miércoles, 28 de enero de 2026

No son independientes, son conscientes: lo que los gatos revelan sobre nosotros



Hay algo profundamente honesto en los gatos. No hacen esfuerzo por agradar, no piden permiso para ser como son y no viven pendientes de la validación externa. Tal vez por eso, desde que tengo memoria, los gatos han sido más que animales en mi vida: han sido espejos. Espejos incómodos a veces, silenciosos casi siempre, pero brutalmente sinceros.

Cuando la ciencia empieza a desvelar curiosidades sobre los gatos —como lo hace el artículo de Antrozoología—, uno podría pensar que se trata solo de datos curiosos: cómo perciben el mundo, por qué duermen tanto, qué significa su ronroneo o cómo se comunican con nosotros. Pero cuando lees con calma, cuando conectas esos hallazgos con la vida real, te das cuenta de que no estamos hablando solo de biología o comportamiento animal. Estamos hablando de relaciones, de límites, de autonomía, de afecto sin posesión. Estamos hablando, sin quererlo, de nosotros mismos.

La ciencia ha confirmado, por ejemplo, que los gatos no son animales “independientes” en el sentido frío de la palabra. No son solitarios por desinterés, sino selectivos por naturaleza. Eligen cuándo acercarse, a quién y cómo. Esto me hace pensar en cuántas veces confundimos amor con control, cercanía con invasión, presencia con obligación. Los gatos se acercan cuando quieren, pero cuando lo hacen, están completamente ahí. No a medias. No por compromiso. Eso, para mí, es una lección brutalmente actual en una sociedad hiperconectada pero emocionalmente distraída.

Vivimos rodeados de notificaciones, mensajes, estímulos constantes. Estamos “presentes” en todos lados, pero conectados de verdad en casi ninguno. Y ahí aparece el gato, que puede pasar horas en silencio, aparentemente dormido, pero que está plenamente consciente de su entorno. La ciencia ha demostrado que incluso durante el sueño, los gatos mantienen un alto nivel de alerta sensorial. Descansan, pero no se desconectan de sí mismos. ¿Cuándo fue la última vez que descansamos sin culpa, sin ansiedad, sin sentir que estamos “perdiendo el tiempo”?

Hay algo profundamente espiritual en eso, aunque no siempre lo queramos ver así. En el blog Amigo de. Ese ser supremo en el cual crees y confías muchas veces se habla de la conexión silenciosa, de la fe que no necesita palabras ni demostraciones constantes. Los gatos parecen vivir desde ese lugar: no rezan, no explican, no justifican. Simplemente son. Y en ese “ser”, transmiten calma, presencia y una extraña sensación de orden interno.

Otro punto que la ciencia ha aclarado es el famoso ronroneo. Durante años se pensó que los gatos ronroneaban solo cuando estaban felices. Hoy se sabe que también lo hacen cuando sienten dolor, estrés o incluso cuando están enfermos. El ronroneo tiene una frecuencia que favorece la regeneración ósea y muscular, no solo en ellos, sino también en quienes los rodean. Es decir: el gato se autorregula, se calma a sí mismo, y al hacerlo, calma a los demás.

No puedo evitar relacionar esto con algo que leí hace tiempo en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde se hablaba de cómo muchas personas aprenden a sostener a otros mientras se sostienen a sí mismas en silencio. No desde el sacrificio, sino desde la coherencia interna. El gato no se rompe para sanar a otro. Se sana, y en ese proceso, sana. Qué distinta sería nuestra forma de relacionarnos si entendiéramos eso.

La ciencia también ha demostrado que los gatos reconocen la voz de sus humanos, aunque no siempre respondan. Esto me parece una de las verdades más incómodas y más hermosas al mismo tiempo. Nos escuchan. Siempre. Pero no reaccionan automáticamente. Eligen. En una época donde se espera respuesta inmediata a todo —mensajes, correos, llamadas, exigencias—, los gatos nos recuerdan que escuchar no implica obedecer, y que responder no siempre significa hablar.

En Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) se reflexiona mucho sobre la importancia del silencio como espacio de madurez, no como ausencia. Los gatos habitan ese silencio con una naturalidad que a los humanos nos cuesta aprender. Tal vez porque nos da miedo quedarnos a solas con lo que somos cuando no hay ruido alrededor.

Otra curiosidad científica fascinante es cómo los gatos se comunican más con los humanos que con otros gatos. El maullido, en realidad, es una adaptación social hacia nosotros. Entre ellos usan otros códigos: movimientos de cola, posturas, miradas. Es decir, el gato aprende nuestro lenguaje sin perder el suyo. No se diluye, no se mimetiza por completo. Se adapta sin dejar de ser.

Ahí hay una lección enorme para esta generación. Adaptarse no es desaparecer. Integrarse no es traicionarse. En El blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) he escrito varias veces sobre la presión de encajar, de cumplir expectativas ajenas, de moldearse para no incomodar. El gato incomoda, pero no agrede. Marca límites sin violencia. Se va cuando necesita espacio. Vuelve cuando hay confianza. No explica su proceso, simplemente lo vive.

La ciencia también ha observado que los gatos perciben cambios emocionales en sus humanos: niveles de estrés, tristeza, ansiedad. No siempre se acercan, pero muchas veces se quedan cerca, como vigilando. No para intervenir, sino para acompañar. Eso me parece profundamente humano, paradójicamente. A veces no necesitamos consejos, soluciones ni discursos. Solo alguien que esté ahí, sin invadir, sin juzgar.

En un mundo obsesionado con la productividad —tema que se aborda desde otra perspectiva en Todo En Uno.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/)—, los gatos nos recuerdan que el descanso también es una forma de inteligencia. Duermen entre 12 y 16 horas al día, y aun así son ágiles, atentos, eficientes cuando hace falta. No viven corriendo, pero tampoco están desconectados. Viven en equilibrio.

