Una reflexión sobre las redes sociales, los algoritmos y esa extraña sensación de estar conectados con todo, mientras nos desconectamos de nosotros mismos.
Hay algo bastante inquietante en abrir el celular para mirar una sola cosa y descubrir, cuarenta minutos después, que ni siquiera recordamos qué íbamos a buscar.
No pasó nada extraordinario. Nadie nos obligó a quedarnos. No apareció una persona amenazándonos para que siguiéramos viendo videos. Simplemente deslizamos el dedo una vez, después otra y otra más, hasta que el tiempo desapareció sin hacer ruido.
Y lo más extraño es que muchas veces ni siquiera terminamos felices.
Cerramos la aplicación con una sensación difícil de explicar. Hemos visto personas viajando, parejas enamoradas, gente haciendo ejercicio, desconocidos discutiendo, noticias preocupantes, bromas, recetas, consejos para mejorar nuestra vida y videos de personas que probablemente nunca volveremos a encontrar.
Vimos muchísimo.
Pero ¿cuánto de todo eso realmente queríamos ver?
Esa pregunta me parece más importante de lo que imaginamos, especialmente para quienes pertenecemos a una generación que ha crecido viendo cómo internet dejó de ser un lugar al que entrábamos para convertirse en un espacio del que casi nunca salimos.
No creo que las redes sociales sean malas por naturaleza. Sería demasiado fácil afirmarlo y, además, sería injusto.
Gracias a ellas podemos conocer realidades distintas, aprender cosas que antes parecían inaccesibles, mantener relaciones a distancia, compartir nuestras ideas e incluso encontrar oportunidades que de otra manera nunca habrían aparecido.
El problema empieza cuando una herramienta diseñada para conectarnos termina influyendo tanto en nuestra atención que dejamos de reconocer cuándo estamos eligiendo y cuándo simplemente estamos reaccionando.
Porque una cosa es utilizar una plataforma.
Y otra muy distinta es sentir que necesitamos regresar a ella constantemente, aunque no sepamos exactamente para qué.
La libertad también puede perderse sin que nadie nos la quite
Durante mucho tiempo imaginamos la pérdida de libertad como algo evidente. Una puerta cerrada, una prohibición, una orden que no podemos cuestionar.
Pero existe otra forma mucho más silenciosa de perder autonomía: acostumbrarnos a que alguien, o algo, decida permanentemente qué merece nuestra atención.
Los algoritmos de recomendación no necesitan conocernos como lo haría un amigo. Les basta con identificar patrones de comportamiento.
Qué nos hace detenernos.
Qué despierta nuestra curiosidad.
Qué contenido nos incomoda, pero seguimos mirando.
Qué publicaciones repetimos.
Qué temas provocan una reacción emocional.
A partir de esas señales, los sistemas pueden construir recomendaciones cada vez más ajustadas a nuestra conducta.
Y aquí aparece una contradicción interesante.
Podemos sentir que estamos viendo exactamente lo que queremos, cuando en realidad nuestras preferencias también están siendo moldeadas por aquello que vemos repetidamente.
No significa que todos estemos siendo manipulados de la misma manera ni que hayamos perdido completamente nuestra capacidad de decidir.
Significa que nuestra atención se desarrolla dentro de un entorno que no es neutral.
Un entorno donde permanecer unos segundos adicionales puede tener valor comercial.
Donde cada desplazamiento de pantalla genera información.
Y donde nuestra curiosidad, nuestras inseguridades y nuestras emociones pueden convertirse en señales utilizadas para recomendar el siguiente contenido.
Lo preocupante no es solamente cuánto tiempo pasamos conectados.
Es cuánto de nuestra vida mental estamos dispuestos a entregar sin preguntarnos qué recibimos a cambio.
Estamos aprendiendo a aburrirnos cada vez menos
Hay algo que me llama particularmente la atención: parece que hemos convertido cualquier momento vacío en una oportunidad para mirar una pantalla.
Esperar el ascensor.
Hacer una fila.
Sentarnos solos.
Viajar en transporte público.
Incluso esos minutos antes de dormir, cuando el día debería comenzar a terminar.
Casi siempre tenemos la posibilidad de sacar el celular.
Y lo hacemos con una naturalidad impresionante.
Pero me pregunto qué estamos perdiendo cuando desaparecen esos pequeños espacios en los que antes no sucedía absolutamente nada.
Porque aburrirse también puede ser importante.
No porque el aburrimiento sea agradable, sino porque nos obliga a encontrarnos con nuestros propios pensamientos.
Cuando no tenemos algo que mirar, empezamos a recordar conversaciones, imaginar posibilidades, cuestionar decisiones o simplemente observar lo que ocurre alrededor.
A veces aparecen ideas.
Otras veces aparecen preocupaciones.
