¿Y si querer mucho a un gato no significara necesariamente entender cómo percibe la casa en la que vive?
Es una pregunta incómoda, porque cuando queremos a un animal solemos medir nuestro cariño por todo lo que hacemos por él: compramos una buena comida, buscamos un arenero adecuado, dejamos algún juguete tirado por la sala, le hablamos como si entendiera cada palabra y hasta aprendemos a reconocer ciertos maullidos. Poco a poco deja de ser simplemente “el gato” y empieza a formar parte de la familia.
Precisamente por eso hay algo que me parece interesante: podemos querer muchísimo a alguien y, aun así, organizar su mundo desde nuestra propia lógica.
No por indiferencia.
Por costumbre.
Una casa está diseñada principalmente para humanos. La cocina tiene un lugar para comer. El baño tiene un lugar para nuestras necesidades. Los objetos se acomodan buscando orden, limpieza y comodidad. Cuando llega un gato, intentamos encajar también sus cosas dentro de ese mapa que ya existe.
Entonces aparece una esquina perfecta para los platos.
Otro espacio parece ideal para el arenero.
Y listo.
Desde nuestros ojos todo funciona.
Pero quizá desde los suyos la historia sea distinta.
Ahí está una de esas pequeñas contradicciones que aparecen en la convivencia con otros seres vivos: compartimos el mismo espacio físico, pero no necesariamente habitamos la misma casa.
Nosotros vemos habitaciones.
Ellos perciben territorios.
Nosotros pensamos en decoración, facilidad para limpiar y espacios disponibles.
Ellos interpretan olores, distancias, movimientos, ruidos, rutas de escape, seguridad y tranquilidad.
Eso cambia bastante las cosas.
Pensemos, por ejemplo, en algo tan cotidiano como el agua. Para nosotros puede resultar completamente lógico poner el recipiente del agua al lado del plato de comida. Incluso parece más ordenado. Muchas tiendas venden los dos recipientes unidos precisamente porque visualmente tiene sentido: aquí está “la zona de alimentación del gato”.
Pero el gato no ha leído el manual de decoración de nuestra casa.
Tampoco entiende que compramos ese recipiente doble porque combinaba perfectamente con la cocina.
Su comportamiento conserva características desarrolladas durante muchísimo tiempo antes de que existieran apartamentos, baldosas, lavaderos o recipientes de cerámica con su nombre escrito.
Y ahí aparece una idea que me parece mucho más grande que hablar solamente de gatos: convivir exige aprender a mirar desde una perspectiva que no sea siempre la nuestra.
Porque a veces pensamos que comprender consiste en darle al otro lo que nosotros consideraríamos adecuado.
Y comprender puede ser exactamente lo contrario.
Puede ser descubrir que el otro necesita algo diferente.
Con los gatos se nota especialmente porque no suelen sentarse frente a nosotros para explicar sus incomodidades. No pueden decir: “Preferiría encontrar agua en otro lugar” o “Ese sitio me genera inseguridad”.
Simplemente actúan.
Quizá dejan casi intacto un recipiente.
Quizá buscan otro punto de la casa.
Quizá aparecen interesados en un grifo abierto, en un vaso olvidado sobre una mesa o en alguna fuente inesperada.
Y nosotros interpretamos esas conductas desde nuestras categorías humanas.
“Qué gato tan raro”.
“Qué mañoso”.
“Le compramos un bebedero y quiere tomar de mi vaso”.
Nos causa gracia.
Pero algunas veces esa conducta podría estar diciendo algo.
No necesariamente existe un problema grave detrás de cada comportamiento extraño, y tampoco sería sensato obsesionarnos con convertir cada movimiento del gato en una señal misteriosa que tenemos que descifrar. Sin embargo, observar sí puede enseñarnos mucho.
Hay una diferencia enorme entre vigilar y observar.
Vigilar nace muchas veces del miedo.
Observar nace de la curiosidad.
Uno quiere controlar.
El otro quiere comprender.