Quizás por eso los gatos despiertan tantas emociones opuestas: amor profundo o rechazo intenso. Nos confrontan. No se someten. No se dejan poseer. Y eso, en una cultura que aún confunde amor con control, resulta incómodo.

La ciencia puede seguir descubriendo datos fascinantes sobre ellos —su memoria, su percepción del tiempo, su relación con el entorno—, pero siento que lo más importante ya está frente a nosotros: los gatos no vienen a enseñarnos algo nuevo, sino a recordarnos algo que olvidamos. Cómo estar presentes. Cómo poner límites sin culpa. Cómo cuidar sin perderse. Cómo descansar sin miedo. Cómo amar sin cadenas.

Tal vez por eso, cuando un gato se acerca y se acurruca a tu lado, no se siente como una conquista, sino como un honor. No te eligió porque lo necesitabas. Te eligió porque confió.

Y en tiempos donde la confianza es frágil, donde todo parece transitorio, eso vale más que mil palabras.

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martes, 27 de enero de 2026

La paradoja de estar siempre conectados y sentirnos cada vez más solos

 


A veces me pregunto en qué momento dejamos de sentirnos realmente acompañados. No hablo de estar rodeados de gente, de notificaciones constantes o de historias que se actualizan cada quince segundos. Hablo de esa sensación más profunda, casi silenciosa, de saber que alguien nos ve de verdad, que nos escucha sin prisa, que entiende lo que no siempre sabemos poner en palabras. Crecí con un celular en la mano y con internet como parte del paisaje cotidiano, pero también crecí viendo a mis abuelos conversar horas enteras sin mirar un reloj, sin mirar una pantalla. Y esa comparación, aunque no siempre consciente, me ha acompañado mientras intento entender esta paradoja tan extraña de nuestra época: nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tan solos.

Las redes sociales llegaron prometiendo acercarnos. Y en muchos sentidos lo lograron. Gracias a ellas he conocido personas que jamás habría encontrado en mi barrio, he aprendido de culturas lejanas, he leído pensamientos que me han sacudido por dentro y he podido expresar cosas que, cara a cara, quizás no me habría atrevido a decir. No se trata de demonizarlas ni de caer en el discurso fácil de “todo tiempo pasado fue mejor”. No lo fue. Pero sí es necesario mirar con honestidad lo que está pasando dentro de nosotros mientras deslizamos el dedo por la pantalla.

Hay días en los que uno entra a Instagram, TikTok o X casi por reflejo. No porque haya algo urgente que ver, sino porque el silencio incomoda. Porque quedarse a solas con los propios pensamientos puede doler más que perderse en la vida editada de los demás. Vemos sonrisas, viajes, cuerpos perfectos, logros constantes. Y aunque sepamos, racionalmente, que todo eso está filtrado, recortado y muchas veces exagerado, algo dentro de nosotros se compara igual. Y en esa comparación silenciosa empieza a crecer una sensación rara: la de no ser suficiente, la de estar llegando tarde a la vida, la de sentirse solo incluso en medio de una multitud digital.

Lo que más me inquieta no es la cantidad de tiempo que pasamos conectados, sino la calidad del vínculo que estamos construyendo. Muchas interacciones, pocos encuentros reales. Muchos “likes”, pocas conversaciones profundas. Muchos seguidores, pocas personas que sepan cómo estamos de verdad. A veces siento que aprendimos a mostrarnos, pero no a sostenernos. A hablar, pero no a escucharnos. A opinar, pero no a acompañar.

He leído reflexiones que hablan de esto desde la psicología, como las que suele compartir Psyciencia, y aunque tienen un respaldo teórico importante, lo que más me impacta es cuando lo bajo a mi propia experiencia. Cuando me doy cuenta de que puedo pasar horas chateando y aun así sentir un vacío extraño al final del día. O cuando noto que una conversación cara a cara, sin celulares de por medio, me deja más tranquilo, más presente, más humano. Ahí entiendo que no es solo un problema de tecnología, sino de conciencia.

También he pensado mucho en cómo esta hiperconexión afecta nuestra espiritualidad. No necesariamente en un sentido religioso, sino en esa conexión interna con uno mismo y con algo más grande. Cuando todo el tiempo estamos recibiendo estímulos externos, opiniones ajenas, noticias, tendencias, ¿en qué momento escuchamos nuestra propia voz? ¿Cuándo nos damos el permiso de sentir sin compartirlo inmediatamente? En más de una ocasión he encontrado respuestas a estas preguntas leyendo reflexiones más espirituales en espacios como Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), donde el silencio, la fe y la introspección no se ven como una pérdida de tiempo, sino como una necesidad vital.

La soledad de la que hablo no siempre se manifiesta como estar físicamente solo. A veces es más sutil. Es sentirse incomprendido. Es no saber a quién acudir cuando algo duele. Es tener miedo de mostrarse vulnerable porque la lógica de las redes premia la fortaleza aparente, el éxito constante, la felicidad ininterrumpida. ¿Dónde queda el espacio para decir “no estoy bien”? ¿Dónde queda el permiso para fallar, para dudar, para cansarse?

Creo que parte del problema es que confundimos conexión con presencia. Estar disponible no es lo mismo que estar presente. Responder un mensaje no equivale a sostener a alguien emocionalmente. Ver una historia triste no implica acompañar el dolor real del otro. Y sin darnos cuenta, vamos entrenando nuestra empatía a medias, una empatía rápida, superficial, que reacciona con un emoji pero no siempre con un acto concreto.

En mi familia aprendí algo distinto. Aprendí que escuchar es un acto de amor. Que sentarse a la mesa y conversar sin interrupciones construye algo que ninguna red social puede replicar. Que mirar a los ojos sigue siendo una forma poderosa de decir “aquí estoy”. Esos aprendizajes no siempre aparecen en tendencias virales, pero sostienen la vida real. Y cuando los olvidamos, la soledad se cuela incluso en los espacios más llenos.