Y en ocasiones encontramos emociones que habíamos estado evitando.
Tal vez por eso resulta tan tentador llenar cada silencio con estímulos.
Una pantalla puede ofrecernos distracción inmediata, mientras que escucharnos a nosotros mismos exige una disposición que no siempre tenemos.
Sin embargo, no todo pensamiento incómodo necesita ser silenciado.
Hay preguntas que solamente aparecen cuando dejamos de entretenernos.
¿Estoy satisfecho con la vida que llevo?
¿Por qué me afecta tanto lo que otros piensan?
¿Qué conversación estoy evitando?
¿Qué necesito cambiar?
Son preguntas difíciles de responder mientras vemos veinte videos consecutivos.
Y quizás ahí comienza una de las pérdidas más importantes de nuestra época: no necesariamente la capacidad de pensar, sino la disposición a permanecer el tiempo suficiente con una idea para comprenderla.
La comparación tiene una nueva velocidad
Las generaciones anteriores también se comparaban.
No inventamos la inseguridad ni la necesidad de reconocimiento.
Siempre han existido personas que parecen tener más éxito, mejores relaciones, mayores oportunidades o una vida aparentemente más interesante.
La diferencia es que ahora podemos observar cientos de esas vidas en cuestión de minutos.
Y no solamente las observamos.
Las comparamos con nuestra propia realidad.
Una persona de nuestra edad compra una casa.
Otra comienza un emprendimiento.
Alguien viaja por Europa.
Una pareja celebra su aniversario.
Un joven cuenta que consiguió independencia financiera antes de cumplir treinta años.
Y mientras tanto, nosotros podemos estar sentados en nuestra habitación, preocupados por un examen, buscando trabajo, intentando comprender qué queremos hacer con nuestro futuro o simplemente atravesando una semana complicada.
Racionalmente sabemos que las redes muestran fragmentos seleccionados.
Sabemos que una fotografía no representa una vida completa.
Sabemos que detrás de una publicación pueden existir dificultades que nunca conoceremos.
Pero entenderlo intelectualmente no siempre impide sentirnos insuficientes.
La comparación no necesita ser lógica para afectarnos.
Y cuando ocurre repetidamente, podemos empezar a medir nuestro propio proceso con referencias que desconocen nuestras circunstancias.
Me parece especialmente delicado para los jóvenes, porque estamos construyendo una identidad mientras recibimos constantemente modelos de lo que supuestamente deberíamos ser.
Cómo vestirnos.
Cómo vernos físicamente.
Cuánto dinero ganar.
Qué experiencias vivir.
Qué tan rápido alcanzar determinadas metas.
Hasta la felicidad parece tener una presentación visual que debemos aprender a reproducir.
Pero ¿qué ocurre cuando nuestra vida real no se parece a esa presentación?
Quizás empezamos a creer que estamos llegando tarde a un destino que nunca elegimos conscientemente.
Y esa es una forma bastante triste de vivir la juventud.
No todo lo que nos entretiene nos hace bien
Hay una diferencia importante entre disfrutar algo y necesitarlo constantemente.
Podemos pasar una tarde viendo videos divertidos y sentirnos bien.
Podemos descubrir música, aprender una habilidad o conversar con alguien que vive lejos.
Nada de eso tiene por qué convertirse en un problema.
Sería equivocado afirmar que cualquier uso prolongado de redes sociales constituye una adicción. Los hábitos digitales tienen diferentes causas y consecuencias, y no todas las personas experimentan la misma relación con las plataformas.
Pero también sería ingenuo ignorar que ciertos diseños digitales buscan facilitar que permanezcamos conectados.
La reproducción automática, las recomendaciones continuas y la posibilidad de desplazarnos indefinidamente reducen los momentos en los que necesitamos decidir conscientemente si queremos seguir.
Antes, cuando terminaba un programa de televisión, existía una pausa.
Cuando acabábamos un capítulo de un libro, podíamos cerrarlo.
Incluso una conversación telefónica tenía normalmente un comienzo y un final.
En muchas plataformas digitales, el contenido nunca termina.
Siempre existe algo más.
Un video más interesante.
Una publicación más reciente.
Una noticia más sorprendente.
Una opinión más provocadora.
Y esa abundancia puede crear una sensación engañosa: que si dejamos de mirar, estaremos perdiéndonos algo importante.
Pero resulta imposible estar al tanto de todo.
Mientras más contenido aparece, menos sentido tiene intentar consumirlo completamente.
No necesitamos conocer cada tendencia para participar en el mundo.
No necesitamos responder inmediatamente a cada mensaje para demostrar cariño.
No necesitamos tener una opinión sobre todos los acontecimientos para ser personas informadas.
Y, sobre todo, no necesitamos convertir cada minuto disponible en un minuto productivo, entretenido o compartido.