Tal vez por eso una de las cosas más útiles que podemos hacer cuando convivimos con animales sea recorrer nuestra propia casa intentando imaginar cómo podría sentirse desde otra altura, con otros sentidos y con necesidades diferentes.
Algo tan simple puede revelar detalles que nunca habíamos considerado.
¿Dónde está el agua?
¿Qué ocurre alrededor mientras bebe?
¿Tiene que acercarse a una zona muy transitada?
¿Dónde está la comida?
¿El arenero queda demasiado cerca?
¿Hay tranquilidad?
¿Tiene opciones?
La intención no debería ser convertir nuestra casa en un laboratorio perfecto para gatos.
La perfección también puede convertirse en otra forma de ansiedad.
Se trata más bien de abandonar durante unos minutos nuestra certeza de que, porque algo resulta cómodo para nosotros, necesariamente funciona igual de bien para ellos.
Esa idea me toca porque no ocurre únicamente con animales.
También pasa entre personas.
Muchas veces queremos desde nuestras propias medidas.
Aconsejamos usando nuestras experiencias.
Consolamos como nos gustaría que nos consolaran.
Esperamos que alguien demuestre cariño de la manera en que nosotros lo entendemos.
Incluso dentro de una familia pueden existir personas queriéndose profundamente y, al mismo tiempo, sintiéndose poco comprendidas.
No porque falte amor.
Porque algunas veces al amor le falta traducción.
Podemos tener las mejores intenciones y equivocarnos.
Aceptar eso no disminuye el cariño; probablemente lo hace más consciente.
Con un gato sucede algo parecido. Cuidarlo no consiste únicamente en asegurar que tenga alimento, agua y un lugar limpio. También implica preguntarnos cómo experimenta esas cosas.
Puede parecer una diferencia pequeña, pero cambia nuestra posición.
Pasamos de pensar “yo ya le puse agua” a preguntarnos “¿cómo está relacionándose él con ese lugar donde está el agua?”.
Dejamos de medir exclusivamente lo que damos y empezamos a observar cómo lo recibe.
Eso, curiosamente, también podría servirnos en nuestras relaciones humanas.
Hay regalos que nadie necesitaba.
Consejos que nadie pidió.
Conversaciones en momentos equivocados.
Gestos hechos con muchísimo cariño que no producen el efecto que imaginábamos.
Y aceptar esa posibilidad requiere cierta humildad.
Amar no nos convierte automáticamente en expertos sobre el ser amado.
Quizá solamente nos da una razón más poderosa para seguir aprendiendo sobre él.
Por eso me llaman la atención esos pequeños cambios domésticos que no requieren comprar absolutamente nada.
En una época en la que parece que cualquier problema debe solucionarse adquiriendo algún producto, resulta extraño pensar que quizá una mejora pueda consistir simplemente en mover un recipiente.
Estamos acostumbrados a relacionar el cuidado con el consumo.
Si queremos más a nuestra mascota, compramos algo.
Una cama mejor.
Un juguete nuevo.
Otro comedero.
Algún aparato inteligente conectado al celular que nos muestra estadísticas que probablemente el gato jamás pidió.
La tecnología puede ayudar muchísimo, claro. Pero también existe una clase de cuidado que ninguna aplicación puede reemplazar: prestar atención.
Mover el agua unos metros cuesta menos que comprar otro accesorio.
Observar durante algunos días cuesta solamente tiempo.
Reorganizar ciertos espacios exige más disposición que dinero.
Y ahí aparece otra contradicción de nuestra vida actual: tenemos herramientas cada vez más sofisticadas para conocer datos, pero seguimos necesitando aprender a mirar.
Tal vez nuestro gato no necesite siempre una solución más tecnológica.
Tal vez necesite que entendamos mejor su comportamiento.
Eso tampoco significa caer en afirmaciones absolutas.
Cada gato tiene su personalidad, sus preferencias y su historia. Lo que funciona en una casa puede no producir exactamente el mismo resultado en otra. Algunos parecen adaptarse tranquilamente a determinadas distribuciones mientras otros son muchísimo más sensibles.
Por eso observar al individuo que vive con nosotros sigue siendo fundamental.