No es casual que hoy se hable tanto de salud mental, ansiedad y depresión, especialmente en jóvenes. No todo se debe a las redes sociales, claro. Hay factores económicos, sociales, culturales. Pero negar su influencia sería ingenuo. Vivimos comparándonos, midiéndonos, exponiéndonos constantemente. Y eso, a largo plazo, pasa factura. En algunos artículos que he leído en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/), se habla de la importancia de volver a lo esencial, de reconectar con lo humano en medio del ruido digital. Y cada vez estoy más convencido de que ese es el camino.

No se trata de cerrar cuentas ni de huir del mundo digital. Se trata de usarlo con más conciencia. De preguntarnos para qué estamos ahí. De aprender a desconectarnos sin culpa. De volver a llamar en lugar de solo escribir. De quedar para tomar un café sin necesidad de subir la foto. De vivir momentos que no estén pensados para ser compartidos, sino para ser vividos.

A veces pienso que nuestra generación tiene un reto enorme: aprender a integrar la tecnología sin perder el alma. Usar las redes como puente, no como sustituto. Como herramienta, no como refugio permanente. Y eso exige valentía. Valentía para estar solos un rato sin sentirnos vacíos. Valentía para profundizar en relaciones reales. Valentía para decir “esto no me hace bien” aunque sea popular.

Escribo esto no desde una posición de superioridad, sino desde la contradicción. Yo también caigo en la trampa del scroll infinito. Yo también busco validación. Yo también me he sentido solo estando conectado. Pero quizás el primer paso para cambiar algo es nombrarlo, hacerlo consciente, mirarlo de frente sin juzgarse demasiado.

Tal vez la verdadera conexión no empieza en una red, sino en un gesto sencillo: escuchar, preguntar, acompañar. Tal vez empieza cuando apagamos un poco el ruido externo y nos animamos a habitar el silencio interno. Tal vez ahí, en ese espacio incómodo pero honesto, volvemos a encontrarnos.

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lunes, 26 de enero de 2026

Viajar ya no es escapar: cómo la Generación Z está aprendiendo a moverse con sentido



La inteligencia artificial, el fin de los destinos virales y los viajes como autocuidado: así viajaremos la Generación Z y los millennials en 2026

Tengo 21 años y, aunque suene extraño decirlo así, ya me he cansado de viajar para aparentar. No porque viajar no valga la pena —todo lo contrario— sino porque durante mucho tiempo nos enseñaron que el viaje solo existe si se puede mostrar, si alguien lo valida, si una foto consigue suficientes “me gusta”. Hoy, mientras leo y releo cómo se proyecta el turismo para 2026, siento que algo profundo está cambiando, no solo en la forma de movernos por el mundo, sino en la manera en la que nos habitamos a nosotros mismos.

Viajar, para muchos de mi generación, dejó de ser una lista de destinos virales y empezó a parecerse más a una conversación interna. Ya no se trata de ir donde todos van, sino de ir donde algo adentro necesita respirar. Y en medio de todo eso aparece la inteligencia artificial, no como el villano frío que reemplaza experiencias humanas, sino como una herramienta que, bien usada, puede ayudarnos a viajar con más conciencia, menos ansiedad y menos comparación.

Durante años crecimos viendo videos de “lugares imperdibles antes de morir”, “top 10 destinos más instagrameables”, “si no vas aquí, no existes”. Muchos viajamos así: siguiendo rutas que no elegimos, durmiendo poco, corriendo mucho, tomando fotos que no sentíamos. Yo mismo lo hice. Y aunque no me arrepiento, hoy entiendo por qué muchos terminaban regresando más cansados de lo que se fueron. El viaje se volvió una tarea más que cumplir, no un espacio de autocuidado.

Ahora, cuando se habla del fin de los destinos virales, no se habla del fin de viajar, sino del fin de una forma superficial de hacerlo. La Generación Z y los millennials estamos empezando a decir “no” a lo masivo, a lo prefabricado, a lo que no nos representa. Preferimos menos lugares, pero más tiempo. Menos fotos, pero más silencios. Menos listas, más intuición.

La inteligencia artificial entra aquí de una forma interesante. No para decirnos a dónde ir porque “está de moda”, sino para ayudarnos a diseñar viajes alineados con nuestro estado emocional, nuestro presupuesto real, nuestro ritmo personal. La IA ya no es solo un algoritmo que vende experiencias; puede convertirse en una especie de espejo que nos devuelve preguntas: ¿qué necesitas ahora?, ¿descansar o moverte?, ¿conectar con personas o contigo?, ¿naturaleza o ciudad?, ¿aventura o pausa?

Y esto conecta mucho con algo que he leído y reflexionado en distintos espacios de escritura personal, como en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/), donde muchas veces se habla de la vida como un proceso más que como un resultado. Viajar también es eso: proceso, no trofeo.

En 2026, viajar será —o al menos eso espero— una forma legítima de autocuidado. No en el sentido comercializado del “date un gustico”, sino en el sentido profundo de cuidar la mente, el cuerpo y el espíritu. Viajar para dormir mejor, para caminar sin audífonos, para escuchar pensamientos que en la rutina evitamos. Viajar para sanar duelos, para cerrar ciclos, para abrir otros.

Hay algo que casi no se dice: muchas personas viajan porque no saben cómo descansar en casa. Porque el hogar se volvió un lugar de estrés, de pantallas, de pendientes. El viaje aparece como una excusa para desconectarse, pero en realidad es una necesidad no atendida. La diferencia es que ahora empezamos a reconocerlo sin culpa. Decimos: necesito parar. Necesito salir. Necesito silencio. Y eso, lejos de ser debilidad, es conciencia.