También tenemos derecho a no hacer nada.
¿Qué pasa con las relaciones cuando nuestra atención siempre está dividida?
Creo que una de las consecuencias más humanas de este fenómeno aparece en nuestras relaciones.
Podemos estar sentados frente a alguien y, al mismo tiempo, estar pendientes de lo que sucede en otro lugar.
Una notificación interrumpe una conversación.
Un video aparece durante una comida.
Un mensaje recibe atención mientras otra persona intenta contarnos algo importante.
No siempre lo hacemos por desinterés.
Muchas veces es una costumbre tan integrada en nuestra vida que apenas la percibimos.
Sin embargo, para quien está al otro lado, esa interrupción puede significar algo diferente.
Puede sentirse como una pequeña ausencia.
Como si estuviéramos físicamente presentes, pero emocionalmente disponibles solo por momentos.
Y eso me lleva a pensar en algo que las redes sociales no pueden resolver por sí solas: la necesidad de sentirnos escuchados.
Podemos recibir cientos de reacciones en una publicación y seguir sintiéndonos solos.
Podemos conversar con muchas personas durante el día y no haber tenido una sola conversación profunda.
Podemos conocer detalles de la vida de alguien a través de sus historias y, sin embargo, desconocer cómo se encuentra realmente.
Estar informados sobre una persona no es necesariamente estar cerca de ella.
La cercanía requiere algo más difícil de medir.
Tiempo.
Atención.
Paciencia.
La disposición de escuchar incluso cuando lo que nos cuentan no resulta emocionante.
Y quizás esa sea una de las contradicciones de nuestra generación: tenemos herramientas extraordinarias para comunicarnos, pero todavía necesitamos aprender a utilizarlas sin descuidar la presencia humana.
No se trata de idealizar un pasado sin teléfonos inteligentes.
Las personas también se ignoraban antes de internet.
Las familias también tenían problemas de comunicación.
La soledad no apareció con TikTok ni con Instagram.
Pero ahora contamos con una distracción disponible casi permanentemente, incluso durante los momentos que podrían acercarnos a otros.
Y eso merece, por lo menos, una reflexión.
También necesitamos cuestionar a quienes diseñan nuestra atención
Sería injusto colocar toda la responsabilidad sobre los usuarios.
Con frecuencia escuchamos recomendaciones como establecer límites, desactivar notificaciones o desarrollar disciplina.
Son medidas que pueden resultar útiles.
Pero no podemos ignorar que las decisiones individuales ocurren dentro de sistemas diseñados por empresas con intereses económicos.
Si una plataforma obtiene beneficios cuando sus usuarios permanecen conectados durante más tiempo, existe una tensión evidente entre sus objetivos comerciales y el bienestar de las personas.
Eso no significa que toda recomendación sea perjudicial ni que todos los desarrolladores actúen con malas intenciones.
Significa que debemos preguntarnos qué incentivos estamos creando.
¿Debería considerarse exitosa una plataforma únicamente porque consigue mantener nuestra atención?
¿O también debería evaluarse si ayuda a sus usuarios a conseguir aquello para lo que decidieron utilizarla?
Me parece una pregunta fundamental.
Porque una tecnología verdaderamente útil debería ampliar nuestras posibilidades, no aprovechar indefinidamente nuestras dificultades para desconectarnos.
También deberíamos exigir mayor claridad sobre el funcionamiento de las recomendaciones, mejores herramientas para controlar lo que vemos y protecciones especialmente cuidadosas para niños y adolescentes.
La responsabilidad tiene que ser compartida.
Entre empresas, instituciones, familias, educadores y usuarios.
No podemos pedirles a las personas que resuelvan exclusivamente con fuerza de voluntad problemas que también dependen de decisiones de diseño.
Tal vez el verdadero desafío no sea desconectarnos
A veces imagino cómo sería nuestra relación con la tecnología si dejáramos de preguntarnos solamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla y empezáramos a preguntarnos qué lugar ocupa en nuestra vida.
Porque dos horas utilizando internet para aprender, crear o conversar significativamente no necesariamente equivalen a dos horas de desplazamiento automático que nos dejan agotados.
El tiempo importa, pero también importa la intención.
¿Qué estaba buscando cuando abrí esta aplicación?
¿Lo encontré?
¿Cómo me siento después de utilizarla?
¿Estoy dejando de hacer algo que realmente me importa?
Son preguntas sencillas, aunque sus respuestas pueden resultar incómodas.
Quizás descubramos que utilizamos las redes para descansar.
O que buscamos compañía.
O que nos distraemos cuando estamos preocupados.
O que, simplemente, seguimos entrando porque ya no recordamos cómo era esperar sin mirar el celular.
