A veces siento que crecimos viendo el futuro equivocado.
Nos enseñaron que el mañana estaba lleno de robots metálicos, ciudades flotantes, inteligencia artificial dominando todo… pero siempre en inglés, siempre lejos, siempre ajeno. Como si el futuro fuera algo que se construía en Silicon Valley, en Tokio o en algún laboratorio europeo. Como si nosotros, acá, apenas fuéramos espectadores de una historia que nunca iba a ser nuestra.
Pero algo cambió.
Y no fue solo la tecnología.
Fue la forma en que empezamos a contarnos.
Hace poco me encontré con una reflexión sobre la ciencia ficción latinoamericana —inspirada en ese tipo de artículos que uno lee y no se le olvidan— donde se hablaba de zombis, extraterrestres y mundos extraños… pero no como en las películas que ya conocemos. Aquí los zombis no son solo muertos vivientes. Aquí los extraterrestres no vienen necesariamente a invadir. Aquí la selva no es un escenario… es un personaje.
Y ahí entendí algo que me incomodó un poco:
Nosotros no estamos escribiendo sobre el futuro… estamos escribiendo sobre lo que no hemos podido resolver del presente.
Porque en Latinoamérica, la ciencia ficción no es escapismo.
Es memoria.
Es crítica.
Es identidad.
Y también es dolor.
Lo más fuerte es que muchas de estas historias no se sienten lejanas. No parecen imposibles. Se sienten… demasiado reales. Como si fueran una extensión de lo que ya vivimos, pero llevado un poco más allá, como cuando sueñas algo que sabes que no pasó, pero igual te deja marcado.
Pienso en los zombis, por ejemplo.
En otras partes del mundo son criaturas sin alma, sin conciencia, puro terror. Pero acá… a veces parecen una metáfora demasiado clara. Gente que camina sin rumbo, sistemas que repiten patrones, sociedades que sobreviven más que vivir. Y no lo digo desde el juicio, lo digo desde esa sensación que a veces uno tiene cuando ve a alguien perderse en su rutina, en su estrés, en su desconexión.
A veces no necesitamos una historia de ciencia ficción para ver zombis.
Solo necesitamos mirar alrededor… o incluso mirarnos por dentro.
Y eso es lo que me parece brutal de esta forma de escribir.
No busca distraerte.
Busca confrontarte.
Busca hacerte sentir incómodo.
Busca que te preguntes cosas que normalmente evitas.
Algo parecido pasa con los extraterrestres en nuestras historias.
No son siempre esos seres avanzados que vienen con tecnología imposible. A veces son presencias más sutiles, más simbólicas. A veces representan lo desconocido, lo que no entendemos, lo que tememos o incluso lo que rechazamos.
Y en un continente como el nuestro, donde lo diferente muchas veces ha sido silenciado, desplazado o invisibilizado… eso pesa.
Porque el “extranjero” no siempre viene de otro planeta.
A veces vive al lado.
A veces es alguien que piensa distinto.
A veces eres tú mismo, cuando ya no encajas en lo que eras antes.
Y ahí es donde todo se vuelve más profundo.
Porque la ciencia ficción latinoamericana no está hablando de otros mundos.
Está hablando de nosotros… como si nos viéramos desde afuera por primera vez.
Y eso, créeme, no es fácil.
A mí personalmente me mueve mucho cuando estas historias se conectan con la naturaleza. Especialmente con la Amazonía.
Porque ahí hay algo que no logramos comprender del todo.
Algo que no cabe en nuestros modelos mentales, ni en nuestras ciudades, ni en nuestras formas de “progreso”.
La selva no es solo un lugar.
Es una forma de existir.
Y cuando la ciencia ficción se mete ahí, deja de ser futurista y se vuelve casi espiritual.
Como si el verdadero “alienígena” fuera el ser humano tratando de entender algo que siempre estuvo antes que él.
En ese punto, la línea entre lo real y lo imaginario se rompe.
Y eso me recuerda mucho a lo que alguna vez leí en BIENVENIDO A MI BLOG, donde se habla de cómo muchas veces la vida no se trata de entender todo, sino de aprender a habitar lo que no comprendemos.
Porque esa es otra cosa que he aprendido —no solo leyendo, sino viviendo—:
No todo necesita explicación para tener sentido.
A veces solo necesita presencia.
Y eso también se conecta con lo que se comparte en AMIGO DE. Ese ser supremo en el cual crees y confias., donde uno empieza a cuestionarse si lo que llamamos “realidad” es apenas una pequeña parte de algo mucho más grande.
Tal vez por eso estas historias nos incomodan tanto.
Porque no solo hablan del futuro.
Hablan de lo que no queremos ver del presente.
Hablan de lo que sentimos, pero no sabemos nombrar.
Hablan de lo que somos… cuando dejamos de fingir.
Y ahí es donde la ciencia ficción deja de ser entretenimiento.
Y se convierte en espejo.
Yo creo que estamos en un momento muy particular como generación.
Tenemos acceso a todo, pero entendemos poco.
Estamos hiperconectados, pero muchas veces desconectados de nosotros mismos.
Sabemos mucho de tecnología, pero poco de conciencia.
Y en medio de todo eso, estas historias aparecen como una especie de pausa.
Como un recordatorio de que el futuro no se trata solo de avanzar.
También se trata de preguntarnos hacia dónde… y para qué.
Porque si no lo hacemos, podemos terminar construyendo un mundo muy avanzado… pero profundamente vacío.
Un mundo donde todo funciona… pero nada tiene sentido.
Y eso sí sería una verdadera distopía.
Tal vez por eso me gusta tanto esta forma de escribir.
Porque no te da respuestas fáciles.
Porque no te tranquiliza.
Porque no te dice que todo va a estar bien.
Pero sí te invita a mirar distinto.
A cuestionar.
A sentir.
A pensar más allá de lo evidente.
Y eso, en un mundo que te empuja a ir rápido, a consumir, a distraerte… es casi un acto de rebeldía.
Hoy más que nunca, necesitamos ese tipo de rebeldía.
No la que destruye.
La que despierta.
La que incomoda.
La que te hace parar un segundo y preguntarte:
¿Estoy viviendo… o solo estoy funcionando?
¿Estoy eligiendo… o solo estoy repitiendo?
¿Estoy presente… o solo estoy pasando el tiempo?
Porque al final, más allá de zombis, extraterrestres o selvas infinitas…
La verdadera ciencia ficción puede ser esta:
Una vida donde realmente somos conscientes de lo que hacemos.
Donde sentimos lo que vivimos.
Donde dejamos de actuar en automático.
Y eso, aunque suene simple…
Es probablemente lo más difícil de lograr.
Si llegaste hasta aquí, tal vez no fue casualidad.
Tal vez algo dentro de ti también está buscando respuestas… o al menos mejores preguntas.
Y eso ya es un inicio.
Porque al final, no se trata de entenderlo todo.
Se trata de vivir con más verdad.
Agendamiento: Whatsapp +57 310 450
7737
Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros
grupos
Grupo de WhatsApp: Unete a nuestro
Grupo
Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal
Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo
👉 “¿Quieres más tips como
este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.