También está cambiando la relación con el dinero y el consumo. Ya no todos queremos hoteles cinco estrellas ni experiencias de lujo vacío. Muchos preferimos alojamientos sencillos, locales, humanos. Queremos saber quién nos recibe, no solo cuántas estrellas tiene el lugar. Queremos que el viaje no sea una carga financiera que después nos persiga con ansiedad. Y aquí la tecnología vuelve a ayudar, no a imponerse: planificación más realista, menos impulsiva, más honesta.

Este cambio de mentalidad también dialoga con temas más amplios como la sostenibilidad, el impacto local y la responsabilidad. Viajar sin destruir. Visitar sin invadir. Disfrutar sin explotar. En espacios como Todo En Uno.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/) se reflexiona mucho sobre cómo la tecnología y la conciencia pueden ir de la mano, no solo en empresas, sino en la vida diaria. Viajar también es una decisión ética, aunque no siempre lo notemos.

Hay algo muy humano en todo esto: estamos cansados de vivir para mostrar. Queremos vivir para sentir. Y eso se nota en cómo viajamos, cómo trabajamos, cómo nos relacionamos. La IA, paradójicamente, puede ayudarnos a volver a lo humano si la usamos con criterio. No para reemplazar la experiencia, sino para despejar el ruido que nos impide disfrutarla.

A veces pienso que nuestra generación no quiere huir del mundo, sino aprender a estar en él sin romperse. Viajar se convierte entonces en un acto de cuidado personal, casi terapéutico. No porque solucione todo, sino porque abre espacios. Espacios para pensar, para llorar, para agradecer, para callar. En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) he leído reflexiones que me recuerdan que el silencio también es una forma de respuesta. Muchos viajes del futuro se parecerán más a eso: silencios que ordenan.

No sé exactamente cómo viajaré en 2026. Lo que sí sé es cómo no quiero hacerlo: corriendo, comparándome, demostrando. Quiero viajar como quien se escucha. Como quien se permite no saber. Como quien entiende que el destino no siempre está en el mapa, sino en el estado interno con el que uno llega.

Quizás por eso el fin de los destinos virales no es una pérdida, sino una liberación. Ya no necesitamos que un lugar nos valide. Necesitamos que nos transforme, aunque sea un poco. Aunque sea solo enseñarnos a respirar distinto por unos días.

Y si la inteligencia artificial puede ayudarme a encontrar ese tipo de viaje, bienvenida sea. Pero la decisión final seguirá siendo humana. Intuitiva. Imperfecta. Porque al final, viajar no es huir de la vida, sino aprender a vivirla con más presencia.

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domingo, 25 de enero de 2026

Lo que desechamos también alimenta: una reflexión incómoda sobre la orina, la tierra y nuestra forma de vivir



A veces uno se sorprende de las cosas que damos por sentadas. De lo que hacemos todos los días sin pensar, casi en automático, y que desaparece de nuestra mente apenas ocurre. Algo tan cotidiano como ir al baño, por ejemplo. Nunca me había detenido a pensar seriamente en la orina humana más allá de lo que nos enseñan en el colegio: que es un desecho, que hay que eliminarlo, que es algo “sucio”. Pero leer, contrastar, investigar y, sobre todo, reflexionar desde una mirada más consciente me llevó a un lugar inesperado. A uno incómodo, incluso. Y creo que ahí es donde empiezan las conversaciones importantes.

Vivimos en una época obsesionada con separar lo “limpio” de lo “sucio”, lo “útil” de lo “inservible”. Tiramos comida mientras otros pasan hambre. Desperdiciamos agua potable para arrastrar algo que, paradójicamente, está compuesto en su mayoría por agua. Y al mismo tiempo hablamos de sostenibilidad, de crisis climática, de escasez de recursos, como si fueran conceptos lejanos, abstractos, que no atraviesan nuestra rutina diaria. Pero sí lo hacen. Todo el tiempo.

La orina humana, aunque suene extraño decirlo así, no es un residuo tóxico. De hecho, en condiciones normales, es prácticamente estéril cuando sale del cuerpo. Contiene nitrógeno, fósforo, potasio… los mismos nutrientes que aparecen en los fertilizantes químicos que se venden a gran escala y que tanto daño han hecho a los suelos y a las fuentes hídricas. Durante siglos, antes de que existiera la agricultura industrial, distintas culturas ya reutilizaban los desechos humanos como parte del ciclo natural. No era algo “innovador”, era sentido común conectado con la tierra.

Lo que pasa es que nos desconectamos. Nos urbanizamos. Nos alejamos de los procesos reales que sostienen la vida. Hoy compramos fertilizantes en bolsas con advertencias químicas, mientras descartamos diariamente litros de un recurso que, bien gestionado, podría reducir la contaminación y devolver nutrientes al suelo. Y no, no se trata de romantizarlo ni de proponer soluciones simplistas. Se trata de cuestionar la lógica con la que vivimos.

Leyendo más allá de la fuente inicial, encontré experiencias actuales en países como Suecia, Finlandia o incluso en comunidades rurales de África y Asia, donde la orina humana se recolecta, se almacena de forma segura y se utiliza como fertilizante con resultados reales: mayor productividad agrícola, menos dependencia de insumos químicos, reducción de costos y menor impacto ambiental. No es ciencia ficción. Es ciencia aplicada con conciencia.

Pero aquí es donde entra la parte humana, la que no siempre aparece en los artículos técnicos. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar estas ideas? Creo que tiene que ver con el asco aprendido, con los tabúes, con una educación que nos enseñó a expulsar y olvidar, no a cerrar ciclos. Nos dijeron que el progreso era alejarse de lo natural, cuando tal vez el verdadero avance está en reconciliarnos con ello, desde el conocimiento y la responsabilidad.