No creo que debamos sentir vergüenza por reconocerlo.
Somos seres humanos que responden a estímulos, buscan reconocimiento, necesitan pertenecer y encuentran alivio en las distracciones.
No somos máquinas capaces de tomar decisiones perfectamente racionales todo el tiempo.
Pero reconocer nuestras vulnerabilidades puede ayudarnos a relacionarnos de otra manera con la tecnología.
No necesariamente necesitamos eliminar todas nuestras cuentas.
Tampoco convertir el uso del celular en una competencia de disciplina personal.
Tal vez necesitamos recuperar pequeños espacios de decisión.
Elegir cuándo queremos estar disponibles.
Permitir que una conversación termine sin revisar notificaciones.
Salir a caminar sin sentir la obligación de documentarlo.
Disfrutar una experiencia sin pensar inmediatamente en cómo se vería publicada.
Leer algo sin necesitar compartir nuestra opinión antes de terminar de comprenderlo.
Y aceptar que algunas de las cosas más importantes de nuestra vida probablemente nunca serán interesantes para un algoritmo.
Una conversación tranquila con nuestros padres.
Una tarde compartida con un amigo.
El silencio después de un día difícil.
La satisfacción de comprender algo que nos costó aprender.
La tranquilidad de no tener que demostrar nada.
Esas experiencias pueden no producir miles de visualizaciones.
Pero siguen teniendo valor.
Un valor que no depende de cuántas personas las observen.
La vida que sucede cuando nadie está mirando
Hay una idea que me parece especialmente importante: no todo lo que merece nuestra atención está diseñado para capturarla.
Las cosas más significativas de nuestra vida muchas veces son lentas.
Construir una amistad requiere tiempo.
Aprender algo difícil exige paciencia.
Comprender nuestras emociones puede resultar incómodo.
Conocer verdaderamente a una persona implica escuchar historias que no siempre tienen un desenlace sorprendente.
Incluso descubrir quiénes somos necesita momentos en los que no estamos intentando parecernos a nadie.
Las plataformas digitales pueden acompañarnos durante esos procesos, pero no deberían reemplazarlos.
Y quizás el desafío más grande de nuestra generación sea aprender a convivir con tecnologías extraordinariamente capaces sin entregarles todas nuestras decisiones cotidianas.
No creo que la solución esté en rechazar el progreso.
La tecnología forma parte de nuestra realidad y puede contribuir enormemente a mejorarla.
Pero avanzar tecnológicamente no garantiza que avancemos emocionalmente.
Podemos tener sistemas capaces de anticipar nuestros intereses y continuar sin comprender nuestras propias necesidades.
Podemos acceder a millones de respuestas y seguir evitando las preguntas que verdaderamente importan.
Podemos estar permanentemente conectados y sentir que nos falta tiempo para las personas que queremos.
Por eso, cuando pienso en nuestra relación con las redes sociales, no me preocupa solamente la cantidad de horas que podemos perder.
Me preocupa que terminemos acostumbrándonos a vivir pendientes de lo siguiente.
El siguiente video.
La siguiente notificación.
La siguiente tendencia.
La siguiente persona con quien compararnos.
La siguiente oportunidad de sentir que estamos participando en algo.
Mientras tanto, la vida continúa ocurriendo fuera de la pantalla.
No necesariamente de una manera más emocionante.
Pero sí de una manera que nos pertenece.
Quizás recuperar nuestra atención no consista en mirar menos por obligación, sino en aprender a mirar con mayor conciencia.
Entender que podemos disfrutar internet sin convertirlo en el centro de nuestra existencia.
Que podemos compartir momentos sin necesitar validación.
Que podemos informarnos sin sentir la responsabilidad de consumirlo todo.
Y que también podemos estar solos con nuestros pensamientos sin buscar inmediatamente algo que nos distraiga.
Al final, me queda una pregunta que no tiene una respuesta tan sencilla como parece:
Si mañana desaparecieran las recomendaciones automáticas y tuviéramos que elegir conscientemente cada contenido que consumimos, ¿seguiríamos dedicándole tanto tiempo a las mismas cosas?
Tal vez descubriríamos que muchas de nuestras preferencias son auténticas.
O tal vez encontraríamos intereses que habíamos dejado olvidados entre tantas sugerencias.
No lo sé.
Pero me gusta pensar que todavía tenemos la posibilidad de descubrirlo.
Porque nuestra atención no es solamente un recurso que las plataformas intentan conseguir.
También es una forma de expresar qué consideramos importante.
Y cuando decidimos a qué prestamos atención, de alguna manera también estamos decidiendo qué tipo de vida queremos construir.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Quizás uno de los actos más importantes de libertad en nuestra época sea aprender a estar presentes, incluso cuando ninguna pantalla nos está pidiendo atención.
