domingo, 27 de septiembre de 2026

¿Y si admirar también significa saber quedarse afuera?


Hay algo extraño en nosotros: cuando algo nos parece extraordinario, muchas veces no nos basta con contemplarlo. Queremos acercarnos. Tocarlo. Fotografiarlo. Entrar en su espacio. Poder decir que estuvimos ahí.

Y quizá el problema comienza justamente en esa última frase: poder decir que estuvimos ahí.

Vivimos en una época en la que parece que las experiencias necesitan convertirse en evidencia. No basta con viajar, hay que mostrar el viaje. No basta con conocer un lugar, necesitamos encontrar el ángulo que nadie tenga. No basta con ver un animal impresionante desde lejos; empieza a aparecer la tentación de estar más cerca, bajar del barco, entrar al agua, conseguir la fotografía que probablemente hará que otros detengan el dedo mientras deslizan la pantalla.

Por eso me llamó tanto la atención todo el debate alrededor del turismo que permite a personas nadar cerca de orcas en estado salvaje.

No solamente por las orcas.

También por nosotros.

Porque detrás de esas aguas transparentes hay una pregunta bastante incómoda: ¿en qué momento nuestra admiración por la naturaleza empieza a convertirse en una forma de invasión?

Las orcas tienen algo que provoca una mezcla difícil de explicar. Son impresionantes, inteligentes, poderosas y, al mismo tiempo, profundamente misteriosas para quienes apenas conocemos el océano desde documentales, fotografías o videos.

Ver una desde una embarcación probablemente ya sería una experiencia imposible de olvidar.

Pero entonces aparece nuestra vieja costumbre humana:

“¿Y si podemos acercarnos un poco más?”

Después:

“¿Y si podemos entrar al agua?”

Después:

“¿Y si podemos nadar junto a ellas?”

Después aparecerán cámaras, drones, embarcaciones, operadores turísticos, clientes, horarios, reservas y personas viajando miles de kilómetros para vivir durante algunos minutos esa experiencia.

Lo curioso es que muchas veces todo comienza desde algo aparentemente bonito: admiración.

Queremos estar cerca de aquello que nos emociona.

Eso también ocurre entre personas.

Queremos conocer más a quien nos gusta. Queremos entrar en la vida de alguien que admiramos. Queremos sentirnos incluidos. Queremos disminuir la distancia.

Pero con el tiempo uno aprende que querer algo no siempre significa tener derecho a acercarse todo lo que uno quiera.

Hay espacios que deben respetarse.

Hay silencios que no necesitan ser llenados.

Hay vidas que podemos admirar sin convertirlas en parte de nuestra experiencia personal.

Tal vez eso también aplica a la naturaleza.

Durante mucho tiempo entendimos el planeta principalmente desde una lógica bastante humana: si algo existe, buscamos la manera de utilizarlo.

Un bosque puede convertirse en madera.

Una montaña puede convertirse en una mina.

Un río puede convertirse en energía.

Una playa puede convertirse en un complejo turístico.

Un animal puede convertirse en alimento, entretenimiento, espectáculo o experiencia.

No siempre lo hacemos con maldad.

Ese es precisamente uno de los puntos que más me inquieta.

Muchas de las decisiones que terminan causando daño no nacen necesariamente de alguien diciendo: “quiero destruir esto”.

A veces nacen de frases mucho más inocentes.

“Quiero conocerlo.”

“Quiero vivirlo.”

“Quiero compartirlo.”

“Quiero que otras personas puedan disfrutarlo.”

Incluso podemos convencer fácilmente a nuestra conciencia de que acercarnos a la naturaleza nos ayuda a valorarla.

Y probablemente sea cierto en muchos casos.

Quien observa una ballena, una tortuga marina o un animal salvaje en su propio entorno puede regresar a casa con una sensibilidad ambiental que antes no tenía.

Pero existe una diferencia delicada entre acercarnos a la naturaleza para comprenderla y esperar que la naturaleza se acomode para satisfacer nuestra curiosidad.

Y esa frontera no siempre es fácil de reconocer.

En el caso de las orcas, precisamente una de las preocupaciones actuales está relacionada con cuánto puede afectarles la exposición repetida a embarcaciones y nadadores. Una revisión científica publicada en 2026 sobre este tipo de turismo señala que todavía existe incertidumbre sobre las consecuencias ecológicas de largo plazo y analiza medidas de manejo aplicadas en el Golfo de California para intentar reducir el impacto humano.

La palabra que me queda dando vueltas es “incertidumbre”.

Porque nuestra especie tiene una relación complicada con ella.

Cuando sabemos que algo hace daño, al menos existe una señal clara.

Pero cuando todavía no sabemos cuánto daño podemos estar causando, frecuentemente seguimos adelante mientras llegan las respuestas.

Construimos.

Consumimos.

Probamos.

Explotamos.

Visitamos.

Multiplicamos la actividad.

Después investigamos sus consecuencias.

Tal vez eso tenga sentido en algunos campos. El conocimiento humano también avanza experimentando.

Pero cuando hablamos de ecosistemas o animales salvajes, hay algo que no podemos olvidar: ellos no aceptaron participar en nuestro experimento.