Este tema también me hizo pensar en algo más amplio: cómo gestionamos lo que producimos como sociedad, no solo en términos biológicos, sino económicos, empresariales y humanos. Así como desperdiciamos nutrientes, también desperdiciamos talento, tiempo, energía emocional. En más de una ocasión he leído reflexiones profundas sobre esto en espacios como https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/, donde se habla de sostenibilidad empresarial no solo como un concepto verde, sino como una forma más consciente de organizar la vida y el trabajo. Al final, todo está conectado.

Incluso desde una mirada legal y ética, el tema abre preguntas interesantes. ¿Qué pasa con la gestión de residuos? ¿Con la responsabilidad ambiental? ¿Con el derecho a un ambiente sano? No es casualidad que, en otros contextos, se relacione esto con políticas públicas, regulación y educación ciudadana. En https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/ he encontrado análisis que, aunque se centran en datos personales, me han hecho reflexionar sobre algo similar: cómo el mal manejo de lo que generamos (datos, residuos, información) termina afectándonos a todos.

Como joven, me genera una mezcla de esperanza y frustración. Esperanza porque existen alternativas, porque hay personas pensando distinto, porque no todo está perdido. Frustración porque seguimos atrapados en modelos que sabemos que no funcionan, pero que sostenemos por costumbre, por miedo o por comodidad. A veces siento que mi generación está en medio de dos mundos: uno que se cae a pedazos y otro que todavía no terminamos de construir.

No se trata de que mañana todos empecemos a usar orina como fertilizante en nuestras casas. Eso sería irresponsable y poco realista. Se trata de abrir la conversación, de cuestionar la idea de “basura”, de entender que la naturaleza no produce desechos, solo ciclos mal cerrados. Y de preguntarnos qué otros recursos estamos desperdiciando sin darnos cuenta.

Esta reflexión también conecta con algo más íntimo. Con cómo vemos nuestro propio cuerpo, nuestros procesos, nuestras imperfecciones. Tendemos a rechazar lo que no encaja en la imagen “bonita” que queremos mostrar. Pero incluso eso que ocultamos tiene valor, tiene sentido, cumple una función. En https://escritossabatinos.blogspot.com/ he leído textos que me recuerdan constantemente que la espiritualidad también está en lo cotidiano, en lo incómodo, en lo que preferimos no mirar.

Tal vez el verdadero aprendizaje de todo esto no está en la orina como fertilizante, sino en la pregunta que deja: ¿qué pasaría si empezáramos a vivir entendiendo que nada de lo que somos y producimos es completamente inútil? ¿Qué cambiaría si dejáramos de ver la vida en términos de descarte y empezáramos a verla como un flujo constante de transformación?

No tengo respuestas definitivas. Tengo preguntas, inquietudes y ganas de seguir aprendiendo. Y creo que eso ya es un buen punto de partida.

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sábado, 24 de enero de 2026

Cuando amar también implica decir no: lo que la obesidad en mascotas nos está queriendo mostrar


Hay temas que uno no busca, sino que lo encuentran. A mí este me llegó una tarde cualquiera, viendo a un perro del barrio acostado en la acera, respirando con dificultad, mientras su dueño —con la mejor intención del mundo— le ofrecía otra galleta “porque pobrecito, se ve triste”. Nadie quería hacerle daño. Nadie pensaba que estaba enfermándolo. Y ahí entendí algo que se repite mucho en la vida: el amor sin conciencia también puede lastimar.

Hablar de obesidad en mascotas no es solo hablar de kilos de más. Es hablar de cómo nos relacionamos con quienes dependen completamente de nosotros. Es hablar de hábitos heredados, de culpas humanas, de rutinas aceleradas, de soledades compartidas y, sobre todo, de una idea equivocada de cuidado. Porque muchas veces creemos que amar es dar sin límites, cuando en realidad amar también es ponerlos.

Vivimos en una época donde todo tiende al exceso. Exceso de comida, de estímulos, de pantallas, de ansiedad. Y nuestras mascotas no están por fuera de ese mundo: lo habitan con nosotros. Si nosotros comemos mal, nos movemos poco y vivimos estresados, ellos lo sienten, lo absorben y lo reflejan en su cuerpo. La obesidad en perros y gatos no aparece de la nada; es el resultado de una suma silenciosa de decisiones cotidianas.

Durante años se pensó que un animal “gordito” era sinónimo de salud, de buena vida, incluso de ternura. Hoy sabemos que no es así. La obesidad en mascotas es una enfermedad crónica y multifactorial, reconocida por la medicina veterinaria, que aumenta el riesgo de problemas articulares, cardiovasculares, respiratorios, metabólicos y reduce significativamente la esperanza y calidad de vida. No es estética. Es salud. Es bienestar. Es dignidad.

Uno de los factores más comunes es la sobrealimentación. No solo en cantidad, sino en calidad. Muchos animales consumen alimentos ultra procesados, premios constantes, restos de comida humana cargados de sal, grasa y azúcar. Todo eso se acumula en un cuerpo que no está diseñado para manejar esos excesos. A eso se suma el sedentarismo: mascotas que pasan horas solas en apartamentos pequeños, con paseos cortos, sin estimulación física ni mental suficiente. El resultado es predecible, pero pocas veces asumido con responsabilidad.

También hay factores genéticos, hormonales y de edad. Algunas razas tienen mayor predisposición al aumento de peso. Animales esterilizados pueden requerir ajustes específicos en su dieta. Mascotas mayores se mueven menos y queman menos energía. Nada de esto es una condena, pero sí una invitación a observar, informarse y actuar con criterio. Aquí es donde el acompañamiento veterinario deja de ser opcional y se vuelve esencial.

Lo que más me impacta es cómo, muchas veces, la obesidad en mascotas refleja emociones humanas no resueltas. Personas que compensan su ausencia con comida. Familias que expresan afecto solo a través de premios. Dueños que proyectan su propia ansiedad o culpa en el plato del animal. No lo digo desde el juicio, sino desde la empatía. Porque somos humanos, y amar también nos confronta con nuestras propias carencias.