No al gato imaginario de internet.
No al gato de un video viral.
No al gato de nuestro vecino.
Al nuestro.
Ese que duerme en lugares incomprensibles.
El que aparece precisamente cuando necesitamos utilizar el computador.
El que ignora una caja costosa y termina enamorado de la caja de cartón donde venía.
El que desarrolla hábitos propios que lentamente se mezclan con los nuestros.
Convivir termina siendo eso: una negociación silenciosa entre dos maneras de habitar.
Nosotros modificamos algunas cosas por ellos.
Ellos se adaptan muchísimo a nosotros.
Y posiblemente no siempre somos conscientes de cuánto les estamos pidiendo que se adapten.
Pensemos en todos los sonidos que nosotros consideramos normales: electrodomésticos, aspiradoras, televisores, puertas, conversaciones, tráfico, notificaciones, visitas. Pensemos también en todos los olores, movimientos y cambios dentro de una vivienda.
Para nosotros es “la casa”.
Para otro animal es un universo entero de estímulos que no percibe exactamente como nosotros.
Quizá por eso me parece tan valioso hacer de vez en cuando un ejercicio sencillo: cuestionar lo obvio.
No solamente preguntarnos si nuestro gato tiene agua, sino dónde la tiene.
No únicamente si posee un arenero, sino cómo es el espacio alrededor.
No solamente si tiene comida disponible, sino qué tan tranquilo resulta ese momento.
Son preguntas pequeñas.
Pero las preguntas pequeñas suelen revelar cosas grandes.
También podemos aplicarlas a nosotros mismos.
Tenemos amigos, ¿pero estamos presentes?
Tenemos familia, ¿pero conversamos?
Tenemos acceso permanente a otras personas mediante una pantalla, ¿pero sentimos compañía?
Tenemos cientos de herramientas diseñadas para ahorrar tiempo, ¿pero sentimos que tenemos tiempo?
A veces cumplimos con la existencia formal de algo y dejamos de preguntarnos por su experiencia real.
El recipiente está lleno.
La necesidad parece cubierta.
Caso cerrado.
Hasta que aprendemos a mirar un poco más.
Eso es quizá lo bonito de convivir con animales: nos obligan a salir parcialmente de nosotros mismos.
Un gato no organiza su existencia alrededor de nuestros argumentos. No le importa que para nosotros fuera más práctico dejar el bebedero precisamente allí. Su comportamiento responde a otra lógica.
Y esa resistencia silenciosa puede enseñarnos bastante.
Nos recuerda que el mundo no empieza ni termina en nuestra percepción.
Que hay otras formas de sentir seguridad.
Otros ritmos.
Otras necesidades.
Otras maneras de estar.
Puede parecer exagerado encontrar una reflexión humana detrás de algo tan pequeño como separar ciertos elementos dentro de una casa. Pero muchas veces la vida funciona así: las grandes ideas aparecen escondidas dentro de escenas aparentemente insignificantes.
Un recipiente.
Una esquina.
Un gato que decide beber en otro sitio.
Y una persona que, en vez de molestarse, se pregunta por qué.
Ese “por qué” cambia muchas cosas.
Porque cuando dejamos de interpretar toda conducta diferente como capricho, desobediencia o rareza, aparece la posibilidad de comprender.
Y comprender no significa justificar absolutamente todo.
Significa admitir que todavía hay cosas que no vemos.
Quizá esta tarde alguien mire los espacios de su casa de otra manera. Puede que mueva el agua, reorganice algún rincón o simplemente observe durante unos días qué ocurre.
Tal vez descubra un cambio.
Tal vez no.
Pero posiblemente habrá sucedido algo más importante: por unos minutos habrá intentado mirar su hogar desde unos ojos diferentes.
Y eso ya dice bastante sobre el cuidado.
Porque querer no siempre consiste en hacer más.
Algunas veces consiste en observar mejor.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Tal vez cuidar de verdad empiece cuando dejamos de preguntar únicamente qué estamos dando y empezamos a preguntarnos cómo lo está viviendo el otro.