Una orca no entiende de turismo sostenible.

No conoce las regulaciones.

No sabe cuánto pagó alguien por subir a una embarcación.

No sabe que esa persona probablemente lleva años soñando con verla.

Simplemente está viviendo.

Buscando alimento.

Moviéndose.

Relacionándose con su grupo.

Sobreviviendo.

Y de repente aparecen motores, personas, cámaras y cuerpos entrando al agua.

Nosotros lo llamamos “una experiencia inolvidable”.

Desde el otro lado, no sabemos exactamente cómo se percibe.

Eso me hace pensar mucho en una característica que probablemente todos tenemos en alguna medida: creemos que nuestra intención define nuestras acciones.

Si tengo buenas intenciones, siento que lo que hago debe ser bueno.

Pero la vida me ha ido mostrando que intención e impacto no siempre caminan juntos.

Uno puede querer ayudar a alguien y terminar presionándolo.

Puede querer proteger a una persona y terminar controlándola.

Puede querer acompañar y terminar invadiendo.

Puede querer amar y terminar asfixiando.

No porque el amor sea malo.

Sino porque incluso las emociones más bonitas necesitan límites.

Quizás nuestra relación con la naturaleza también debería aprender eso.

Podemos amar profundamente algo sin necesitar poseerlo.

Podemos admirarlo sin tocarlo.

Podemos maravillarnos sin ocupar su espacio.

Y, sobre todo, podemos aceptar que no todas las experiencias posibles tienen que convertirse en experiencias disponibles.

Ese pensamiento choca bastante con el mundo en el que vivimos.

Estamos acostumbrados a pensar que, si existe demanda, tarde o temprano alguien encontrará cómo convertirla en oferta.

Queremos dormir bajo auroras boreales.

Queremos comer en lugares remotos.

Queremos subir montañas.

Queremos atravesar selvas.

Queremos acercarnos a volcanes.

Queremos nadar con animales salvajes.

Queremos visitar lugares que durante siglos fueron prácticamente inaccesibles.

La tecnología, el transporte y las redes sociales han reducido muchas distancias que antes protegían naturalmente ciertos lugares.

Y eso tiene un lado maravilloso.

Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de conocer el planeta.

El problema aparece cuando confundimos posibilidad con permiso.

Que podamos llegar a un lugar no significa automáticamente que debamos hacerlo.

Que podamos acercarnos a un animal no significa que tengamos que acercarnos.

Que algo pueda convertirse en actividad turística no significa necesariamente que deba convertirse en una.

Hay experiencias que quizá deberían conservar algo de distancia.

Incluso algo de misterio.

Pero la distancia parece haberse vuelto casi enemiga de nuestra generación.

Todo está diseñado para acercarnos.

Videollamadas.

Ubicación en tiempo real.

Cámaras con zoom increíble.

Drones.

Redes sociales.

Contenido transmitido desde cualquier parte del mundo.

Podemos observar casi todo.

Y paradójicamente, mientras más acceso tenemos, más difícil parece aceptar que algo permanezca fuera de nuestro alcance.

Quizá por eso me parece tan interesante pensar en una persona dentro de un barco, viendo una orca a cierta distancia.

Podría sentirse frustrada.

Tal vez viajó durante horas.

Tal vez pagó mucho dinero.

Tal vez esperaba una fotografía espectacular.

Pero también podría ocurrir algo diferente.

Podría simplemente verla aparecer entre las olas.

Una aleta negra.

Un movimiento breve.

Después desaparecer.

Y quizá eso sea suficiente.

No porque la experiencia haya sido pequeña.

Sino porque no todo lo valioso necesita suceder cerca.

Hay personas que pasan por nuestra vida durante poco tiempo y dejan una huella enorme.

Hay conversaciones de veinte minutos que recordamos durante años.

Hay paisajes que vemos desde una carretera y nunca olvidamos.

Hay canciones que escuchamos una sola vez en determinado momento y terminan asociadas para siempre a una etapa de nuestra vida.

La intensidad no siempre depende de la proximidad.

A veces depende de la atención.

Tal vez ese sea otro problema de nuestra época: estamos tan acostumbrados a capturar momentos que nos cuesta simplemente presenciarlos.

Cuando aparece algo extraordinario, nuestra mano busca el celular casi automáticamente.

Lo entiendo.

Yo también pertenezco a una generación que creció viendo cómo una parte importante de la vida terminaba convertida en fotografías, historias, videos y publicaciones.

No necesariamente está mal.

Guardar recuerdos es bonito.

Compartirlos también.

Pero a veces me pregunto cuántas experiencias empezamos a evaluar según lo bien que pueden verse desde afuera.

Porque una cosa es vivir algo.

Otra es vivir algo pensando en cómo se verá cuando lo publiquemos.

Y cuando esa lógica llega a la naturaleza, puede producir situaciones extrañas.

Personas viajando hasta lugares remotos para encontrarse con animales salvajes, mientras esos mismos animales terminan rodeados por las consecuencias de nuestra necesidad de encontrarlos.

Aquí aparece una contradicción bastante humana.