En uno de los artículos que he leído sobre responsabilidad y conciencia cotidiana, publicado en https://juliocmd.blogspot.com/, se habla de cómo el cuidado real implica informarse y hacerse cargo, incluso cuando incomoda. Esa idea aplica perfectamente aquí. Cuidar a una mascota no es solo acariciarla y decirle que es hermosa; es tomar decisiones difíciles por su bien, aunque no siempre las entienda.

El tratamiento de la obesidad en mascotas no es mágico ni inmediato. Requiere tiempo, constancia y un cambio de mentalidad. Empieza por una evaluación veterinaria completa: peso ideal, estado de salud, posibles enfermedades asociadas. Continúa con un plan nutricional personalizado y una rutina de actividad adaptada a la edad y condición del animal. Y, quizás lo más importante, exige coherencia del humano que acompaña el proceso.

No sirve de nada comprar el mejor alimento si seguimos dando “un poquito de esto” o “solo hoy”. Las mascotas no negocian con lógica; responden a patrones. Y los patrones los creamos nosotros. Así como en las empresas se habla de procesos claros para evitar errores —algo que he visto bien explicado en reflexiones de https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/— en la vida cotidiana también necesitamos estructura, límites y seguimiento. La improvisación constante, incluso desde el cariño, suele tener consecuencias.

Hay algo profundamente espiritual en cuidar bien a un animal. No desde lo religioso, sino desde la conciencia de interdependencia. Ellos no eligieron su entorno, ni su comida, ni su nivel de actividad. Confían. Y esa confianza nos obliga éticamente. En https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/ se reflexiona mucho sobre el cuidado como acto de coherencia entre lo que sentimos y lo que hacemos. Creo que pocas experiencias lo ponen tan a prueba como la relación con una mascota.

También es importante hablar de prevención. Educar desde temprano, medir porciones, establecer rutinas de juego, enriquecer el ambiente, observar cambios de comportamiento. Todo eso reduce enormemente el riesgo de obesidad. Y no requiere grandes recursos, sino atención y compromiso. A veces creemos que cuidar bien es costoso, cuando en realidad lo costoso es reparar lo que pudo evitarse.

En el fondo, este tema no va solo de mascotas. Va de cómo entendemos la responsabilidad afectiva. De cómo aprendemos a amar sin dañar. De cómo dejamos de confundir indulgencia con cuidado. Si somos capaces de revisar esto con quienes dependen de nosotros sin condiciones, quizás también podamos hacerlo en otros vínculos: con personas, con el entorno, con nosotros mismos.

Yo no escribo esto desde la perfección. También he cometido errores. También he dado premios de más, he pospuesto caminatas, he dicho “mañana empezamos”. Pero escribir, reflexionar y aprender me ha enseñado que siempre estamos a tiempo de hacerlo mejor. Que la conciencia no llega para culpar, sino para transformar.

La obesidad en mascotas es un llamado silencioso a vivir con más presencia. A mirar de verdad. A preguntarnos si lo que hacemos nace del amor consciente o de la comodidad emocional. Y a entender que cuidar es una acción diaria, no una intención abstracta.

Descripción de imagen para el blog:
Una imagen realista de un joven sentado en el suelo de un parque al atardecer, junto a su perro, ambos mirándose a los ojos. El perro tiene una expresión tranquila y confiada. Al fondo, árboles y luz cálida filtrándose entre las hojas. La escena transmite introspección, vínculo, responsabilidad y conexión auténtica entre humano y animal. Sin texto, con énfasis en emociones y cercanía.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

viernes, 23 de enero de 2026

La nutricionista que nos hizo ver que comer nunca fue solo una decisión personal



Hay una idea que durante mucho tiempo nos vendieron como incuestionable: comer es una decisión personal. Algo íntimo, privado, casi moral. Si comes bien, es porque eres disciplinado. Si comes mal, es porque no te cuidas. Así de simple. O al menos eso parecía.

Pero hay momentos en la vida —y textos que uno lee en el momento justo— que te obligan a detenerte y a desmontar esas certezas que parecían tan sólidas. Hace poco me encontré con la historia y el pensamiento de una nutricionista que, sin necesidad de gritar ni señalar culpables, demostró algo profundamente incómodo: lo que comemos no depende solo de nosotros. Y cuando uno entiende eso, ya no vuelve a mirar su plato de la misma manera.

Yo tengo 21 años. Crecí en una generación que vive entre la hiperconexión y la ansiedad constante. Una generación a la que le dicen que todo es elección: qué comes, qué estudias, qué trabajas, qué sueñas, qué fallas. Y aunque hay algo de verdad en eso, también hay una carga muy pesada que nadie nos enseñó a cuestionar: la culpa. La culpa de no hacerlo “mejor”. La culpa de no ser “más saludable”. La culpa de no estar siempre a la altura de lo que Instagram, TikTok o los gurús del bienestar prometen.

Durante años pensé que comer bien era simplemente cuestión de voluntad. Si no lo hacía, era porque me faltaba disciplina. Porque no me organizaba. Porque no quería lo suficiente. Pero la vida real no funciona como los posts motivacionales. La vida tiene horarios rotos, trabajos mal pagos, estrés acumulado, mercados lejanos, alimentos caros y publicidad constante diciéndote qué “deberías” consumir para ser feliz.

Ahí es donde esta reflexión me golpeó fuerte. Porque cuando alguien se atreve a decir que la alimentación está atravesada por la industria, la política, el marketing, la desigualdad y la cultura, no te está quitando responsabilidad: te está devolviendo humanidad. Te está diciendo que no estás fallando tú; que hay un sistema entero empujándote en ciertas direcciones mientras te repite que todo es tu culpa.

