a construir conversaciones que trasciendan las noticias del día.

Al final, quizá la verdadera riqueza de esta propuesta no esté en el dinero, sino en la conversación que provoca.

Nos obliga a preguntarnos qué significa realmente la igualdad de oportunidades.

Nos invita a pensar si estamos formando una sociedad donde el talento pueda desarrollarse sin importar el apellido, el barrio o la cuenta bancaria.

Y también nos recuerda que el progreso no consiste únicamente en hacer crecer la economía, sino en permitir que más personas puedan construir un proyecto de vida digno.

No tengo una respuesta definitiva sobre si la propuesta de Piketty funcionaría exactamente como él la plantea. Seguramente requeriría ajustes, análisis técnicos y un enorme consenso político.

Pero sí tengo una certeza.

Nunca deberíamos dejar de imaginar formas de construir un mundo más justo.

Porque las sociedades cambian cuando alguien se atreve a cuestionar lo que parecía imposible.

Y quizá ese sea el verdadero valor de esta discusión: recordarnos que el futuro todavía puede escribirse de una manera diferente.

Gracias por llegar hasta aquí. Si esta reflexión despertó nuevas preguntas en ti, ya habrá cumplido su propósito.

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Juan Manuel Moreno Ocampo

"Las oportunidades no reemplazan el esfuerzo, pero sí pueden cambiar el lugar desde donde comienza cada historia."