Decimos que queremos conectar con la naturaleza, pero muchas veces llevamos con nosotros todo aquello de lo que supuestamente queríamos escapar.

La prisa.

La competencia.

La necesidad de llegar primero.

La necesidad de conseguir la mejor imagen.

La sensación de que alguien más está viviendo algo que nosotros también deberíamos vivir.

Incluso ese miedo tan moderno de estar perdiéndonos algo.

Y entonces el océano deja de ser océano por un momento.

Se convierte en escenario.

La orca deja de ser simplemente un animal viviendo dentro de un ecosistema.

Se convierte en protagonista de nuestra experiencia.

Y nosotros volvemos a colocarnos en el centro.

Quizá esa sea la verdadera pregunta detrás de todo esto.

¿Por qué necesitamos estar siempre en el centro?

Durante siglos construimos una idea del mundo donde todo parecía existir alrededor de nuestras necesidades.

Pero cada vez comprendemos mejor que somos apenas una especie entre millones.

Muy poderosa, sí.

Capaz de modificar ecosistemas enteros.

Capaz también de estudiar, proteger y restaurar.

Pero seguimos siendo habitantes de un planeta que no empezó con nosotros y seguramente tampoco terminará con nosotros.

Hay algo espiritual, al menos para mí, en reconocer esa pequeñez.

No una pequeñez triste.

Una pequeñez liberadora.

Mirar el mar y entender que existen criaturas que viven vidas completamente independientes de nuestras preocupaciones, trabajos, discusiones, redes sociales, cuentas bancarias, elecciones y problemas diarios.

Mientras nosotros discutimos frente a una pantalla, una ballena cruza kilómetros de océano.

Mientras alguien revisa notificaciones, una tortuga busca dónde poner sus huevos.

Mientras una ciudad entera duerme, millones de animales continúan moviéndose por bosques, mares y montañas.

El mundo sigue ocurriendo sin nosotros.

Y aceptar eso puede ser una buena medicina contra esa necesidad constante de protagonismo.

También existe otro lado que no sería justo ignorar.

El turismo de naturaleza puede representar oportunidades económicas para comunidades que durante años han tenido pocas alternativas. Puede generar empleos, cambiar actividades tradicionales y crear incentivos para conservar animales que antes quizá eran vistos únicamente desde su utilidad económica inmediata.

Por eso estas conversaciones nunca son tan fáciles como decir “turismo malo, naturaleza buena”.

La realidad casi nunca funciona así.

Cuando existen familias dependiendo de una actividad, operadores intentando trabajar responsablemente, científicos investigando y turistas genuinamente interesados en aprender, prohibir o permitir se vuelve una discusión mucho más compleja.

Y quizá por eso la pregunta importante no sea solamente qué podemos hacer.

Tal vez sea cuánto estamos dispuestos a limitar nuestra propia experiencia para proteger aquello que decimos admirar.

Porque todos defendemos los límites cuando el sacrificio lo tiene que hacer otra persona.

La dificultad comienza cuando el límite nos toca.

Cuando significa no entrar al agua.

No acercarnos.

No conseguir la fotografía.

No vivir la experiencia exactamente como la imaginábamos.

Ahí descubrimos cuánto pesa realmente nuestra conciencia frente a nuestro deseo.

Y eso no ocurre solamente con las orcas.

Ocurre todos los días.

Con lo que compramos.

Con lo que consumimos.

Con la basura que producimos.

Con nuestra relación con otras personas.

Con la privacidad.

Con las redes sociales.

Con los animales.

Con nuestra familia.

Con el planeta.

Respetar muchas veces significa aceptar que existe una línea que podríamos cruzar, pero elegimos no hacerlo.

No porque alguien nos esté vigilando.

No porque exista una multa.

No porque esté prohibido.

Simplemente porque entendemos que el hecho de tener poder para hacer algo no nos entrega automáticamente el derecho moral de hacerlo.

Esa idea me parece especialmente importante ahora que la tecnología aumenta nuestras capacidades casi todos los días.

Cada generación tiene más herramientas para intervenir el mundo.

Podemos llegar más lejos.

Ver más.

Grabar más.

Construir más.

Modificar más.

Pero quizá el verdadero progreso no consista solamente en aumentar lo que somos capaces de hacer.

También podría consistir en desarrollar la sabiduría necesaria para saber cuándo no hacerlo.

Tal vez algún día alguien esté frente al mar y vea una orca aparecer a varios metros.

Podría pensar que sería increíble nadar junto a ella.

Probablemente lo sería.

Pero quizá exista otra experiencia igualmente poderosa:

quedarse quieto.

Mirar.

Reconocer que ese animal no está ahí para nosotros.

Y agradecer que, durante unos segundos, nuestras vidas hayan coincidido en el mismo planeta.

A veces creemos que respetar significa alejarnos de aquello que amamos.

Tal vez sea exactamente lo contrario.

Quizá una de las formas más profundas de amor sea entender que no necesitamos entrar en todos los espacios para sentirnos cerca.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Quizá cuidar el mundo también empiece cuando aprendemos que algunas maravillas no necesitan nuestra cercanía, sino nuestro respeto.