A veces uno cree que crecer es simplemente cumplir años, ir sumando experiencias, acumulando metas, títulos, intentos… pero últimamente he sentido que crecer en Colombia es algo más profundo, más pesado, más real. Es como si la vida no solo te estuviera formando, sino también probando todo el tiempo. Y no desde lo romántico que a veces nos venden, sino desde lo crudo.
Leí hace poco que 4 de cada 10 jóvenes en Colombia viven en pobreza multidimensional. Y más allá del dato, que ya de por sí es fuerte, lo que realmente me golpeó fue pensar en los rostros detrás de ese número. Porque no son estadísticas… son historias. Son amigos, vecinos, compañeros de colegio, gente con sueños que no son distintos a los míos, pero con caminos mucho más empinados.
Y es ahí donde uno empieza a cuestionarse muchas cosas. Porque crecer escuchando frases como “el que quiere, puede” suena bien… hasta que te das cuenta de que no todos parten desde el mismo lugar. No todos tienen acceso a educación de calidad, a alimentación adecuada, a conectividad, a oportunidades reales. Y entonces esa frase empieza a sentirse incompleta.
No es que no se pueda. Es que a algunos les toca el doble, el triple… o incluso más.
A veces me pregunto cómo se siente despertar todos los días con ganas de salir adelante, pero con el peso constante de no tener lo mínimo garantizado. Cómo se mantiene la esperanza cuando el entorno no te devuelve señales claras de que lo vas a lograr. Y aún así, hay jóvenes que lo hacen. Que estudian con hambre, que trabajan desde muy pequeños, que ayudan en sus casas, que sostienen a sus familias, que no se rinden.
Eso, para mí, es una forma de valentía que no siempre reconocemos.
Vivimos en una generación donde todo parece inmediato: las redes sociales, los logros visibles, el éxito rápido. Pero esa narrativa no representa la realidad de la mayoría. Porque hay otra Colombia, una que no siempre aparece en los videos virales, donde el esfuerzo no siempre se traduce en resultados inmediatos, donde las oportunidades no llegan solas, donde toca salir a buscarlas con lo que se tenga… y a veces con lo que no.
Y en medio de todo eso, hay algo que me genera una mezcla rara entre tristeza y admiración: la resiliencia silenciosa. Esa que no se publica, que no se aplaude, pero que sostiene vidas enteras.
Creo que como jóvenes también estamos en un punto donde tenemos que decidir cómo mirar esta realidad. Porque es fácil caer en dos extremos: o romantizar la lucha, o ignorarla completamente. Pero ninguna de las dos cosas construye algo real.
No se trata de decir “qué duro todo” y ya. Ni tampoco de seguir como si nada pasara.
Se trata de entender que vivimos en un país profundamente desigual, pero también lleno de personas que, a pesar de eso, siguen apostándole a la vida. Y ahí es donde entra algo que para mí se ha vuelto clave: la conciencia.
Porque algo que he aprendido es que uno nunca sabe por qué camino viene el otro. Y a veces, lo que para uno es “normal”, para otro es un lujo.
En el blog de mi papá, en varias reflexiones de vida que he leído en 👉 https://juliocmd.blogspot.com/, hay algo que siempre se repite de distintas formas: la importancia de mirar la vida con profundidad, de no quedarse en la superficie. Y creo que eso aplica mucho aquí.
Porque si uno se queda solo con el titular, con el dato frío, pierde lo más importante: el sentido humano.
También he encontrado reflexiones muy fuertes sobre propósito y realidad en 👉 https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/, donde se habla de cómo incluso en medio de la dificultad, hay algo que nos conecta con algo más grande. Y no hablo necesariamente de religión, sino de esa sensación de que nuestra vida tiene un sentido, incluso cuando no lo entendemos del todo.
Y tal vez por eso, a pesar de todo, sigo creyendo en esta generación.
No porque todo esté bien, ni porque el futuro esté asegurado… sino porque hay algo en nosotros que no se apaga tan fácil. Una mezcla de inconformismo, creatividad, sensibilidad y ganas de cambiar las cosas.
Pero también creo que necesitamos dejar de idealizar el “éxito” como algo individual. Porque en un contexto como el nuestro, salir adelante no debería ser solo una responsabilidad personal. También es una conversación colectiva.
Porque si 4 de cada 10 están en pobreza multidimensional, no es solo un problema de ellos. Es un reflejo de todos.
Y aquí es donde siento que también hay un llamado a la empatía. A dejar de ver la vida como una competencia constante y empezar a verla como una construcción compartida.
A veces, un apoyo, una palabra, una oportunidad, pueden cambiar el rumbo de alguien.
Y no hablo desde una posición perfecta. También tengo dudas, miedos, momentos en los que no sé para dónde voy. También me cuestiono, también me canso, también me pierdo un poco. Pero creo que justamente ahí está lo humano.
No tener todas las respuestas, pero seguir buscando.
No tener todo resuelto, pero no dejar de intentar.
No vivir en un país perfecto, pero no perder la capacidad de imaginar uno mejor.
Y si algo me queda claro después de leer este tipo de realidades, es que necesitamos hablarnos más desde la verdad. Menos desde la apariencia, menos desde la presión, más desde lo que realmente somos.
Porque al final, detrás de cada número, hay una historia que merece ser escuchada. Y quizás, si empezamos por ahí, podamos construir algo distinto.
No sé si vamos a cambiar el país de un día para otro. Probablemente no. Pero sí creo que podemos cambiar la forma en que nos miramos, en que nos entendemos, en que nos acompañamos.
Y eso, aunque parezca pequeño, también transforma.
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