sábado, 4 de julio de 2026

Conozca los zoológicos, acuarios y bioparques más famosos de Colombia



¿Cuántas veces uno mira a un animal a los ojos y siente que la vida le está diciendo algo sin usar palabras? A mí me pasa mucho. Uno cree que va a un zoológico, a un acuario o a un bioparque simplemente a pasear, a tomarse fotos, a distraerse un rato del estudio, del trabajo, del celular, de las noticias pesadas… pero termina saliendo con una pregunta más grande: ¿qué tan conscientes somos del país vivo que tenemos?

Colombia no es cualquier lugar. A veces lo repetimos tanto que se vuelve paisaje: “somos biodiversos”, “tenemos muchas especies”, “somos privilegiados”. Pero una cosa es decirlo y otra muy distinta es pararse frente a un jaguar, ver el vuelo de un ave, escuchar el sonido del agua en un acuario o entender que detrás de cada especie hay una historia de rescate, conservación, educación y responsabilidad. En Colombia existen zoológicos, acuarios, bioparques, aviarios y oceanarios que no solo reciben visitantes, sino que también hacen parte de procesos de bienestar animal, investigación y educación ambiental; incluso el Ministerio de Ambiente ha reconocido la existencia de decenas de estas entidades dedicadas a la fauna y la flora en el país.

Uno de los nombres que más suena es el Bioparque Ukumarí, en Pereira. Y no es casualidad. Ukumarí representa esa transformación que muchos lugares han tenido que hacer: pasar de la idea antigua de “exhibir animales” a crear espacios más amplios, más educativos y más conectados con la conservación. En 2025, el bioparque celebró una década desde su creación, destacándose como un espacio de conservación, bienestar animal, ciencia aplicada y educación ambiental. Me gusta pensar que lugares así nos obligan a cambiar la mirada: ya no se trata de ir a ver “qué animales hay”, sino de preguntarnos qué estamos haciendo para que sigan existiendo.

También está el Zoológico de Cali, uno de los más reconocidos del país. Para muchas familias colombianas, este lugar no es solo un plan turístico, sino una memoria. Hay personas que fueron de niños y luego volvieron con sus hijos, con sus sobrinos, con sus amigos. Pero más allá de la nostalgia, lo importante es que este tipo de espacios han ido entendiendo que su papel en el siglo XXI no puede ser superficial. Hoy se habla más de conservación, de especies nativas, de educación ambiental y de responsabilidad. Y eso me parece clave, porque un país que no conoce su fauna difícilmente la va a defender.

En Medellín aparece el Parque de la Conservación, que incluso desde su nombre ya marca una postura. Su página oficial lo presenta como un escenario del Valle de Aburrá donde conviven centenares de especies y donde se desarrollan procesos educativos e investigativos. Eso me parece bonito y fuerte a la vez: entender que la educación no siempre ocurre en un salón de clase. A veces uno aprende más caminando, observando, preguntándose por qué una especie está amenazada o por qué un ecosistema se está perdiendo.

En la costa Caribe, el Zoológico de Barranquilla también tiene un lugar especial. Además de su historia, Barranquilla está conectada con procesos importantes de conservación, como la protección del mono tití cabeciblanco, una especie endémica del Caribe colombiano y en peligro crítico. Proyectos como el liderado por la Fundación Proyecto Tití han mostrado que conservar no es solo cuidar animales, sino trabajar con comunidades, educación, reforestación y cambios culturales. Ahí uno entiende que la conservación no es una palabra bonita para poner en una cartelera: es trabajo real, constante y muchas veces silencioso.

Y no podemos dejar por fuera los acuarios. Colombia también mira hacia el mar, aunque a veces vivamos como si se nos olvidara. Espacios como el Oceanario de las Islas del Rosario o el Acuario Mundo Marino en Santa Marta nos recuerdan que la biodiversidad no termina en la selva ni en las montañas. También está en los arrecifes, en los peces, en las tortugas, en los tiburones, en todo ese universo azul que muchas veces conocemos apenas por documentales. En listados turísticos recientes, lugares como Parque Explora, el Oceanario, Acuario Mundo Marino, Ukumarí, el Zoológico de Cali, el Parque de la Conservación y el Zoológico de Barranquilla aparecen entre los zoológicos y acuarios más visitados o recomendados del país.

Pero aquí viene la parte que más me mueve: visitar estos lugares también nos pone frente a una contradicción. Porque sí, es bonito ver animales de cerca, aprender, caminar con la familia, comprar algo, tomarse una foto. Pero también hay una pregunta incómoda: ¿los estamos mirando con respeto o solo con curiosidad? ¿Estamos apoyando espacios que realmente trabajan por el bienestar animal o solo buscamos entretenimiento? Esa pregunta no tiene una respuesta simple, pero hacerse la pregunta ya es un comienzo.

Creo que los zoológicos y bioparques modernos tienen un reto enorme: demostrar con hechos que su existencia ayuda más de lo que limita. Y muchos en Colombia han avanzado hacia modelos donde la prioridad no es encerrar, sino rescatar, educar, investigar y conservar. De hecho, desde distintos sectores se ha hablado de la transición de zoológicos tradicionales hacia bioparques con ambientes más naturales, enriquecimiento para los animales y enfoque en bienestar. Eso no borra todos los debates, pero sí muestra que el mundo cambió y que estos espacios también tienen que cambiar.

A mí me gusta pensar que una visita bien hecha a un bioparque puede sembrar algo. Tal vez un niño vea por primera vez un oso de anteojos y años después quiera estudiar biología. Tal vez una familia entienda que no debe comprar fauna silvestre. Tal vez alguien salga con ganas de reciclar mejor, de cuidar el agua, de no apoyar el tráfico de animales, de valorar más los bosques. Tal vez suene idealista, pero a veces los cambios empiezan así: con una imagen que se queda en la memoria.

Colombia necesita más gente que viaje con conciencia. No solo gente que vaya, mire y se vaya. Necesitamos visitantes que pregunten, que respeten las normas, que no alimenten animales, que no golpeen vidrios, que no traten la naturaleza como decoración. Porque la biodiversidad no es un adorno turístico; es una responsabilidad colectiva.

Por eso, si estás pensando en conocer algunos de los zoológicos, acuarios y bioparques más famosos de Colombia, hazlo con el corazón despierto. Ve a Ukumarí en Pereira, al Zoológico de Cali, al Parque de la Conservación en Medellín, al Zoológico de Barranquilla, al Oceanario, al Acuario Mundo Marino o a los espacios naturales que tengas cerca. Pero no vayas solo a mirar. Ve a aprender. Ve a cuestionarte. Ve a recordar que la vida no gira únicamente alrededor de nosotros.

Al final, estos lugares nos ponen frente a algo que a veces olvidamos: no somos dueños del planeta, somos parte de él. Y cuando uno entiende eso, hasta caminar entre árboles se siente diferente.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces la naturaleza no necesita hablarnos duro; basta con mirarla de verdad para entender que también nos está cuidando.