Vivimos rodeados de decisiones que creemos libres, pero que están cuidadosamente guiadas. Desde pequeños nos acostumbraron a ver ciertos productos como normales, necesarios, incluso afectivos. Hay sabores que nos remiten a la infancia, a la comodidad, al premio después de un día difícil. Y detrás de eso no solo hay recuerdos familiares; hay estrategias, estudios, inversiones millonarias diseñadas para que asociemos comer con calmar, con anestesiar, con seguir sin parar.

Esto no es una teoría conspirativa. Es una realidad que se puede observar cuando uno empieza a mirar con más atención. Basta con entrar a un supermercado y ver qué es lo más barato, lo más accesible, lo más visible. Basta con comparar el precio de los alimentos frescos frente a los ultraprocesados. Basta con preguntarse por qué comer “saludable” parece un lujo y no un derecho básico.

En algún punto, esta reflexión se conecta con algo que he leído y vivido también desde otros espacios del ecosistema Todo En Uno. Por ejemplo, cuando en Organización Empresarial TodoEnUno.NET se habla de cómo los sistemas —empresariales, sociales, económicos— condicionan el comportamiento humano, uno entiende que la alimentación no es una excepción. No actuamos en el vacío. Decidimos dentro de estructuras que muchas veces no elegimos.

También se conecta con lo que he leído en BIENVENIDO A MI BLOG, donde se reflexiona sobre la conciencia, el cuerpo y la coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Comer no es solo ingerir alimentos; es una relación diaria con nuestro cuerpo, con el tiempo, con el entorno.

Y si lo llevamos aún más profundo, toca fibras espirituales. Porque ¿cómo hablar de cuidado, de presencia, de amor propio, si no cuestionamos aquello que entra a nuestro cuerpo todos los días? En AMIGO DE. Ese ser supremo en el cual crees y confías, se habla mucho de la conexión entre lo invisible y lo cotidiano. Y pocas cosas son tan cotidianas como comer.

Lo que más me impactó de esta mirada no fue la crítica a la industria, sino la invitación a cambiar el foco. A dejar de juzgarnos tan duro. A entender que comer mejor no empieza con prohibiciones, sino con conciencia. Con preguntas incómodas pero necesarias: ¿por qué como así?, ¿qué opciones reales tengo?, ¿qué me vendieron como normal?, ¿qué me gustaría cambiar si tuviera más tiempo, más información, más apoyo?

También me hizo pensar en mi generación. En cómo estamos cansados, saturados, sobreexigidos. En cómo buscamos soluciones rápidas porque no nos enseñaron a pausar. En cómo muchas veces comemos lo que sea porque estamos sobreviviendo, no porque no nos importe. Y ahí es donde el discurso simplista del “todo es tu responsabilidad” se vuelve cruel.

No se trata de renunciar a la responsabilidad personal. Se trata de ampliarla. De entender que cuidarnos también implica exigir mejores condiciones, mejor información, políticas más humanas, empresas más éticas. Implica dejar de romantizar la autoexigencia y empezar a hablar de cuidado colectivo.

En TODO EN UNO.NET se habla mucho de transformación, de sistemas, de mirar más allá de lo evidente. Y creo que este tema encaja perfecto ahí: no podemos transformar nuestra relación con la comida si no transformamos el contexto que la rodea.

Al final, esta nutricionista no solo habló de alimentos. Habló de poder. De quién decide qué comemos, qué se produce, qué se subsidia, qué se publicita. Y cuando uno ve eso, entiende que cada plato es también una historia social, económica y cultural.

Yo no tengo todas las respuestas. Y creo que eso también es parte de crecer. Pero sí tengo más preguntas que antes. Y eso, para mí, ya es un avance. Hoy intento comer con más conciencia, no desde la culpa, sino desde la comprensión. Entendiendo que cuidarme no es castigarme, sino escucharme. Y que cambiar hábitos no es un acto aislado, sino un proceso que se da mejor cuando se comparte, cuando se conversa, cuando se acompaña.

Si algo me dejó esta reflexión es esto: comer no es solo una decisión personal, pero tomar conciencia sí lo es. Y desde ahí, poco a poco, se puede empezar a vivir con más coherencia, más compasión y más verdad.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.

jueves, 22 de enero de 2026

La vida no es una línea recta: lo que una montaña rusa en Florida me enseñó sobre vivir



Es curioso cómo a veces una noticia aparentemente ligera —una nueva montaña rusa en un parque temático— puede convertirse en un espejo inesperado de la vida. La leí sin prisa: la montaña rusa más larga de Florida está en el parque de Harry Potter. Y mientras avanzaba en el texto, algo dentro de mí empezó a moverse. No por la velocidad, ni por los giros, ni siquiera por la tecnología que la hace posible, sino por lo que simboliza: una experiencia diseñada para perder el control durante unos minutos… y confiar.

Yo nací en 2003. Crecí en una generación que aprendió muy pronto que el mundo no es lineal. Nos prometieron caminos claros, fórmulas seguras, finales previsibles, pero lo que recibimos fue algo mucho más parecido a una montaña rusa: subidas rápidas, caídas sin aviso, curvas que marean, pausas breves donde uno cree que todo se estabilizó… hasta que vuelve a arrancar. Quizá por eso esta noticia me hizo tanto ruido por dentro.

La montaña rusa del mundo de Harry Potter no es solo la más larga de Florida; es una experiencia narrativa. No se trata únicamente de gritar o sentir adrenalina, sino de sumergirse en una historia. Y eso, si lo pensamos bien, es exactamente lo que hacemos todos los días: vivir dentro de un relato que no controlamos del todo, pero en el que seguimos avanzando. Nadie nos da el mapa completo. Solo sabemos que estamos sentados, que algo va a moverse, y que bajarse a mitad del recorrido no es una opción tan sencilla como parece.

Vivimos obsesionados con la estabilidad. Nos enseñaron a buscarla como si fuera el premio mayor: estabilidad emocional, económica, laboral, espiritual. Pero la vida real —la que no sale en frases motivacionales— se parece más a esa montaña rusa que a una línea recta. Hay momentos de euforia en los que sentimos que todo encaja, que estamos “en el lugar correcto”, y segundos después aparece una caída que nos deja sin aire. No porque hicimos algo mal, sino porque así funciona el movimiento.

Pienso mucho en esto cuando veo a personas de mi edad —y también mayores— agotadas por intentar controlar cada detalle. Nos cansamos no tanto por lo que vivimos, sino por la resistencia constante a aceptar que hay tramos que no se pueden manejar con lógica, Excel o planes a cinco años. En uno de los textos que leí hace tiempo en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) se hablaba, sin nombrarlo directamente, de esa tensión entre el deber ser y el simple estar. De cómo nos desgasta vivir más pendientes de cómo “deberían” verse las cosas que de cómo realmente se sienten.

La montaña rusa no te pregunta si estás listo. Arranca. Y en ese arranque hay algo profundamente honesto. No hay discursos previos ni promesas vacías. Solo una advertencia silenciosa: esto se va a mover, y no todo será cómodo. La vida funciona igual. Nadie nos prepara de verdad para las pérdidas, para los cambios internos, para las preguntas que no tienen respuesta inmediata. Aprendemos a los golpes, a las risas nerviosas, a los silencios largos.

También me llama la atención que esté ubicada en un universo como el de Harry Potter. No es casualidad. Esa saga marcó a toda una generación enseñándonos que la magia no elimina el dolor, que crecer duele, que incluso los héroes dudan, se equivocan y se rompen. No hay hechizo para evitar el miedo, solo formas de atravesarlo. Subirse a una montaña rusa es un acto de fe moderno: confías en que alguien diseñó bien la estructura, en que los rieles aguantan, en que el final llegará. En la vida, esa fe no siempre está puesta en algo tan visible.

En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) he leído reflexiones que conectan mucho con esto: la idea de que creer no es tener certezas, sino seguir caminando incluso cuando no entiendes el trayecto. La espiritualidad, al menos como yo la vivo, no es calma permanente; es aprender a respirar incluso en la bajada más empinada.

Hay algo más que me parece importante actualizar frente a la noticia original. Hoy, en 2026, ya no hablamos solo de parques temáticos como entretenimiento. Hablamos de experiencias inmersivas, de narrativas diseñadas para tocar emociones profundas. Y eso dice mucho de nuestra época. Estamos hambrientos de sentir algo real, aunque sea fabricado. De desconectarnos del control absoluto que nos exige el mundo digital, las métricas, los likes, los resultados. Por unos minutos, queremos soltar el timón.

Esa necesidad de soltar también la veo reflejada en otros espacios, incluso en los más racionales. En Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) se ha hablado varias veces de cómo las empresas y las personas colapsan cuando confunden control con salud. Cuando todo debe estar medido, previsto y asegurado, se pierde la capacidad de adaptarse. Y adaptarse, al final, es lo que permite seguir en el recorrido sin salir despedido.

Yo mismo he tenido que aprender eso a los 21 años. Aprender que no todo se resuelve rápido, que no todas las respuestas llegan cuando uno las quiere, que hay emociones que no se “arreglan” sino que se atraviesan. He sentido esa mezcla de miedo y emoción que imagino se siente al subir a la montaña rusa: sabes que algo va a pasar, no sabes exactamente qué, pero igual te quedas. No porque seas valiente todo el tiempo, sino porque no hay otra forma de vivir que quedándose.

También pienso en cómo esta metáfora aplica a temas que parecen lejanos, como la tecnología o incluso la contabilidad. En Tu Contabilidad Confiable y Rápido (https://micontabilidadcom.blogspot.com/) he visto cómo se insiste en la importancia de entender los procesos, no solo cumplirlos. Porque cuando uno no entiende, cualquier cambio se siente como una caída libre. Cuando entiendes, incluso el movimiento brusco tiene sentido. No elimina el vértigo, pero lo hace soportable.

La montaña rusa más larga de Florida no es solo un récord. Es un reflejo de una sociedad que, paradójicamente, busca emociones intensas en entornos controlados porque fuera de ellos todo parece demasiado incierto. Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si aprendiéramos a vivir la vida real con un poco más de esa aceptación? No resignación, sino aceptación activa. Saber que habrá giros, que no todos los días son de subida, que a veces el estómago se encoge… y aun así seguir.

En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) hay textos que invitan a detenerse, a mirar hacia adentro, a no correr tanto. Y creo que eso es lo que equilibra la montaña rusa: los momentos en los que el carrito sube despacio, cuando parece que nada pasa, pero en realidad se está acumulando energía para el siguiente tramo. En la vida, esos momentos suelen ser invisibles, poco valorados, pero fundamentales.

Si algo me deja esta reflexión es una certeza sencilla: no estamos aquí para que todo sea plano. Estamos aquí para aprender a sostenernos en el movimiento. A veces gritando, a veces riendo, a veces en silencio. Y tal vez, solo tal vez, cuando aceptamos eso, la vida deja de sentirse como una amenaza constante y empieza a parecerse más a una experiencia intensa, imperfecta, pero profundamente viva.

Descripción de la imagen para el blog:
Un joven de espaldas, sentado solo en un vagón de montaña rusa detenido en lo alto de una subida, justo antes de la caída. El cielo está parcialmente nublado con tonos cálidos de atardecer. No se ve el rostro, solo la postura tranquila, las manos apoyadas en las piernas. Al fondo, las vías descienden y se pierden en el horizonte. La escena transmite introspección, vértigo contenido y una mezcla de miedo y confianza.

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